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jueves, junio 4, 2026

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Los otros toros

Acontece que no sabemos apreciar el sentido de lo único hasta que no construimos una comparación adecuada. Sólo tras este ejercicio podemos realmente identificar la originalidad de un objeto, una obra pictórica, una pieza musical, una receta gastronómica, un edificio, y… cualquier animal o planta que encontremos en nuestro planeta. Algo nos parece original y único cuando no encontramos nada semejante, o bien- en caso de haberlo encontrado- hemos quedado, de todas formas, sorprendidos. 

¿Es único el toro bravo? Sí, por supuesto. La pregunta es trivial ya que cada especie animal o vegetal es única en la naturaleza, por definición. Ya Linneo en 1735, en su Systema Naturae, se encargó de establecer un sistema de clasificación, una suerte de inventario, para poder «ordenar» a los seres vivos que comparten con nosotros nuestro planeta Tierra. Los biólogos continuamos usando tal protocolo para intentar conseguir inventariar a todos los seres vivos que habitan (o han habitado) el planeta. Y resulta que sigue siendo ésta una de las grandes fronteras del conocimiento humano: no sabemos cuántas especies hay en la Tierra; sólo tenemos estimaciones. Cada año damos nombre a unas 18.000 nuevas especies de organismos superiores (animales, plantas, hongos), y sabemos que son especies únicas, aunque pueda haber algunas tan similares entre sí que resulta bien difícil distinguirlas. Por otro lado, encontramos especies muy dispares entre sí, muy diferentes, por ejemplo por el simple hecho de vivir en hábitats o ecosistemas distintos, que requieren adaptaciones precisas y divergentes. Así, Linneo nos legó un excelente sistema para: 1) inventariar y dar nombre a las especies; y 2) agruparlas en categorías de acuerdo con sus similitudes. Por el momento, conocemos 26200 especies de abejas diferentes, 11000 especies de aves diferentes, 2600 especies de palmeras diferentes, 10500 especies de helechos distintos, 182500 especies de mariposas (y polillas), 120 especies de pinos, 7100 especies de lagartos, 90 especies de ballenas, delfines, cachalotes y orcas, 14300 especies de hormigas, etc. Hablando de hormigas, sabemos que en Reino Unido hay 51 especies hormigas; pero en un solo árbol gigante de ceiba de la selva amazónica los entomólogos encontraron hasta 20 especies diferentes de hormigas. Por eso estas cifras de número de especies debemos tomarlas como aproximaciones: nos quedan por descubrir muchas nuevas especies. Así, una de las últimas especies nuevas descubiertas para Doñana fue una hormiga, Catagliphys floricola, descrita en 1993 por el Prof. Alberto Tinaut. Y, desde luego, con certeza, se extinguen en nuestro planeta muchas especies de diferentes organismos antes de que hayamos podido descubrirlas y darles nombre, tal es el ritmo frenético de destrucción de la naturaleza que aún mantenemos.

Pues bien, en el planeta contamos con 143 especies de bóvidos (unas 300 si incluimos las especies extinguidas, del registro fósil), la familia de grandes mamíferos donde Linneo incluyó nuestro toro bravo. Todos los bóvidos comparten características que resultan familiares a cualquier amante del toro bravo. Animales de gran porte, entre 2,5 kg de los antílopes reales y los 1500 kg del gaur, nuestro toro bravo se sitúa en el extremo máximo de tamaño, junto con los elands y los yaks, pudiendo alcanzar 700 kg o más de peso. Los bóvidos habitan paisajes abiertos donde suelen campear en grupos de varios individuos, aunque hay excepciones de especies más solitarias (por ejemplo, los dik-dik, los oiréis, los steenboks, los duikers), especialmente entre las especies que habitan áreas boscosas, cerradas. Las hembras paren una única cría (aunque se citan partos dobles en varias especies) y sus depredadores son escasos, grandes carnívoros como tigres y leones. 

Cada especie es única, sí, pero algunas son especialmente únicas por sus características o por atributos que reúnen. Por ejemplo, entre los bóvidos no conocemos otras especies con «bravura», como característica esencial. Sabemos que los gaures (también conocidos como bisontes indios o seladang), el búfalo del Cabo y los bisontes americanos son especialmente agresivos, tanto en su comportamiento territorial como en la defensa ante depredadores. No en vano, al búfalo del Cabo se le conoce como «Muerte Negra» por su ferocidad. Pero a diferencia de estos comportamientos, que conllevan huida en determinadas circunstancias y no son constantes en su acometividad, en el comportamiento bravo (la bravura) encontramos aspectos únicos: 1) acometividad- una forma de agresividad dirigida y constante, sin distracción posible; 2) codicia- reiterando el ataque hasta el final; y 3) persistencia (fijeza) en la acometividad, que incluye una repetición «noble» del comportamiento. O sea, la bravura ni es genio ni es ferocidad; implica unos rasgos precisos, probablemente seleccionados desde los ancestros del toro de lidia (los aurochs o uros). Las escasas fuentes históricas que tenemos sobre el comportamiento de los uros coinciden en subrayar su agresividad, pero mezclada con una sorprendente rapidez de movimientos, a la vez que mencionan su tranquilidad en ausencia de ataques. El salmo 22:21 de la Biblia nos dice «Líbrame, Señor, de la boca del león y de los cuernos de los uros». Una agresividad grupal, relacionada con la defensa (normalmente en agrupaciones semicirculares) ante ataques de depredadores, que dista mucho de la bravura como forma de comportamiento individual característico del toro bravo.  

A diferencia de nuestra hormiga, Catagliphys floricola, que no ha tenido una vinculación conocida con los humanos a lo largo de su historia evolutiva, el toro bravo ha tenido y tiene un lugar central en muchas facetas de nuestra cultura (arte, literatura, actividad agropecuaria, vocabulario, gastronomía, paisaje, historia, etc.). La extinción de la hormiga o del toro bravo, o de cualquier otra especie, supone una pérdida irreversible de diversidad biológica, que es ese patrimonio natural que los humanos nos encontramos al nacer en este planeta, y que deberíamos ser capaces de preservar para nuestros descendientes. En el caso del toro bravo, al igual que el de tantas otras especies cuya historia evolutiva ha marchado fuertemente imbricada con nuestra propia existencia (por ejemplo, al ser domesticadas o cultivadas), perdemos muchísimo más. Para mí ambas pérdidas serían igual de graves, reveladoras de un enorme fracaso de la condición humana; pero en el caso del toro bravo sería el enorme alcance de la gravedad de su pérdida lo que me resultaría especialmente desolador.

Pedro Jordano

Profesor de Investigación en el CSIC y profesor asociado en la Universidad de Sevilla.

Académico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España.

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