Primero en las aulas y después en las bibliotecas y en el mundo, he aprendido que los objetos y los ritos no permanecen porque conserven intacto su significado original, sino porque son capaces de mutar sin perder su capacidad de convocar el sentido. El Partenón ya no es un templo consagrado a Atenea y sin embargo, cuando lo contemplamos, sentimos el eco de la ciudad que lo alzó, la idea de proporción, de armonía, de civilización. El santo grial ya no es una copa material, sino la búsqueda de lo absoluto, de lo inalcanzable que nos impulsa a avanzar. Así, lo que sobrevive no es tanto la función como el símbolo, que se desprende de su origen para adquirir nuevos cuerpos.
La tauromaquia, más allá de sus debates éticos o de su dimensión histórica, puede contemplarse como una forma singular de arte ritual, en la que cada elemento está cargado de simbolismo y belleza, incluso cuando se mueve entre la vida y la muerte.
El traje de luces, con su fulgor dorado y sus bordados minuciosos, no es un simple atuendo funcional: transforma al torero en un ser liminal, casi fuera de lo humano, un cuerpo que brilla bajo el sol como si perteneciera a otro tiempo. Ese brillo anuncia que quien lo viste entra en el ruedo no como individuo corriente, sino como figura mítica, dispuesta a enfrentarse con lo elemental.
La coreografía del toreo es también un lenguaje propio: hay pausas, cadencias, gestos que se repiten con la exactitud de un rito. Cada pase dibuja curvas en el aire, como si el torero trazara signos invisibles sobre la piel del tiempo. El movimiento se vuelve danza, y en esa danza el cuerpo humano roza el caos que encarna el toro. Allí se celebra la tensión entre la fuerza contenida y el estallido, entre la ligereza y el peso, entre el control y el vértigo.
La plaza misma, con su forma circular y sin esquinas, crea un espacio simbólico cerrado, como los antiguos anfiteatros o los santuarios primitivos: un lugar separado del mundo ordinario, donde se suspenden las reglas cotidianas y el tiempo parece girar en redondo. En ese círculo, el toro representa la vida brutal y salvaje, mientras el torero encarna la voluntad humana de imponer un orden bello incluso sobre la violencia.
Hasta ahora, la presencia de la muerte en este escenario de símbolos, no era un accidente, sino parte de esa estética: no como exaltación de la crueldad, sino como recordatorio de que todo arte verdadero (entendiendo el arte como creación humana que quiere trascender a lo divino) roza el abismo. La muerte, en este contexto, funciona como el borde último de la belleza, y no solo para el creador. Quien contempla la lidia no ve únicamente un combate, sino un drama simbólico donde el instante se hace eterno. Y en ese instante, el espectador no es un mero observador pasivo: es testigo de una ceremonia. Su silencio, su estremecimiento, su aplauso, forman parte del rito. Comprendo que la tauromaquia, entendida como estética, no busca únicamente vencer: busca conmover, transformar, hacer sentir que es algo irrepetible lo que acaba de suceder ante los ojos de todos.
De modo ancestral, la tauromaquia pertenece a ese linaje de símbolos que resisten el paso del tiempo. Se ha estudiado, escrito, reflexionado y repetido incansablemente a lo largo de los siglos: en esta tradición reside la huella de los viejos ritos que enfrentaban al ser humano con las fuerzas primordiales de la naturaleza, aquellas que no pueden domesticarse por completo y que, por eso mismo, necesitan ser representadas. La sangre, el oro del traje, el polvo que se levanta bajo el sol, todo en la tauromaquia pertenece al lenguaje de lo ritual y lo simbólico, más que al de lo práctico.
Y aquí llegamos al punto de mi anhelo y mi contradicción bergaminescas, que me llevan a establecer una propuesta personal de birlibirloque: me pregunto si no sería posible, hoy en día, perpetuar la trascendencia del símbolo sin la necesidad de la sangre y de la muerte.
Por supuesto que el toro es una puerta a lo divino; es la encarnación de la lucha entre fuerza, caos y orden. En las antiguas culturas mediterráneas, el toro no era visto únicamente como un animal de gran valor económico, sino como una manifestación directa de la fuerza primordial de la naturaleza. Su potencia física, su ímpetu impredecible y su resistencia parecían brotar de un plano anterior al orden humano; del territorio salvaje de los mitos. Y esa memoria late aún en nuestra civilización occidental (o lo que queda de ella).
Por eso, desde este fragmento del Ooccidente civilizado, mediterráneo y fértil en sus contradicciones que aún nos queda, yo insisto: enfrentarse a un toro en la Antigüedad no era solo un simple acto físico, era fundamentalmente un rito cargado de sentido simbólico. De ahí que, en Creta durante las taurocatapsias, los jóvenes no mataran al animal, sino que ejecutaban saltos sobre su lomo, pues el objetivo no era destruirlo, sino entrar en contacto con ese poder y salir indemnes, transformados por él.
En términos religiosos, esta idea convertía al toro en umbral entre el mundo humano y el divino. Dominar al toro —o sobrevivir a su furia— equivalía a imponer la cultura sobre la naturaleza, lo humano sobre lo animal, aunque sin anular la fuerza que lo hacía sagrado. En lugar de eliminarla, se la reconocía y se la integraba en el tejido simbólico de la sociedad.
Esta concepción ha sobrevivido, transformada, en distintas tradiciones taurinas del Mediterráneo. Tanto en los encierros, como en las corridas o en los juegos sin muerte del sur de Francia, el momento clave sigue siendo ese instante de riesgo en el que el hombre se mide con la potencia bruta del toro, no para destruirla, sino para demostrar que es capaz de rozar el caos sin sucumbir a él.
Pienso que, del mismo modo que antaño se abandonaron los exvotos de carne y las libaciones de sangre en los templos antiguos —sin por ello borrar a los dioses, sino transformarlos—, podríamos también despojar a la tauromaquia de su componente letal y conservar intacto su corazón simbólico. Tal vez el mito no necesite ya el sacrificio, como no lo necesita el Partenón para seguir siendo templo o el Grial para seguir siendo búsqueda. Quisiera poder creer que el símbolo del hombre frente al toro sobrevivirá a esa metamorfosis: que podrá persistir, no como muerte, sino como encuentro de fuerzas, como desafío entre la agilidad y la inteligencia humanas y las mortales astas del animal. Quizá, como en los saltos acrobáticos de la Creta minoica o en los recortes actuales, el gesto pueda seguir significando lo mismo que significó siempre: rozar el caos sin destruirlo, enfrentarse a lo indómito y volver vivo, sin sacrificio ni sangre, transformado en un ser civilizado, y por ello, superior.
Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025
María José Solano
María José Solano (Sevilla, 1975) es licenciada en Historia del Arte por la Universidad Hispalense, dedicó su proyecto de investigación a la écfrasis en el marco del estudio comparado de literatura y pintura. Diplomada en Lengua portuguesa y MBA en Gestión Cultural por la Universidad de Salamanca, ha impartido clases de Patrimonio Cultural en la facultad de Turismo y de Arte contemporáneo en la escuela Leonardo Da Vinci, así como clases de Historia del Arte en el Máster de Pintura de Historia de la Universidad de Nebrija. Trabajó durante diez años en la Real Academia Española. Cofundadora de la revista digital literaria zendalibros.com es coeditora de la colección de novelas clásicas ZENDA-EDHASA y columnista en ABC. Conduce el programa de entrevistas «Voces de la Cultura» de la Fundación Augusto Ferrer-Dalmau. Es escritora especializada en viajes literarios y autora de la guía literaria Jerez (Tinta Blanca 2023), del libro de viajes Una aventura griega (Debate 2023) y de una serie de viajes literarios reunidos bajo el título de La mujer que besó a Virgilio (Almuzara 2024).




