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miércoles, julio 24, 2024

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«La intensa vida de Joselito se expone como un caso único en la historia de la tauromaquia de vocación absoluta»

SE EQUIVOCÓ LA PARCA

«Mala elección de la parca», nos dice Juan del Vial en esta biografía de Joselito escrita tras la tragedia de Talavera, que junto a la de Tomás Orts (más conocido como Uno al sesgo) y la de Antonio García Poblaciones, se publica todavía dentro del fatídico, para la tauromaquia, año de 1920. Porque asumimos que la Fiesta es lo que es y que la fatalidad inevitablemente acecha, lo que el autor no alcanza a comprender es que la muerte tomara la forma de un terciado cornicorto para «cebarse en la juventud, en la dicha, en la habilidad y el valor»; habiendo tanto por ahí donde elegir.

Si la parca hubiera arribado a otro destino es ucronía de mucho juego, sobre la que se ha escrito largamente ya, pues da para bastante imaginar qué rumbo habría seguido la tauromaquia de haber continuado vivo Joselito, sabiendo de antemano la influencia decisiva que tuvo en todos los órdenes de la Fiesta a pesar de su corta vida. Pero Bailador sabía exactamente lo que tenía que elegir y no falló, que siendo su naturaleza mansa y huidiza se acercó cinco veces al picador y dejó tras de sí cinco caballos muertos, certero como sólo un enviado de la parca podía serlo.

Había venido al mundo para segar la vida de Gallito antes de entregar la suya y fue lo que hizo, nada más. Lo que quedaba después de muerto Joselito era incierto de tanto como había crecido su figura, al punto que el autor comienza este libro interrogándose sobre el destino de la Fiesta y si esta podrá sobreponerse a tamaño golpe. Otros grandes toreros habían muerto antes en la plaza y otros lo harían después y, ni siquiera con Manolete, menudearon tanto esta clase de reflexiones que no son singulares ni originales de este autor, pues ya desde el telegrama de Guerrita, al reaccionar a la muerte de Joselito con su lapidario «se acabaron los toros», es una pregunta que se hizo al presente. ¿Ahora qué? Guerrita, y no era el único, intuía que con Joselito desaparecía la inteligencia en el toreo y que muchos buenos aficionados dejarían de ir a la plaza, al tiempo que iría creciendo en el imaginario popular la valía de lo que este había venido haciendo al dejarse de ver de un día para otro.

El mencionado Antonio García Poblaciones escribía a las exequias de Joselito: «En la caja que lo guarda se lleva la llave del toreo». Juan del Vial, participando de esta misma corriente de opinión, comienza esta biografía planteándose, en primer lugar, el presente inmediato que le quedaba a la Fiesta, tratando de medir de algún modo el alcance de la sacudida. Pero va aún más lejos, pues cree que la esencia del toreo que impide que sea atacado por sus detractores son los valores que esencialmente representaba Gallito: «En airosa, pintoresca, animada, sin que la emoción traspase los límites del placer estético y de la admiración ante el arrojo aúnado a la serenidad y la presencia de ánimo». Y se apoya en una esclarecedora cita de López Martínez para representar mejor lo que para él supone la pérdida: «La barbarie consiste en lanzarse el hombre al peligro sin los necesarios medios de defensa, y en la probabilidad, por consiguiente, de parecer víctima de su arrojo». Desaparecida la mayor inteligencia y dominio sobre el ruedo, como un «holocausto» (es la palabra que elige su autor) a una forma de afición, además de un homenaje, afronta Juan del Vial su libro y así nos lo hace saber desde el comienzo.

La breve e intensa vida de Joselito, que tantas veces habrá de ser después relatada, ya desde estas primeras biografías se expone como un caso único en la historia de la tauromaquia de vocación absoluta y sin fisuras desde la infancia. Del Vial, junto a estas primeras anécdotas de asombrosa precocidad, vislumbra además unas maneras distinguidas y un temperamento de gentleman dentro y fuera de la plaza, que queda rápidamente desde la adolescencia. Un refinamiento y exquisitez de carácter que desde niño le van abriendo puertas de forma natural, como algo inevitable que llega por añadidura a sus merecimientos, que no dejan de causar asombro desde su irrupción. Sassone, en sus apuntes biográficos sobre Gallito, anota que el 26 de julio de 1912, al día siguiente de haberse presentado este con caballos en Sevilla, un diario local reseña que se empeñan más de ochocientos relojes para poder verlo esa tarde, en la que volvía a estar anunciado, tal era la forma en la que la voz había corrido por lo que era el rapaz había hecho la tarde anterior sobre el ruedo de La Maestranza.

En su primera temporada como matador, la de 1913, en un tiempo donde los peligrosos marrajos (cuya firma ha recuperado hogaño Cazarrata) eran mucho más frecuentes que hoy día, sólo recibe un aviso en los ciento noventa y siete toros que mata. Que toreros con casi veinte años de alternativa, como Machaquito o Pastor, le cedieran la dirección de la lidia a Joselito, cuando este apenas contaba veinte años, ante la evidencia palpable de su colocación, conocimiento y arrestos, es algo que no se había visto antes ni se ha vuelto a ver después.

Y lo mismo que con su precocidad ocurre con la relación de Joselito con Guadalupe de Pablo Romero, que también queda ya fijada desde estas biografías iniciáticas. El autor elucubra con la información que había disponible entonces y que apunta a un amor que es correspondido y que, pese a encontrar inicialmente una difusa oposición en la familia de la novia, esta parece haber sido ya vencida. Se remeda una conversación con un amigo según la cual Joselito habla sin mucho aprecio de la gloria de los trofeos y del dinero conseguido con los toros, que en poco estimaría si no sirvieran para abrirle las puertas de la mujer que ha elegido. Uno al sesgo, en su mencionada biografía coetánea a esta, citó ya esa conversación de Joselito con su amigo Francisco Urzáis, según la cual el torero le confesaba que por las fiestas del Pilar brindaría su último toro en pocos años para retirarse, casarse y disfrutar de todo lo conseguido. Muy parecido a lo que más tarde confesaría Parrita, primero hermano de Joselito por parte de padre y hombre de su total confianza, en una entrevista: que Gallito había dicho al conde Heredia–Spínola que en cuanto lo viera luciendo el capote de paseo que este le había regalado preparase el regalo de su boda. O lo mismo que también diría luego Alejandro Pérez Lugín, el célebre crítico conocido como Don Pío, que tenía trato con Gallito y también declaró haber recibido preaviso para preparar su regalo de boda. Hasta a Curro, el Cochero, según cuenta César Jalón en sus memorias, le había anticipado Gallito que «esto se acaba».

Bien parece la actitud de un enamorado ilusionado por casarse y que, aúnque todavía no puede hacerlo oficial, va filtrando aquí y allá, a su entorno, la feliz resolución. Sin embargo, como la historia vendía, y siguió interesando con el paso del tiempo, se ha terminado haciendo demasiada literatura sobre la irreversible oposición de la familia Pablo Romero a esta boda, que la sombra de Romeo y Julieta es alargada y alcanza para remedar mucho y poco bueno, y hasta se acabaría diciendo que esto provocó en el torero un estado de ánimo depresivo que lo llevó a torear en Talavera con sus capacidades disminuidas, pero la relación de testimonios y hechos no soporta esta deriva de tragedia shakespeariana, como hemos visto y como de manera impecable se repasa en el espléndido Dos temporadas y media (Grupo Nexo, 2020; Fidel Carrasco, Julio Carrasco y Carmen del Castillo): muy pocos allegados pudieron estar en la parte privada del sepelio de Joselito, ningún ganadero más que Felipe de Pablo Romero y su hijo, a lo que se añaden las dos significativas confesiones que Pineda, su apoderado, hombre discreto y muy cercano a José, terminaría por hacer con el tiempo: cuando se enteró de la muerte de Gallito llamó en seguida a un ganadero (que no podía ser otro que Felipe de Pablo Romero, el único que luego irá al entierro privado), y que, tiempo después, devolvió las cartas que tenía guardadas José en su escritorio de una «mocita» (que sólo podía ser Guadalupe), a su director espiritual.

Y todo esto es lo que mejor viene a encajar con los primeros textos, como este que nos ocupa, tras la muerte de Joselito, que la situación estaba efectivamente encauzada y el plan trazado. Puede que, como nos dice aquí el autor, Joselito fuera un tanto enamoradizo y sentimental, pero parece que también en estos movedizos terrenos fue capaz de mantenerse en tierra firme y con paciencia había terminado por doblegar las resistencias que inicialmente pudiera haber encontrado.

Del Vial titula este libro con un juicio valorativo y meridiano: Joselito, el torero máximo, y así evita ya enredarse en vanas discusiones, pues máximo es, según la Academia, más grande que cualquier otro en su especie, cosa que debía considerar fácilmente discutible cuando corría el año de 1920.

Nuestro autor no estimó, por tanto, necesario detenerse a confrontar los méritos de Joselito con los de Belmonte, su histórico oponente en la que será llamada la Edad de Oro del toreo, porque tampoco podía adivinar que con el tiempo su leyenda crecería tanto que acabaría eclipsando la del que él llama el torero máximo, así que habremos de hacer esa desagradecida tarea nosotros, siquiera sea someramente, en este prólogo.

Basta leer con atención las crónicas y a los más destacados cronistas belmontistas (nos ocuparemos sólo de ellos, pues los gallistas reforzarían la tesis del autor que queremos revisar), que partieron en su mayoría del bombismo antigallista para engrosar las filas belmontistas de rebote tras la retirada de Ricardo Torres; muchos de los cuales fueron claudicando en mayor o menor medida.

Bien sabemos todos que, con demasiada frecuencia, lo que nos da el sentido de la pertenencia a un grupo no son las aficiones compartidas, sino las fobias, que en determinadas circunstancias pueden llegar a cohesionar incluso más, en especial la de exacerbada pasión como las que provocan los toros; y en este caso la inquina hacia los Gallo de los partidarios de los Bomba, convenientemente azuzada por la prensa de la época, es lo que de partida dio una amplia base de defensores de Belmonte, cuya tauromaquia, dicho sea de paso, en nada se parecía a la de Bombita.

Podemos comenzar con los vaivenes de José de la Loma, famoso crítico conocido como Don Modesto, que para el año 1914 ya hacía una primera rendición incondicional anunciado a Joselito como el nuevo Papa, con «dos o tres Guerritas empalmados y coronados por el gran Lagartijo», tras la fabulosa tarde de los siete toros de Vicente Martínez en Madrid.

Corrochano, que fue de Joselito desde primerísima hora, cambió por espurios intereses que obedecían más a la competencia abierta por La Monumental de Sevilla con La Maestranza, con la que se encontraba alineada plenamente el ABC en Sevilla, que al fin y al cabo eran sus patrones y los que proporcionaban la tribuna desde la que había renovado la crítica taurina y se había convertido en un referente para la afición y el resto de la prensa. Algunas crónicas de Corrochano durante los años de 1918 y 1919, con el conflicto entre La Maestranza y La Monumental en su punto álgido, soportan mal el contraste con la de otros críticos, pareciendo a veces que hubieran estado haciendo la crónica en plazas diferentes (César Jalón, belmontista declarado y admirador confeso de Corrochano, se refiere en sus memorias explícitamente a esos años como los de «la campaña antigallista de Corrochano»). Y el primero que lo sabía era el propio Corrochano, que para aplacar su mala conciencia y como desagravio escribiría mucho después la Tauromaquia de Joselito, donde incluso se refuta a sí mismo como crítico en los años de 1918 y 1919 al decir que Joselito «no conoció la decadencia, se ve en la escala de corridas contratadas, que después del segundo año de alternativa, hasta su muerte, pasan de cien todos los años». Incluso se atreve a decir, en este ajuste de cuentas con su propio pasado, lo que nunca dijo cuando hacía las crónicas de aquellas corridas, acerca del brutal nivel de exigencia que sufrió José en las plazas, que sin embargo tampoco le impidió triunfar con una regularidad pasmosa. Corrochano en 1953 escribe:

«En la época de Gallito, este es el responsable de todo. Si se caía algún toro, Gallito tenía la culpa. Gallito no era ganadero. No importa. Él tenía la culpa de que no les dieran de comer (…). El que más siente el peso de la pasión es el mejor torero, el que cuenta con más recursos. Es un caso digno de mejor y más detenido estudio este de la psicología de las multitudes taurinas, que en lugar de sentirse amparadas y garantizadas por el torero más seguro de sí mismo, que por su conocimiento de los toros puede tranquilizar la inquietud del peligro, desconfía frecuentemente de este torero, recela, teme que le engañe, sin saber en qué consiste el engaño. Sin darse cuenta de ello, el público hostiliza por un complejo de inferioridad, que si es molesto para el torero es a la par signo de admiración inconfesada. Alguna vez lo reconoce por una voz de protesta del subconsciente que grita: si no le exijo a este torero, ¿a quién le voy a exigir?»

Cañabete, por su lado, terminaría casi por pedir perdón en una columna por haber silbado cuando era joven a Joselito, en parte por esa irrenunciable extravagancia suya de ser férreo partidario de Vicente Pastor y, en parte, como él mismo reconoce en la citada columna, por simple envidia hacia aquel chaval que tenía su edad y hacía lo que hacía y conseguía lo que conseguía sin pedir permiso a nadie. Esa suficiencia en un adolescente levantó desde el principio tanta admiración como envidia y, con ella, enemigos.

El mencionado César Jalón, conocido como crítico taurino como Clarito, contaría luego en sus memorias cómo ya la primera vez que fue a hacer la crónica de una corrida de Joselito en la redacción le palmeaban la espalda diciéndole que había que atizarle. Si bien, poco después, escribe, en estas mismas memorias, postreras y alejadas ya del fragor banderizo: «Porque sobre el pavés del triunfo y sin precedentes de una epopeya de Belmonte pasaba Joselito su apisonadora veinte tardes seguidas». Y va todavía más lejos al confesar que su pluma «hallaba su mejor aliento en el sujeto literario de un Belmonte, discontinuo, tormentoso y fenomenal, que en la grandeza uniforme, sistematizada, segura y didascálica del maestro consagrado…». Es decir, le inspiraba más Belmonte para escribir, y bien está, faltaba más, que a cada cual le inspire lo que mejor le caiga, que no es negocio para el que se gana la vida escribiendo el de contrariar a las musas, pero la inspiración es una cosa y los méritos otra.

Es obligado detenerse también en José Díaz de Quijano, que aprovecharía su apellido para ejercer la crítica taurina bajo el pseudónimo de Don Quijote, por su habilidad a la hora de deslizar objeciones hacia Gallito, pese a ser un belmontista irredento, como antes había sido bombista. En sus crónicas constantemente nada y guarda la ropa y mezcla hábilmente críticas con alabanzas a Gallito. Disculpa con frecuencia a Belmonte por sus evidentes carencias físicas y falta de salud, que son continuamente señaladas como descargo al no ser algo de lo que se le pudiera culpar (llegó a escribir que Rafael el Gallo, casi diez años mayor y lejos de haber tenido nunca unas condiciones físicas portentosas, parecía, al lado de Belmonte, el mismísimo Vicente Pastor). Sin embargo, cuando ese Belmonte obtiene un triunfo, usa estas carencias para ensalzar el patetismo de su puesta en escena y añadir un aura extra de emoción a todo lo hecho en el ruedo, inalcanzable para todos los demás, sobre todo si tienen sus facultades físicas intactas. La habitual indulgencia con Belmonte a causa de su crónica debilidad física sería algo común en buen aparte de la crítica y acabó calando también en los tendidos. Mientras, a Joselito llega a reprocharle en una crónica, el bueno de Don Quijote, que «hurte el cuerpo al toro», como si dejarse coger fuera una finalidad en sí misma, y quita importancia a sus corridas triunfales como único espada, que Belmonte no podía llevar a cabo por sus condiciones, como si todas fueran coser y cantar para él, cuando la mayoría de las figuras habían fracasado hasta entonces en esta clase de envites. Y finalmente se dedica a teorizar sobre escuelas, considerando a la escuela rondeña superior y la escuela sevillana inferior, situando a Juan como paradigma de toreo rondeño y a Joselito del sevillano, de forma que incluso cuando alaba a este último lo hace diciendo que había estado bien gracias a haberse dejado permear por la escuela rondeña de Juan, y así, incluso cuando ponderaba los mejores triunfos de Gallito encontraba la retorcida manera de dejarlo por debajo de Belmonte.

A Uno al sesgo estas elucubraciones de Don Quijote sobre escuelas le movían a risa y se refería, con retranca y lucidez, al «Cristo desenterrado de la escuela rondeña» en su biografía de Joselito de 1920: 

«Los toros son una fiesta cuyo único fin es divertir a la concurrencia dándole la sensación de tragedia, inminente y siempre alejada, y cuando con más guapeza, con más gallardía y más gracia y arte esa sensación se dé, tanto mayor es el mérito del diestro. Después de esa sensación no queda nada. Es decir, sí queda: quedan las tabarras técnico–insidiosas, de las que Dios nos libre».

Y bajo estos parámetros discutir que Joselito era el mejor era vano ejercicio, pensaba Orts, y de esta opinión era también Juan del Vial, que por eso no estimó necesario detenerse en fútiles discusiones y simplemente partió de lo evidente, apenas se refirió a Belmonte y lo hizo siempre con elegancia, considerando su estatus como el de la gran figura que era, pero cuyos méritos no podían entrar en competencia real con los de Joselito, al que llamó de forma llamativa el «torero helénico», pues en él veía reunido el antiguo clasicismo taurómaco y culminado y evolucionado el arte todo de la tauromaquia. Hoy parece más claro que Joselito, sin competencia real visible, decidió proteger a Belmonte, por tres razones. Primero porque siempre le resultó simpático, ya desde aquella vez en que se cruzaron de chavales en la marisma, camino de una tienta en la finca de Carlos Vázquez, y Juan iba a pie con su hatillo y Joselito lo subió a su caballo, llegando los dos juntos a la finca. También por despierto, pues ya consciente de su inferioridad eludió enfrentarse a Joselito en un primer momento cuando este, en su impulso inicial, había pedido las ganaderías más complicadas para matarlas con Belmonte y barrerlo como había hecho con Bombita. Sabía que no tenía posibilidades y así lo reconoció ante los Gallo, pero también sabía que traía mucho ruido tras de sí debido a sus continuas cogidas y eso lo podían aprovechar los dos juntos. En segundo lugar, porque al principio con Belmonte no temía una verdadera competencia (como sí la temió con Gaona, con quien no se anduvo con esos miramientos), con su deficiente técnica, su plaza fija en la enfermería y su probada irregularidad, pues pocos toros le valían a Juan para hacer faena, pero al mismo tiempo percibía que la conjunción de los terrenos que pisaba junto a su falta de facultades confería a Belmonte algo diferente y genuino. Y, por último, y no menos importante, vislumbró que, si acababa con Belmonte y quedaba sólo en la cima, le aguardaría un destino no muy diferente al de Guerrita, al que el público, aburrido de su dominio, terminó arrinconado, hasta acabar este declarando para la posteridad su célebre «no me voy, me echan».

Gallito, despejado de mente como fue siempre, debió de tener muy presente desde el principio que a Guerrita lo echaron siendo indiscutiblemente el mejor, cosa que comprobaría en sus carnes la temporada de 1918, en la que Belmonte descansó para casarse y de paso evitarse líos en el conflicto entre La Maestranza y La Monumental, quitándose de en medio. Clarito, que trataba a menudo a Joselito pese a su belmontismo declarado, cosa que no le importaba a Gallito, ya que no le gustaba rodearse de aduladores, escribió en sus memorias que el propio Joselito acabaría refiriendo en una tertulia el final de Guerrita, comparándolo con lo que a él le había pasado en la temporada de 1918 en la que faltó Belmonte. Comprendió en seguida que ser el mejor no iba a resultar suficiente y hacía falta más, y eso lo podía aportar Belmonte por medio de una competencia que, aúnque fuese un tanto inflada al comienzo, y sostenida a menudo en esa división de pareceres tan española, que tanto vemos en el fútbol cuando hay un partido importante entre un equipo grande y otro pequeño y todos los que no son aficionados al primero se alinean con el segundo; de modo que al final las mesnadas siempre andan parejas, porque el débil siempre mueve a simpatía, y el débil siempre fue Juan; y por eso el público era indulgente con él y exigente con Joselito, como ya en su vejez hemos visto que terminó por reconocer Corrochano, que los vio torear más que nadie.

La hemeroteca deja pocas dudas acerca de que Belmonte empezó siendo algo parecido a lo que fue El Espartero (ya se dijo entonces, no es una comparación revisionista), que destacaba mayormente porque lo cogían los toros continuamente, con un valor sólo superado por su falta de recursos, pero que poco a poco fue aprendiendo los rudimentos básicos de la técnica, en buena parte debido a sus continuas cogidas, que la letra con sangre entra, pero también gracias a ver cada tarde desenvolverse a Joselito, que no dudó en ofrecerle consejo desde el principio para que no lo cogieran tanto los toros, que con su famoso «lo que diga José», Juan se dejó siempre llevar y aconsejar por él, consciente de que Gallito sabía más y nunca lo engañaba.

Esta precoz biografía de Juan del Vial sobre Joselito tiene el raro valor de lo inmediato y fresco, no hay perspectiva ni puede haberla el mismo año que Gallito ha muerto, tiempo habrá, y tampoco cabe ningún revisionismo porque cuando todos son coetáneos se dice lo que está a pie de calle y todo el mundo conoce en mayor o menor medida. Y el retrato se corta frecuentemente con conversaciones de primera o segunda mano, y se enriquece con anécdotas y algún que otro chisme del gusto popular de la época, sin profundizarse en el detalle biográfico ni elaborar sesudas teorías sobre él, pues el objetivo no es ser minucioso ni forzadamente original, eso ya lo traerá el paso del tiempo con biografías de mayor calado.

No deja tener su gracia escuchar hoy día a esos amigos belmontistas, que para mayor diversión de los gallistas conservamos con aprecio, quejarse de una corriente revisionista en favor de Joselito entre parte de la crítica y un sector de la afición en estos últimos años, con un gran número de libros publicados, antes y sobre todo durante y después del centenario de su muerte, cuando el revisionismo original nace con Joselito muerto ya catorce años, con la publicación por entregas en la revista Estampa de la Vida y hazañas de Juan Belmonte, esa espléndida y exitosa hagiografía en la que Chaves Nogales, sin haber pisado una plaza de toros en su vida ni saber gran cosa de tauromaquia, terminaría de aupar con su talento al trianero a lo más alto del Olimpo de los Toreros (Belmonte acabaría confesando a Narbona que en la obra de Chaves Nogales aparecen cosas completamente inventadas por el autor), recogiendo el viento a favor de otros intelectuales como Valle–Inclán, que tampoco es que fuera demasiado a los toros, ni falta que le hacía para soltar de vez en cuando alguna boutade sobre ellos sentando cátedra, como aquella de «Belmonte se transfigura de lo vulgar a lo sublime» (se decía que narraba mejor en el café las faenas de Belmonte que no había presenciado, que eran la mayoría), con Juan bien arrimado a él y a Pérez de Ayala desde que llegó a Madrid y se dejó oportunamente caer por la tertulia del Café de Fornos, dedicándose allí a escuchar mucho, hablar poco y dejarse querer. Y una vez se levanta una leyenda, como tan bello nos dejó explicado John Ford en El hombre que mató a Liberty Balance, se imprime la leyenda ya para siempre, y ante eso poco puede hacerse, por más que se revisen fuentes y se rastree y trace que el hilo del toreo antiguo viene de Lagartijo, pasa a Guerrita y queda coronado en Joselito. A la vez, el hilo del toreo moderno llega hasta hoy, y que como supo ver Alameda comienza en los primeros esbozos de toreo ligado de Joselito para seguir por Chicuelo, que liga los naturales a Corchaíto ya sin enmendarse (y que como sus descendientes han venido diciendo era gallista y buscaba evolucionar lo que había visto hacer a José), para asentarse definitivamente en Manolete, sobre el que descansan los cimientos de la tauromaquia actual.

A rebufo de los intelectuales y convertido en un héroe popular por Chaves Nogales, terminó Belmonte de aposentar su mito incluso entre las posteriores generaciones de los más abnegados aficionados y frecuentadores de la piedra, gracias también a Luis Bollaín, que ya desde que se lo presentaron siendo un niño tenía a Belmonte por un héroe y una leyenda, y dedicó buena parte de sus escritos a consagrar a su ídolo como el más grande, haciendo hincapié en los terrenos que pisaba y los cites al pitón contrario, que tan bien han envejecido en las fotografías, donde el toreo nunca es ligado ni falta que hace. Nadie puede discutir que las aportaciones de Belmonte fueron decisivas, aúnque esos terrenos se iban a pisar más pronto que tarde porque el toro estaba cambiando, y tampoco nadie puede poner en duda que Juan se metió en la boca del lobo el primero, porque sus condiciones físicas no le permitían torear sobre las piernas o por lo que fuese, eso al final, da igual. Y sin embargo, su influencia en el toreo moderno, basado en la ligazón, que nunca fue el palo de Juan, ni cuando estaba Joselito vivo ni después, es menor, y la mayor viene por el lado de Joselito, que absorbió lo que de nuevo traía Juan, como absorbía todo, y lo llevó más lejos de forma genuinamente original. Pero los hechos poco importan cuando hace un siglo que se viene imprimiendo la leyenda. Sin embargo, nadie da su brazo a torcer y las facciones se perpetúan, y algunos trasnochados todavía seguimos discutiendo en bares y redes, espadas en alto, y los nombres de Joselito y Belmonte parecen condenados a quedar indisolublemente tan unidos como enfrentados, tal es así que Joselito, el torero máximo es reeditado más de un siglo después por el Instituto Juan Belmonte, en irresoluble y feliz paradoja, que, aunque generalmente se imprima y reimprima la leyenda, no esta vez.

Ángel Antonio Sánchez–Carrillejo Cruz

Aficionado taurino

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