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martes, agosto 4, 2026

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Silencio en la plaza

El ruido aturde. El silencio sobrecoge porque, como nos dictó Miles Davis, «el silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos». Una plaza en silencio es respeto por una liturgia en la que señorea el arte de driblar a la muerte. A veces, no he mirado a la arena, sino al tendido. Ahí he sentido lo más cercano a la fe: el recogimiento del aficionado ante algo que, siempre, es inexplicable. Ese momento único donde torero y bestia son uno, con el silencio enhebrado en cada muletazo. Y sí, he escuchado olés, claro. Pero a mí me ha emocionado esa quietud como de claustro, donde hablar es un capricho innecesario; porque ahí, en los medios, todo ha quedado en pausa, suspendido del alero, hasta que diestro y toro quieran. Que no quieran nunca, porque el silencio estira el tiempo, lo aquieta, y un segundo es la eternidad muda. Las tardes de las que guardo memoria son ahí, callado, con la mirada fija, las piernas bien juntas, una mano en el mentón, otra en la rodilla… casi sin respirar porque, abajo, José Tomás había mandado callar. Miraba a un lado y a otro; detrás, sobre mi cabeza. Todos en Las Ventas éramos cofrades del mutismo, feligreses zaheridos por un sermón de pases de pecho, verónicas, trincherillas, estatutarios y naturales largos, lentos, eternos. Todo se dice en un gesto, cuando una mano señala ese pase de viento y la cabeza al lado asiente como diciendo «sí, lo he visto». Y sigue todo en silencio. No son las más, es cierto, pero qué quieren, conviene no abusar de lo bueno porque el silencio jamás puede confundirse con el tedio, que es la apatía de quien no vive, sino que deambula. 

Un aficionado recio, enjuto, me dijo al salir de la plaza de El Puerto que el coraje que sentía no era porque Joselito fallara con la espada, esa estocada baja que le había robado el triunfo merecido. La rabia le vino a Perico porque, por un rato, se había olvidado de todo, de su mala cabeza con el vino, de las estrecheces en la casa baja, pequeña y atestada, el miedo a un ERE en Osborne y ese tembleque en las mano al que el médico ha puesto un nombre extranjero que el tonelero no sabe pronunciar. A Perico le arruinó el momento, su momento, esos silbidos, un murmullo de señalamiento, la falta de misericordia no con el diestro, sino con él, que había roto la hucha para tener ese ratito a solas, sin malos pensamientos, huérfano de miedos. Porque Perico se quedó prendido de las manoletinas de Joselito, que dibujaban figuras imposibles en la arena del coso. Si Perico hubiera leído, a Joselito le hubiera llamado Nureyev y, a El Puerto, Bolshoi. Pero Perico rememora los lances acodado en la barra del bar mientras le invito a unas papas aliñás y una Cruzcampo bien fría. No habla: Perico baila. Porque esto, imaginarse en la cumbre del toreo, precisa del silencio íntimo del sueño del que no se quiere despertar, ese que quebró una estocada desprendida y arrancó a Perico de allí de donde no quería volver: silencio. Que baile el maestro. No me acuerdo si aquella tarde hubo silbidos, aplausos desganados y una triste vuelta al ruedo. Sí que para mis adentros vi torear a la caída del día a Perico el tonelero. Fue una faena cumbre, cargada de sentimiento. En silencio, el de los toreros buenos. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Agustín Pery 

Agustín Pery Riera (Cádiz, 1971) es periodista y escritor español. Estudió periodismo, trabajó durante 23 años en El Mundo, donde desempeñó diversos roles, incluyendo director de El Mundo/El Día de Baleares. En 2013, destapó junto a su equipo varios de los escándalos de corrupción política más relevantes en la historia de Mallorca. En 2017 se incorporó a ABC como director adjunto, cargo que ocupa actualmente. Como escritor, ha publicado las novelas Moscas (2018) y Txalaparta (2023), ambas ambientadas en contextos de corrupción y violencia política

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