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Las últimas noticias sobre la verdad

Preparo cada San Isidro (como hacía antes con cada feria de Hogueras) con algún libro que me lleve adentro. Hace dos años, Cornejo Arruabarrena (Gerardo) y Pérez Estévez (Máximo) editaron las crónicas azpeitiarras de Ignacio Álvarez Vara (Barquerito) en los ochenta. Las he vuelto a leer este abril. Zabala de la Serna dice que Barquerito es quien mejor ve el toro, pero yo creo que lo ve mejor él. El toro y más cosas. Pero uno y otro, Zabala y Barquerito, son quienes mejor se fijan en el más allá para entender el más acá. Albert Serra afirma que «la tauromaquia es uno de los últimos residuos de un misterio único de la civilización». Se queda corto. Es lo que dice Cornejo Arruabarrena, erudito: «Los toros no pueden desaparecer porque apelan a lo más profundo de lo que somos». Los humanos, con conciencia, y también los animales, sin ella. 

La tauromaquia trasciende la representación de la lucha del hombre con la bestia y por eso permanece. Lo que sucede en una plaza reúne las tres certezas únicas de lo que somos: seres vivos que, una vez conscientes, libramos una batalla cerrada y perdida (a unos los bate el acero; a todos, el tiempo) para retrasar la negra muerte. Las herramientas son la negación y la mentira, sublimadas y purificadas por el rito y por la sangre. Muchos vocablos taurinos apelan a ello. A la muleta ese le llama el engaño, a la defensa que protege de la cornada, el burladero. La gran paradoja de los toros es la gran paradoja de la vida: la verdad y la mentira a la vez, la vida y la muerte. Los taurinos le decimos a eso «la verdad del toreo» y lo identificamos con la lidia más profunda sin saber exactamente qué es, aunque habiendo percibido inequívocamente su descarga. 

Los griegos clásicos a la verdad le llamaban alhéteia, que significa «des-ocultamiento» o revelación. Aristóteles la situaba en el cruce de caminos entre la materia y su forma, en el sendero que conduce de la potencia al acto. Heidegger recogía el guante más de dos mil años después. A la alhéteia, a la revelación, a la verdad, a lo que somos solo se puede acceder a través de la «obra de arte». Es su des-ocultamiento más perfecto. El resto son aproximaciones. Por eso la lidia es solo y nada menos que una expresión artística que aborda con rigor nuestra esencia, por eso es de verdad y por eso es tan importante que su reflejo a través de la crónica sea honesto. Que, por encima del recuento de trofeos, ensalce al toro y al torero que han luchado con limpieza y delate a quien abusó del engaño para, además de engañar a la muerte, hacerlo con el espectador. 

La tauromaquia permanece en el tiempo porque la profundidad de su sustancia aflora a través de la emoción, de la celebración de la victoria temporal de la vida, de la burla a la muerte mediante la fiesta. Pero no hay emoción sin verdad. Cada uno accede a ella por su propio camino y el mío es literario. 

Mi emoción apela a la pureza de lo más sencillo y mi faena perfecta se parece a una novela de Miguel Delibes. A las que escribió después de irse con un magnetofón a las casas de adobe de los pueblos en busca del lenguaje que salía del páramo castellano. Pegó el oído a los labriegos de los trigales, a los cazadores de codornices, a los tramperos de topillos para que extraer la música de lo auténtico, que es como hablaban el Nini, en Las Ratas, o El Mochuelo en El camino. Construir la lírica desde la naturaleza, desde la humildad y desde la voz de quien más pegado está a la tierra, como en los diálogos de Los Santos Inocentes, siempre será para mí lo más emocionante en la literatura y en la plaza. El tránsito de lo sencillo a lo poético es lo que hizo Delibes en sus novelas y lo que ha hecho Diego Urdiales en el albero. La magia contenida. 

La traducción de la emoción y de la magia necesita de sus hermeneutas. Una corrida de toros concluye como un acontecimiento noticioso donde se depuran las impurezas y se decanta la verdad. Las crónicas taurinas difieren de las políticas, porque en el ruedo se burla a la muerte y en el Hemiciclo, demasiado a menudo, a la realidad. Las crónicas, sólo las buenas, son a la vez el relato de una tarde de fiesta y la expresión informativa de la condición del ser humano, no sólo del que se pone delante del toro, sino del que lo ve o incluso de quien lo odia o lo evita. En la vida, como en la ley, la ignorancia no exime del cumplimiento de sus preceptos. Por eso los toros más bravos o las faenas más hondas son «de ley». 

Delibes, Urdiales, Zabala y Barquerito. O Lorca y Morante. Todos me dan noticia de lo mismo durante el par de horas de la corrida y los minutos de la lectura de después. De la emoción de estar vivo. El resto es mentira. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025 

Francisco Pascual

Francisco Pascual es un periodista español con una destacada trayectoria en el ámbito de la información económica y política. Licenciado en Ciencias de la Información, ha desarrollado su carrera profesional en El Mundo, donde actualmente ocupa el cargo de adjunto al director y es responsable de la sección de Economía. Además, dirige la revista Actualidad Económica. Su labor se centra en el análisis y la cobertura de temas económicos, financieros y empresariales, aportando una perspectiva crítica y rigurosa.

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