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martes, julio 28, 2026

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De la afición a la militancia

Uno, como tantos, empezó a ir a los toros en su Barcelona natal primero en brazos de sus padres, más tarde de su mano… alimentando una afición que ya no me abandonaría y que tuvo en Chamaco su primer ídolo, como lo era también de la ciudad y que, como el primer amor, se perpetúa en la memoria del alma así que pasen los años. 

Barcelona vio la primera corrida de toros en 1387, celebrada intramuros y organizada en la Plaza del Rey y fue organizada por el rey Joan I de Catalunya, tenido como hombre gentil, bueno y sensible. La última, el 25 de septiembre de 2011. Desde entonces, La Monumental cerrada al toreo y la afición catalana viviendo un doloroso exilio interior. 

Una Barcelona que en las primeras décadas del siglo xx llegó a contar con tres plazas de toros (El Torín, Las Arenas y La Monumental) funcionando a la vez y que era capital del planeta de los toros. Aquella Barcelona de la que Santiago Rusiñol escribía sobre un encuentro casual con Rafael El Gallo: 

«Hemos tenido la gran honra de comer al lado de El Gallo. Dejándonos de modestias podemos decir que lo hemos tenido cerca, que le hemos podido tocar, sentir, darle la mano, lo que desearía el ochenta por ciento de españoles y el noventa y ocho por ciento de catalanes que llenan, incluso en días de trabajo, las tres grandes plazas de la laboriosa Barcelona. 

El Gallo, que es un hombre modesto, simpático, natural, que no habla de filosofía, ni de estética, ni de retórica, ni de ningún instituto de enseñanza, ni de ninguna academia taurina, sino que es él, El Gallo, un buen torero que se gana honradamente la vida y que ha dicho cosas de Barcelona de las que han de estar agradecidos todos los partidos de la ciudad, tanto los que tiran a la derecha como los que se decantan por la izquierda. Nos ha dicho y nos llena de alegría que hoy en día Barcelona es la ciudad de nuestra España que más exalta su oficio, la que tiene más afición a los toros y que incluso deja todo los días de trabajo para ir a aplaudir una verónica a pies juntos, un pase de pecho, o una estocada hasta los dedos. Nos ha dicho, por último, que él quiere tanto a este público, que deja todo por verlo a él de luces, que si no fuera andaluz de nacimiento querría ser hijo de Cataluña, porque cree que en ningún otro lugar se quiere más a los hombres que valen. Y después de beber sin porrón, porque no lo teníamos, nos ha prometido que mientras toree y le quede piel por agujerear, piernas para correr, capa y muleta, siempre recordará la tierra que más quiere al toreo, como lo demuestra con las tres plazas. Y nos hemos abrazado. Y llorábamos». 

Lloraban y se abrazaban Rusiñol y El Gallo celebrando una tierra que amaba como ninguna otra el toreo que ahora el poder político y la cobardía empresarial le niegan. 

De Chamaco a José Tomás transitaron mis tardes de toros en Barcelona, esas que nos han arrebatado. En ellas emociones, tragedias (la muerte en directo de José Falcón y Joaquín Camino), alegrías, tristezas, ninguna de estas comparable con la última, Juan Mora, José Tomás y Serafín a hombros y el gentío en el ruedo recogiendo arena en sus bolsillos, una arena que, en un recipiente de cristal, guardo cual si fuera reloj de arena que gotea inexorable el paso del tiempo a la espera de que llegue el día y la hora en que suene el pasodoble que arranque el paseíllo de la libertad. 

Ocurre, además, que ese desamparo se acompaña de señalamiento. Es, digamos, estigmatizado. Desamparo, señalamiento y estigmatización que, paradójicamente, se inician en Cataluña con las libertades recobradas tras la muerte del dictador y que bebe de un catalanismo identitario en el que, faltando a la historia y manipulando la realidad, la tauromaquia se asocia a una idea de España retrógrada y cañí a la que, años más tarde, se añadiría el —vamos a llamar— animalismo y ecologismo buenista y de salón. 

Una Cataluña levantada también por gentes de la inmigración, andaluces, aragoneses, extremeños, murcianos… esos «otros catalanes» que tan bien supo explicar y reivindicar Paco Candel, con el toreo en sus raíces.

Resulta llamativo que uno de los lugares de peregrinación de la afición taurina catalana sea Ceret, en la Occitania francesa y a tan solo cuarenta kilómetros de Figueras. En Ceret, donde se anuncian ganaderías duras, una pancarta en el tendido reivindica una doble condición «catalanes y taurinos»; los areneros visten a la usanza típica catalana y la banda de música es una cobla sardanista que entre pasodobles interpreta La Santa Espina y Els Segadors. Ceret como árnica emocional y remedo de aquellas excursiones a Perpignan en busca del cine prohibido. 

Cantaba Sabina «más triste que un torero, al otro lado del Telón de Acero» y así estoy yo, tras ese invisible telón censor instalado sobre La Monumental. Cuando paso por la Gran Vía, esquina calle Marina, allí está ella, tan en silencio, mientras en mi interior resuenan olés y se agolpan recuerdos de toros, toreros, faenas, amigos. Chamaco, Mario Cabré, Bernadó, Ojeda, Esplá, Sandín, Julio Robles, Serafín Marín, José Tomás… y siempre, María Gibert, tantos años compañero de tendido, luchador incansable y que alzó la voz y se dejó la vida contra la ignominia de la prohibición. 

Militante de causas más o menos perdidas, siempre me quedará el toreo. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Paco March 

Paco March es un periodista y escritor español especializado en el mundo de la tauromaquia. Su carrera profesional comenzó en la década de 1990, colaborando en diversos medios de comunicación como La Razón, El Mundo, Radio Euskadi, RNE, Burladero.com, Cultoro.com, Cuadernos de Tauromaquia y el Boletín de Loterías y Toros Minotauro. En 2000, se incorporó a la redacción del semanario 6TOROS6, donde permaneció hasta su cierre en junio de 2020. Además, fue presidente de la Federación de Entidades Taurinas de Cataluña (FETC) desde noviembre de 2014 hasta su dimisión en marzo de 2020. Es autor de varios libros, entre ellos Ahí queda eso. Obituarios taurinos (2022), una recopilación de obituarios publicados en La Vanguardia durante los últimos diez años y Cronicas para un adiós. O no, con prólogo de Luis Francisco Esplá.

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