Honorable presidente, distinguidos miembros del Real Círculo de la Amistad de Córdoba. Estimado Manuel Vázquez, señoras y señores.
Es un honor para mí poder dirigirme a todos ustedes y expresarles mis pensamientos en torno a la más intensa y verídica de las artes.
Mi presencia en esta institución tiene un antecedente muy lejano. Se da la curiosa circunstancia que en el año 1972 me hallaba en este mismo Círculo de la Amistad actuando con mi compañía Els Joglars.
También entonces los dirigentes de esta casa tuvieron la generosidad y el coraje de invitar nuestro rebelde teatro en una época de libertades restringidas.
En estos 54 años transcurridos, debo reconocer que nos hallamos en un mundo que los jóvenes de entonces no podíamos imaginar más que como ciencia ficción.
Sin embargo, paradójicamente, el ritual taurino ha sufrido muy pocas transformaciones, y a grandes rasgos, podría parecer idéntico a lo que yo contemplaba hechizado a mis cinco años en la Plaza Monumental de Barcelona.
Aunque el ritual taurino apenas haya cambiado, las circunstancias que hoy lo rodean son radicalmente distintas de las de entonces. Como también lo es la opinión de muchos ciudadanos españoles sobre la muerte del toro en la plaza.
Es, precisamente, en esa mirada adversa y disconforme con la que una parte de nuestra sociedad juzga hoy los toros, donde deseo centrar este pregón.
El género de los pregones taurinos ha sido por tradición, un compendio de glosas o reflexiones sobre hechos y virtudes de la tauromaquia.
Permítanme pues, que en esta ocasión sea menos idílico, menos épico y en cierta medida más práctico, pues trataré de exponerles con total realismo mis consideraciones sobre el entorno desfavorable que rodea hoy el mundo de los toros.
Un arte, ciertamente, repudiado por una parte considerable de nuestra sociedad, cada vez más inclinada a su prohibición.
Si no asumimos sin paliativos esta realidad, asistiremos —impasibles— a la extinción de unos ritos milenarios en un horizonte muy cercano.
Es más, me atrevo a pronosticar que la fecha de caducidad comienza ya a planear sobre la forma actual de una corrida de toros.
No es difícil imaginar, en la era de la inteligencia artificial, la imposición reglamentada de un simulacro toro-robot que elimina riesgo, sangre y muerte.
Ese es el signo de nuestro tiempo: esconder lo real para hacerlo tolerable. Convertir el rito en espectáculo, el riesgo en entretenimiento y la vida —con toda su crudeza— en una ficción paliativa y virtual para Instagram.
Quizás ustedes, que habitan en un territorio donde esta percepción no está todavía muy presente debido a su fervor taurino, les puedan parecer apocalípticos mis augurios.
Pero piensen que yo vivo en un rincón de España donde la desaparición y el descrédito de todo lo que tiene que ver con el mundo del toro, es hoy absoluto.
Y cuando digo absoluto significa que, a nadie, le interesan ni las corridas ni sus protagonistas.
Sin embargo, se da la paradoja de que esto sucede en un lugar donde hace tan solo 15 años José Tomas toreaba con enorme éxito. Y cuando yo tenía 20 años, Cataluña contaba con 12 plazas activas, una de ellas, la más importante del mundo, pues pagaba las mayores sumas a los matadores más relevantes del momento.
Y me estoy refiriendo a la Monumental de Barcelona. Una plaza actualmente cerrada como todas las demás, la mayoría de las cuales, han sido derribadas.
Sería una ingenuidad culpar de esta abolición taurina, únicamente al fanatismo nacionalista, pues no se habría producido si las razones que esgrimen no hubieran sido también razones fundamentadas en una nueva moral supuestamente moderna y progresista, sobre el trato y el bienestar del mundo animal. Una nueva corriente cuyas consecuencias afectan muy directamente a la tauromaquia.
Nos enfrentamos a una doctrina, de raíz puritana y anglosajona, que no se conforma con la pretendida protección de los animales, sino que avanza con vocación comisaria sobre todos los ámbitos de la vida.
Arrastra un fondo dogmático que alcanza la educación, las relaciones entre los sexos e incluso la alimentación, convertida a veces en una ortodoxia.
Vegetarianos, veganos, macrobióticos… no son simples opciones dietéticas, sino credenciales de una liturgia contemporánea que se exhibe como signo de hegemonía moral frente a los omnívoros.
Se oponen a la muerte del animal, cierto, pero rara vez delimitan el alcance de su piedad ¿Dónde ponemos los límites de su cruzada sentimental?
¿Tiene el mosquito o la rata menos derecho a vivir que un caniche o un canario? ¿Es una cuestión de peso, de volumen o de una carita más graciosa?
¿Qué criterio decide qué vida merece ser protegida y cuál puede ser eliminada sin preocupación?
Como consecuencia de esta corriente social, la mayoría de los decretos sobre protección de animales elaborados actualmente en la unión europea, y muy especialmente en España, fundamentan su núcleo de actuación bajo un concepto de igualdad entre el animal y el ser humano en el plano del valor de su vida.
Una equiparación que constituye, cuando menos, un agravio a las personas y un desprecio a la propia naturaleza de los animales.
Ni científica ni moralmente hay equivalencia posible.
En el ámbito de la conciencia, los seres humanos no debemos ni podemos tolerar la más mínima equiparación con el más evolucionado de los primates.
El chimpancé, con el que compartimos un 98% del ADN está en las antípodas de un ser humano en la dimensión, no solo creativa, sino incluso destructiva.
Hablar de derechos de los animales, supone en cierto modo, satirizar la declaración universal de los derechos humanos.
Al animal, no lo elevamos dándole derechos. Lo que hacemos es rebajar el derecho vaciándolo de sentido.
Cuestión distinta es la responsabilidad que nos incumbe, como seres dotados de inteligencia, en el cuidado y preservación de la vida en el planeta.
Ese compendio legislativo al que me refiero ha propiciado la implantación generalizada de un segmento de la sociedad, cuya inestabilidad mental y afectiva, se deriva y se proyecta sobre el ámbito de los animales.
El bicho o la mascota, se nivela a nosotros en consideración y derechos, y con frecuencia las personas le otorgan un valor afectivo equivalente al de los hijos, hermanos o conyugues.
El extravío mental derivado de estos comportamientos con los animales ha alcanzado unos niveles de actuación verdaderamente llamativos.
Cuidados sanitarios costosísimos, trasplantes, quimioterapia, acupuntura, clonación, psicólogos, sedación paliativa, y así una larga lista de terapias, a cuál más sofisticada, que anuncian un horizonte inquietante.
No tardaremos en verlas incorporadas al sistema público de salud, sostenidas por el conjunto de los ciudadanos y compitiendo en las listas de espera.
Porque cuando se pierde la medida en la jerarquía de valores, no solo se diluyen los límites: se subvierte el orden mismo de la razón.
Y lo más preocupante, es que esta deriva del sentido común ha adquirido dimensiones desorbitadas. En España ya tenemos unos 25 millones de mascotas, es decir, presentes en casi la mitad de los hogares y en general una vida animal confinada en escasos metros cuadrados.
Naturalmente, estos datos no implican que toda relación con los animales sea desatinada. Entiéndanme bien, no quisiera que quienes de ustedes conviven con mascotas se sientan aludidos por mis palabras.
Sin embargo, debemos reconocer que estas cifras y su correspondiente legislación, allanan una tendencia y un riesgo: la de suplir carencias afectivas entre personas, mediante la relación desmedida con un animal que ha sido colocado, mental y legislativamente, casi a nuestro mismo nivel.
Este fenómeno desequilibrado guarda una conexión directa con la marginación de la cultura cristiana.
Una tradición humanística milenaria que, a través del concepto del alma y de la centralidad del hombre en la creación, estableció siempre una jerarquía nítida entre el ser humano y el animal.
Ni siquiera el hecho de que el Espíritu Santo se represente simbólicamente como una paloma ha alterado esa evidencia: los cristianos han seguido guisando palomas sin el menor conflicto, porque entendían que Dios puso la naturaleza y los animales a su disposición para el uso que estimaran oportuno.
Todo este preámbulo, junto a los datos expuestos, pretende evidenciar el riesgo extremo que corre la supervivencia de la tauromaquia en el contexto de una sociedad configurada emocionalmente bajo esos parámetros.
Una buena parte de esos millones de propietarios de mascotas —con la salvedad de los que utilizan animales como colaboración— consideran a los aficionados taurinos poco menos que individuos sádicos, entregados al disfrute de la tortura y al aplauso de un asesinato premeditado. En resumen: unos seres asociales
¿Cómo podría aceptar el sacrificio público del toro un ciudadano ejemplar que, con escrupulosa diligencia, recoge en la calle los excrementos de su propia mascota?
O sea, que los enemigos de la tauromaquia, que históricamente, siempre existían, han alcanzado en los últimos tiempos una dimensión verdaderamente descomunal. Una dimensión apoyada en argumentos populistas difícilmente rebatibles ante una masa alienada por una sensiblería que viene ya inducida desde la infancia.
No debemos olvidar que la educación actual de niños y jóvenes, en lo relativo a la naturaleza y a los animales, se sustenta en una cosmología más próxima a la factoría Disney que a una visión científica del entorno, despojada de toda inclinación sentimental.
Hace poco, un leñador de mi pueblo se quejaba afligido de que mientras cortaba unos árboles, los niños de un colegio que paseaban por el bosque, le gritaban enfurecidos ¡Asesino! ¡Asesino!
Un acto muy revelador sobre la deformación de los conceptos de la naturaleza en nuestras escuelas, cuya confusión viene derivada de esa amalgama pseudocientífica que hoy se presenta como ecología.
Ante este panorama, lo verdaderamente preocupante no es solo la hostilidad creciente hacia la tauromaquia, sino la incapacidad del propio mundo taurino para comprender la naturaleza del aislamiento en el que se encuentra.
Porque no estamos ante una simple discusión estética, ni ante una disputa cultural más, sino ante un conflicto de raíz moral, donde una parte muy mayoritaria de la sociedad ha decidido sustituir la complejidad de la vida por una versión sentimental, simplificada y, en muchos casos, voluntariamente ignorante de la estricta realidad.
Y ahí es donde el aficionado, el ganadero o el torero quedan convertidos, no en protagonistas de una tradición y un arte, sino en caricaturas morales al servicio de un relato previamente construido con el objetivo de su liquidación.
No podemos olvidar que el propio ministro de Cultura de España, a quien corresponde la protección de la tauromaquia, incumpliendo su mandato, tuvo la desvergüenza de suprimir el Premio Nacional de Tauromaquia.
Pero semejante exhibición de desfachatez no se habría producido de no estar seguro de que contaba con el beneplácito de una mayoría de ciudadanos que aprobaban semejante desafuero.
En estas circunstancias me aterra pensar hoy en un referéndum donde los españoles voten: Toros sí o toros no.
Quizá el mayor error por nuestra parte haya sido pensar que bastaba con la belleza del rito, con la verdad del ruedo o con la profundidad histórica para sostenerlo. Pero en nuestro tiempo esas razones de ámbito espiritual ya no ocupan un lugar relevante.
Nos encontramos ante una sociedad que no mira, sino que interpreta antes de ver; que no entiende, sino que juzga antes de conocer, que no se atreve con la realidad, sino que se ampara en la comodidad de la ficción, lo cual significa eludir todo debate y situarse en lo que se llama “políticamente correcto”
Y nada tan incorrecto hoy como la tauromaquia en la España de la progresía.
Frente a este escenario, o somos capaces de explicar —y de explicarnos— qué representa la tauromaquia en el contexto de la vida actual, o corremos el riesgo de que sea explicada por quienes no han pisado jamás una plaza, pero sí dominan con extraordinaria eficacia, los mecanismos del sentimentalismo primario de las masas.
Y ahora, me permitirán que después de este somero repaso ante algunos de los riesgos que nos acechan, les proponga un cambio de tercio para plantearles cómo resistir frente a un entorno tan hostil.
Con toda franqueza, debo decirles que en mi opinión nos quedan pocas posibilidades en esta senda a contracorriente, pero seguimos teniendo a mano lo más esencial: la libertad. La libertad simple, desnuda, sin pretextos ni justificaciones.
La misma libertad que tiene un ciudadano para matar un venado y zampárselo. La misma que le permite elegir entre una película porno o una obra de Shakespeare. La misma que empuja a un hombre a escalar una montaña aun sabiendo que en ello puede dejar la vida.
La misma libertad que permite a unos ciudadanos protestar públicamente contra las corridas de toros.
Esa es nuestra libertad y nuestra resistencia. En la defensa de la tauromaquia no basta el argumento social de los puestos de trabajo, ni el ecológico sobre la desaparición del toro bravo sin corridas, ni el medioambiental sobre la muerte de las dehesas sin ganaderías.
Ni tan solo la tradición significa un argumento incuestionable.
Todo eso puede ser real, pero es subsidiario y nunca será razón admisible para los adversarios de los ritos taurinos.
La tauromaquia se sostiene- y debe sostenerse- por una razón esencial y más determinante: porque un hombre libre tiene derecho a elegir sus ritos, sus emociones y también sus riesgos.
Ningún poder público puede legítimamente coartar ese derecho primario en función de las modas o consignas ideológicas del momento.
Ante ello no debemos inclinar la cabeza. No tratemos de especular y debatir sobre si el toro sufre más o menos con la suerte de varas. No pongamos por delante que si Goya y Picasso pintaron temas taurinos o Lorca escribió “A las cinco de la tarde” Eso es colocarnos a la defensiva.
Tampoco se trata de pasar al ataque.
Simplemente, nosotros, los taurinos, sin vacilaciones, sin complejos, inmóviles en el centro del ruedo como Don Tancredo.
Los toros no son- ni pueden ser -un debate para la Sexta. Como no debatimos la belleza del Partenón o de la Capilla Sixtina.
De una vez por todas el aficionado taurino debe ser consciente de que ahora forma parte de la resistencia.
La resistencia frente a una masa que desprecia cualquier dimensión espiritual de aquello que no comprende.
La resistencia a la hipocresía de una sociedad que no quiere saber la historia de una morcilla.
La resistencia al infantilismo social que sueña con un mundo sin conflicto, sin herida, sin la presencia de la muerte
Resistencia a la desnaturalización del hombre, olvidando que también somos instinto, riesgo y violencia
Resistencia al espectáculo blanqueado y a esa cultura que lo dulcifica todo hasta volverlo irrelevante
Resistencia a la ignorancia histórica, a juzgar con los ojos de hoy lo que nació en la hondura del tiempo
Y, sobre todo, resistencia a la pérdida del sentido trágico de la vida, esa conciencia de límite, de muerte y de impulso por la belleza que hizo al hombre algo más que un simple consumidor de bienestar.
Por eso, señores, el aficionado no es un nostálgico del pasado. Es, a veces, sin saberlo, un pertinaz resistente frente el pánico actual a disentir de esa gran masa que ha blindado la discrepancia.
Miren, yo he conocido, por razón de mi oficio, no solo todos los públicos teatrales de España, sino de Europa, Estados Unidos y de Hispanoamérica. Pues bien, les puedo asegurar que el mejor de estos públicos no tiene comparación con el público de los toros.
No existe otro espectador en el mundo que encarne mejor la libertad.
El público taurino es crítico, apasionado, diverso, ocurrente, irreductible, exigente, feroz. Y, ante todo, libre. Libre para aplaudir, protestar y juzgar sin intermediarios ni consignas.
Es, en su forma más pura, la expresión natural de la democracia.
Esa misma libertad la sentí por vez primera a los cinco años, en la Monumental de Barcelona, mientras fuera de sus muros imperaba la dictadura.
Pero no es solo eso. La frecuentación del rito taurino desde la infancia modeló aspectos esenciales en mi forma de encarar la vida y el arte.
Por ello insisto en la incorrección política: hay que llevar los niños a los toros. Sin complejos y desde muy pequeños. Y en España tenemos la fortuna de tener a mano esta posibilidad.
Los toros son una de las pedagogías más directas y eficaces para iniciarse en la sustancia de la vida.
En la arena se manifiestan, de forma real y simbólica, los impulsos fundamentales que nos constituyen. La vida y la muerte, el miedo, la astucia, el ingenio, la dignidad, la bravura, la belleza, las vacilaciones, el coraje y el temple ante la adversidad.
Todo con una claridad diáfana y visual que una criatura capta por instinto.
Conviene hacerlo antes de que de que el niño empiece a ser moldeado por esa versión dulcificada y melindrosa de la naturaleza que hoy se promueve.
Es sano que entienda la sangre y la muerte como algo natural y no se descomponga por ello.
Admito, que lo que acabo de expresar, irrita a buena parte de los pedagogos actuales, entregados a una doctrina de sobreprotección que concibe al niño como un ser débil y desvalido.
Sin embargo, basta mirar al tercer mundo o a los escenarios de guerra para comprobar todo lo contrario: la formidable capacidad de supervivencia del niño, con su enorme instinto de adaptación en las condiciones más adversas.
Quienes crecimos en la posguerra española teníamos las defensas más despiertas que muchos niños de hoy.
Podíamos asistir a una corrida de toros y contemplarla con naturalidad, sin ese filtro artificioso y edulcorado que ahora todo lo distorsiona.
Mi recuerdo es nítido: la vida verdadera era la que sucedía en el ruedo. Mucho más que lo de fuera. Lo de fuera me resultaba extraño e incomprensible.
En el fondo, he procurado hacer lo mismo en el teatro: que lo que acontece sobre el escenario le parezca al espectador más real que la propia vida exterior.
Si trasladamos este concepto a la corrida de toros, las proporciones de verdad y emoción se desbordan por completo porque allí no hay simulación. Todo es real.
Mis comparaciones con el teatro no pretenden en ningún caso situar la tauromaquia en el terreno del espectáculo. Nada más lejos. La corrida no es un espectáculo: es un ritual.
No busca efectos escénicos ni distracciones, sino que se acerca a la liturgia de una misa, donde el ruedo se convierte en espacio de sacrificio.
No hay en el matador voluntad teatral, como no la hay en el sacerdote. El matador no es actor ni bailarín. Es el hombre solo que, con dignidad, belleza y valor, trata de esquivar la muerte que lo rodea constantemente.
Como nos sucede a todos, cada día de nuestra vida.
La corrida es la metáfora perfecta de la mejor existencia que podemos aspirar.
Y precisamente porque encierra esa dimensión profunda y ritual, me permitirán que recurra a un símbolo antiguo para ordenar lo que sigue.
Ustedes saben que el número siete es, probablemente, el más cargado de significado, tanto en la tradición occidental como en la oriental.
Por ello, no quiero concluir este pregón sin ofrecerles siete razones esenciales que sostienen, aún hoy, la trascendencia del ritual taurino.
Primera razón: Porque es efímero.
Desaparece en el mismo instante en que se crea. De ese momento no hay repetición posible. Recordamos un quite, un pase o una estocada durante toda la vida; pero su reproducción —convertida en imagen— ya no añade nada.
Lo degrada a nivel de espectáculo. Si no estabas en la corrida lo perdiste todo por mucho que mires esta pantalla.
Los toros son memoria y emoción.
Segunda razón: Porque es poesía.
La poesía no es solo lo escrito en un libro dejando amplios márgenes a los lados. La poesía es alcanzar la máxima emoción con los mínimos elementos.
Cuando el torero, solo en el ruedo, con un simple trapo, templa y maneja a una bestia bellísima dispuesta a matarlo, y en ese arriesgado trance se esfuerza para sacudirnos con emociones irreprimibles, estamos ante un acto poético de primera magnitud.
Solo el trapo y su cuerpo. Con lo mínimo lo máximo.
Tercera razón: Porque es una exaltación del mito
En una época de mitos efímeros, que se suceden al ritmo de los medios y se consumen con la misma rapidez, el torero representa al hombre solo. Sin coartadas, sin más amparo que su propio pulso.
4000 años después se reviven destellos mitológicos del minotauro.
Pero el mito no nace solo del riesgo. Nace de su repetición. Nace de la mirada pública y de la memoria que lo fija. Cada tarde renueva el mismo desafío y lo expone al juicio de todos.
Es el hombre enfrentado a su propio límite. La repetición y la memoria crean el mito. El mito del hombre dominando la fuerza bruta.
Cuarta razón: Porque es una exaltación del mérito
No vale el prestigio adquirido. Solo cuenta el presente. Un torero consagrado puede ser muy ovacionado en el paseíllo, pero si no está a la altura de lo que el público exige, saldrá del ruedo entre abucheos.
Y no es raro que tenga que asistir, con humildad, al triunfo del menos placeado del cartel saliendo a hombros de la plaza.
El mejor de los matadores comienza de nuevo cada tarde. Porque el mérito no admite pasado.
Quinta razón: Porque es impasible a la moda
Las artes han sucumbido en nuestro tiempo al imperio de la moda.
Han capitulado ante una sociedad instalada en el “usar y tirar”.
Todo se sostiene sobre la novedad compulsiva como valor supremo y la cancelación de lo pasado como revolución.
En cambio, en la plaza no hay lugar para ocurrencias ni experimentos. El rito permanece intacto. Ninguna vanguardia lo corrige, ninguna moda lo altera.
Por eso, al cruzar el umbral de la plaza, el aficionado reconoce algo infrecuente en nuestro tiempo:
La permanencia y el hondo sedimento emotivo que acumula una larga tradición en una época donde el menoscabo del pasado se ha convertido en signo de progreso.
Sexta razón: Porque el pueblo es soberano
En el deporte se celebran los errores y la derrota del contrario. En los toros no hay contrario. Se celebra el triunfo de todos los participantes.
El silencio, el rumor, los gritos y los aplausos tienen, todos, un significado.
Las peticiones a la presidencia y las broncas revelan un conjunto de personas no sometidas a más autoridad que su propio criterio.
El público no es un simple espectador.
¡Vamos!, ¡venga!, ¡bien! y ¡olé! son aportaciones del aficionado que marcan las pautas rítmicas de una faena.
Lo que en música se llama un continuo. Intervenciones sonoras que influyen decisivamente en los impulsos del matador.
Porque en los toros el pueblo no solo asiste: Decide.
Séptima y última razón: Porque tenemos los antitaurinos
Como he venido diciendo, los tenemos en una proporción mayor que nunca. Y eso nos obliga a profundizar nuestras razones y a enfrentarnos también a nuestras propias dudas.
¿Quién, ante un toro masacrado reiteradamente por un inepto matador, no ha sentido incomodidad, incluso rechazo, ante la prolongación inútil de la agonía?
Ahí reside una diferencia esencial. El aficionado no es un fanático: es alguien que se interroga. Que distingue entre la grandeza y la chapuza. Entre las luces y las sombras que conlleva este gran ritual.
El antitaurino, en cambio, no duda nunca. Su juicio es previo a los hechos.
No mira: condena. No distingue: simplifica. No entiende: prohíbe.
Y, sin embargo, paradójicamente, su presencia nos resulta necesaria.
Porque frente a su cerrada certeza, el aficionado se ve obligado a pensar, a justificar, a depurar el sentido de lo que ama.
Ellos prohíben. Nosotros pensamos.
Y ahora, como es de rigor en un pregón taurino, les exhorto a gozar de la feria en la espléndida plaza de Los Califas.
Allí, la sola visión del albero encenderá destellos fugaces de aquellos míticos diestros del pasado que hoy habitan el olimpo.
Acudiremos sin apetitos violentos ni deseos sangrientos, sino movidos por ese impulso que empuja al hombre hacia la belleza y el arte.
Es el mismo aliento que en todas las culturas conduce al ser humano hacia las ansias de un Dios.
Y en esa quimérica aspiración, el torero, cual sacerdote de tiempos remotos, es capaz de acercarnos por unos instantes a la intangible sensación de lo divino.
Ciudadanos de Córdoba, todo está dicho
¡Viva España, taurina!
XXXV Pregón Taurino Real Círculo de la Amistad de Córdoba
12 de mayo de 2026
Albert Boadella



