Una tendencia muy de nuestro tiempo es pensar constantemente en si lo que hacemos o nos gusta se adapta al prisma del consenso. No queremos ser esos «extraños» ni habitar la intemperie de la soledad; necesitamos el abrigo de la masa. Hemos llegado a creer que la mayoría no sólo decide y debe decidir, sino que, por el mero hecho de serlo, tiene razón, como si el número otorgara una suerte de legitimidad moral incuestionable.
Quizá sea fruto del fundamentalismo democrático que vivimos tan intensamente en los últimos años, el cual se asienta en considerar sagrada a la mayoría y en que, por tanto, ésta es legítima para imponer sus ideas y gustos, incluso si vulnera la libertad individual o derechos fundamentales. «Existe una amplia mayoría social», escuchamos con frecuencia, como si esa afirmación cerrara cualquier debate. Pero, dejando de lado las muy debatibles y cuestionables supuestas «mayorías», conviene limitar la jurisdicción de las mismas.
Tocqueville, en su famosa obra La democracia en América, ya nos advertía de la tiranía de la mayoría, capaz de convertirse en una amenaza real para la libertad cuando intenta prohibir lo que no comprende o no comparte. También John Stuart Mill señalaba que es ilegítimo obligar a alguien a hacer algo o abstenerse de hacerlo con el pretexto de cumplir con lo que desean los demás. Ambos coincidían en que los más no estaban legitimados para imponer un criterio, cualquiera que sea, sobre los menos.
La salud de la democracia se mide por cuánto protege a las minorías, pensaba Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, pues es la democracia el régimen que acepta al adversario y a la minoría. El respeto por los grupos minoritarios ha sido siempre uno de los grandes logros y símbolos del progreso, por eso cabe dudar de aquellos que, bajo la consigna de hablar en nombre de la mayoría —y, paradójicamente, también en nombre del progreso—, pretenden censurar a una pretendida minoría.
En este contexto, la Tauromaquia aparece con frecuencia como ejemplo de ese impulso uniformador. Sin embargo, lejos de ser una manifestación cultural residual, sigue siendo una tradición muy viva. El éxito de ferias como San Isidro o la de Abril, con recurrentes carteles de «no hay billetes», así como el creciente interés de los jóvenes, evidencian su vitalidad. Incluso encuestas recientes —como la de Sigma Dos (2025)— muestran que una parte significativa de la sociedad rechaza su prohibición, al margen de sus preferencias personales.
Ahora bien, en el fondo, esta discusión resulta secundaria. Que existan opiniones contrarias —incluso si fuesen mayoritarias— no sería motivo suficiente para prohibir la Tauromaquia; no debemos caer en la falacia ad populum ni en una especie de oclocracia.
La Tauromaquia, como cualquier otra manifestación cultural, no puede reducirse únicamente a encuestas, cifras o mayorías coyunturales. Una vez más, la Fiesta trasciende el debate sobre sí misma y nos ofrece un debate actual sobre la libertad frente a quienes pretenden imponer su superioridad moral sobre los demás.
Defender la Tauromaquia, por consiguiente, es mucho más que una elección cultural: es un acto de pensamiento crítico, de respeto por la diversidad y de defensa de la libertad individual frente a imposiciones liberticidas. No todo lo que la mayoría rechaza debe ser prohibido, ni todo lo que incomoda debe desaparecer. Defender la Tauromaquia es, en suma, defender la libertad de decidir porque cuando la libertad queda supeditada al dictado de la mayoría, lo que está en juego ya no es una tradición concreta, sino el propio espacio de lo libre.
Carlos Fuentes Nevado
Carlos Fuentes Nevado es estudiante de Economía e Historia en la Universidad de Salamanca y presidente de Juventud Taurina de Salamanca. Ha publicado artículos sobre cultura, filosofía y libertad en distintos medios e instituciones, entre ellas el Instituto Juan de Mariana.



