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martes, julio 14, 2026

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Novillero de tintas

El toreo, alma dejándose llevar por la trascendencia. El periodismo, alma encadenada al tiempo. Confieso que, antes de darle al manubrio de la prosa en estas páginas, miré hacia dentro, y dentro vi mi relación con la Fiesta. Entonces, un tironazo vino al encuentro. Un tironazo de la primera madurez en un coso que fue de segunda, y hoy de primera, y un joven jugando a la alegría en palabras de Manolo Alcántara. Era en esa plaza donde se torean gaviotas por la cercanía del viejo mar latino. Allí, a cuya orilla Javier Conde prepara sus imágenes sobre las que transmitir su pasión en charlas con los pupilos. Pongamos que esto que cuento fue recién inaugurado el siglo, y pongamos que en La Malagueta. Escribir aquí tiene esa confusión de planos, de gentes. Una confusión que es la misma que cuando hay que hablar de escritores y toreros, ángeles que son dos variables de la misma cosa. Yo aprendí lo que soy, definitivamente, en la incansable asignatura de los toros. Acaso porque el Cossío es el manual que a todos nos hace falta para situarnos con certidumbre en el mundo. 

Esa fue mi primera lección, que tanto me serviría postreramente. Cuando los morlacos son resabiados y hay que seguir, pese a todo, por la senda del arte. Mi memoria se va allí, con la mayoría de edad a punto de estrenarse. Mi amigo Agus preparándose para mozo de espadas. Escuela taurina de la Diputación de Málaga. Recuerdo un novillero enjuto, Adrián, aunque no puedo precisar el apellido. O un banderillero, Alvarito Martínez, que se desempeñaba lo mismo de centrocampista que en las platas de banderillero zumbón. De todo eso hace más de veinte  años. Entonces andaba uno en la carrera, perdidas las vocaciones y con una envidia infinita por aquellos guardianes de la tradición. Porque sí, es tradición y memoria de quienes somos la tauromaquia. En eso empezó a basarse mi escritura. Quizá ayudó una noche tórrida en Sevilla, con La Maestranza iluminada, cuando en El Baratillo se torea a la fresca y se llena de frescor de capotes el insomnio del verano. Vestimos a Adrián, perlado de delgadeces y rituales, antes de la novillada nocturna. Ese fue mi momento epifánico. Cuando vi que estaba ante algo inefable a lo cual me surgía el desafío de ponerle palabras. Perdonen que hable de mí, pero es lo que mejor conozco. Así que hablaré de mi juventud pegado a los burladeros. Yo iba a las clases de la escuela provincial por la física, y porque después había partido de fútbol en el albero. Llegábamos en moto, a la sombra del cerro de Gibralfaro, que viene a ser un tendido natural, infestado de ardillas y camaleones, que besa a la plaza y por ende al mar. Una tarde se escapó un novillo, y los jóvenes nos silbamos la llave de los chiqueros esa misma tarde. El novillo, por su parte, llegó hasta la larga carretera a Barcelona. Se van agolpando las anécdotas, pues aún no habíamos llegado a la sublimación en torero interpuesto de la Fiesta. Algún tipo de noción teníamos, está claro, por la intervención de Fernando Cámara, que después de haber vivido lo que vivió el maestro, insistía en que había que terminar el bachillerato y en que sus alumnos, cuando llegasen el triunfo y los sobres, empleasen con cabeza el billetaje. En todo esto yo iba colando artículos en la prensa local. Sección fija por amor al arte, pero iba haciendo nombre en los carteles. 

Cuando llegaba agosto y la Feria a aquella ciudad del sur, los niños de la escuela taurina, desempeñándose como acomodadores, me indicaban cómo pasar de la andanada a las cercanías del presidente. Y ahí estaba la generosidad de quienes hoy alumbran la tauromaquia para una juventud creadora a la que quieren, trabajo en vano y con dinero público, alejar del toro. En esa misma plaza donde yo petardeaba había visto, años antes, a un «josetomasiano» de Úbeda que responde al nombre de Joaquín, por divisa Sabina, y que escribió, ya lo saben, el himno de la posguerra y Manolete, la canción del Linares cuando la localidad jiennense recupera su memoria trágica de un tiempo y de un país. En aquella plaza, insisto, me iba haciendo hombre cuando después de las flexiones me dejaban coger los trastos, las franelas polvorientas, e ir viendo el peso de la tela y su verdad de pinceles de aire, tan descarnados. 

Fue pasando el tiempo y el arriba firmante se instaló en un rosario de casas malas en Madrid. Apenas sin armario, me ponía una chaqueta con corbatilla fina cuando llegaban los Isidros. Años antes, quizá muchos, ya había coronado la plaza desde una localidad que me regalaron en el Bar Marathon, en La Latina. Iba colando metáforas taurinas en las columnas. Ese fue el momento en que ya los toros y escribir en los periódicos se metió en mí con una pasión inamovible. Tomo aire y sigo pensando en qué me han aportado los toros a mi oficio de escritor en periódicos. Y sé lo que es: el amor propio, el amor a la verdad hecho arte. Por eso soy un novillero de tintas. Por eso me he quedado calvo como El Gallo. Por eso de mes en mes, por salvífica voluntad de Agustín Pery y del periódico, voy entrevistando bajo el signo de Juncal a los goznes más brillantes y más secretos de la tauromaquia. Por eso se me vino el cielo cuando esta fundación me llevó a Las Tiesas a conocer a Cobradiezmos. Por eso este relato firmado el verano peligroso en que en un hospital anduve recuperándome de una cornada en el alma. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Jesús Nieto Jurado 

Jesús Nieto Jurado (Málaga, 12 de marzo de 1985) es periodista, escritor y columnista. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Málaga, inició su carrera en la radio local a los trece años. Ha trabajado en diversos medios, incluyendo ABC, El Mundo, El Español, El Norte de Castilla, Diario Sur y la revista Cuché y ha colaborado en Canal Sur, RTVE y Trece TV. Es autor de los libros Contra los tontos por ciento (2017), El altillo (2019) y El año de la rubia (2022). Ha sido galardonado con el Premio Ateneo de Málaga de Periodismo y ha sido finalista del Premio Manuel Alcántara de Reportajes y del Premio Unicaja de Articulismo.

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