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martes, julio 21, 2026

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Envidio a los matadores de toros

Por muchos años que viva siempre envidiaré a los matadores de toros. Y lo haré porque ellos, los últimos héroes clásicos de una humanidad que no sabemos muy bien hacia dónde camina, son capaces de entregar lo que un ser humano más aprecia, su vida, por dominar a una fuerza natural, a un ser indomable, a una joya genética que pervive en el siglo xxi, en una época donde cada vez vivimos más alejados de la naturaleza, a un toro de 500 kilos que quiere arrollarlo, cornearlo, pisarlo, morderlo… quiere quitárselo de delante, porque su sola presencia, recta, gallarda, serena, desafiante, le provoca un impulso irremediable de embestir con tanta bravura desatada que el animal también está dispuesto a dar su vida por matar a su oponente. Es el juego de la vida, donde sobrevive el más fuerte… o el más inteligente. Aquí no hay ni trampa ni cartón, las segundas tomas son imposibles, utópicas. Se vive y se muere, nada es casual, pero todo está envuelto de un halo mágico que hace que todos los años miles de personas llenen las plazas de toros, a pesar de los malos augurios de aquellos que nunca sintieron ni entienden lo que un aficionado vive desde el cemento del tendido. 

Envidio a los matadores de toros, porque son capaces de generar tantas visiones distintas como espectadores presencian una faena en la plaza de toros y ellos, solo ellos, son el centro de todas las miradas. Unos se emocionan al ver cómo compone el torero su encuentro con el burel y se fusionan en una danza milenaria que marcó el devenir de toda la cuenca mediterránea desde el origen de los tiempos; otros analizan cada gesto, cada mirada, de toro y torero y sacan conclusiones inmediatas con más o menos verosimilitud; otros saltan de la localidad con cada natural, con cada pase de pecho, mientras aplauden y jalean al torero; otros son masoquistas, porque cada tarde que acuden a la plaza tienen la escopeta cargada para criticar lo negativo y obviar lo positivo; otros son románticos que disfrutan con el ritual que aún pervive en una corrida de toros; otros son neófitos que se acercan a la Fiesta con curiosidad y saben que hay algo inexplicable dentro de lo que sucede en el ruedo; otros, simplemente, acuden como rito social… pero lo que está claro es que los matadores de toros logran acaparar la atención de todos, absolutamente todos, los allí presentes. Para bien y para mal, por entendidos y por neófitos, todos sucumben ante la tauromaquia. 

Envidio a los matadores de toros, porque viven en las cercanías de la muerte y no por ello están angustiados ni son temerosos. Cada tarde, cuando se enfundan en el vestido de torear saben que la muerte estará más cerca que nunca de su existencia. Pero van a ella sin bajar la cabeza, con arrogancia, con valentía y con la seguridad de que, una vez más, le mirarán cara a cara y conseguirán burlarla y, si no fuera así, son conscientes y sabedores de que su nombre alcanzará la inmortalidad. Ese desafío es la energía que les hace continuar en el ruedo después de una cogida, con una cornada sangrante y al límite de sus fuerzas. Ellos se sobreponen, cumplen con su deber y después ya se ponen en manos de los sanitarios no para salvar su vida, sino para intentar reaparecer lo antes posible.

Envidio a los matadores de toros, porque son capaces de parar el tiempo. Un muletazo hondo y profundo parece infinito, mientras arrastra la franela por el albero aún húmedo. El silencio lo invade todo hasta que estalla el ooooooleeeee con el que finaliza el trincherazo, el natural, el derechazo o el pase del desprecio. Sin aún haberse repuesto ya está otra vez el toro embistiendo con el hocico por los suelos y toda la plaza contiene el aliento, las pupilas se dilatan, las bocas se abren en señal de admiración, los músculos se tensan y la dopamina corre a raudales por los tendidos… hasta que vuelve a rugir la plaza con un olé rotundo y sentenciador. Veinte veces, veinte, y los aficionados salen de la plaza pegando pases con las chaquetas, mientras en sus pupilas aún se reflejan los detalles de la faena y, lo que es más importante, aquel pasaje ya lo tienen guardado en el baúl de la memoria donde se conservan y aprecian los recuerdos más valiosos en la vida de un ser humano. 

En definitiva, envidio a los matadores de toros porque son los protagonistas de mi cultura, de nuestra cultura común, aquella que se forjó desde antes de la romanización de Hispania, cuando celtas y vetones ya veneraban al toro. Hoy, la globalización amenaza a todo aquel que es diferente, que no va por el camino marcado por unas élites que buscan la uniformidad de la humanidad, cuando la verdadera riqueza reside en la diversidad, que viene dada por las costumbres de cada pueblo, de cada comunidad, y la nuestra es la tauromaquia. Somos un eslabón más de la cadena de transmisión de la cultura, donde en lo más profundo de nuestras costumbres y nuestros ritos se encuentra la fiesta de los toros y lo que intentan es romper nuestro eslabón para desarraigar un hecho cultural que marcó el devenir de España a lo largo de los siglos, como ya dijera el filósofo José Ortega y Gasset: «La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que, sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda». Está todo dicho. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Francisco J. Martínez 

Francisco Javier Martínez García (Peñaranda de Bracamonte, 1975) es un periodista español con una destacada trayectoria en el ámbito del periodismo regional. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Pontificia de Salamanca, inició su carrera profesional en los medios de comunicación de Castilla y León (La Gaceta Regional de Salamanca, Tribuna de Salamanca, El Adelanto de Salamanca, El Norte de Castilla y Diario de Ávila). En 2007 se trasladó a Albacete para asumir la dirección de La Tribuna de Albacete, periódico del grupo Promecal, donde también ha dirigido las ediciones de Cuenca (desde 2013) y Guadalajara (desde 2016). 

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