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martes, junio 2, 2026

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Sobre mi afición

El origen de mi afición a los toros está muy claro. Mi abuelo paterno era veterinario en Alicante; entre otras cosas, ejercía su profesión en esa Plaza de Toros, la consideraba su casa. Llevó a ella a mi padre, cuando él era un niño. Del mismo modo, mi padre nos llevó a los toros a mi hermano y a mí, cuando éramos chicos. A mi hermano, la afición le duró unos años; luego, se cansó. Yo no me cansé: me hice aficionado y así sigo. No lo lamento, estoy orgulloso de ello. Siempre he pensado que, sin esa circunstancia familiar, también me hubiera aficionado a los toros, pero hubiera llegado a esa afición (como a tantas cosas) más tarde, con retraso.

Fuera de la notaría, su profesión, a mi padre le apasionaban los toros, hasta su muerte. A él le debo el haber podido tratar, desde chico, a personajes de la categoría de Marcial Lalanda, Domingo Ortega, Miguel Dominguín… Una suerte inestimable. 

También le debo a mi padre el haberme transmitido unos criterios básicos de lo que es el toreo clásico; de haberme enseñado a fijarme en el toro. No es mérito mío, él me lo enseñó. En mi etapa juvenil, más o menos rebelde, cuando chocaba con mi padre en alguna opinión, siempre nos quedaban los toros como terreno común. Podíamos variar algo en ciertos matices de gusto personal, pero, en lo básico, siempre coincidíamos en la manera de ver los toros. Ahora mismo, cuando veo algunas modas que se han impuesto en el toreo, pienso en lo que dirían, si las hubieran visto, mi padre y algunos amigos suyos… 

En mi caso, la afición a los toros no es algo aislado ni sorprendente. Me apasionan los toros igual que me apasionan la literatura (por eso la elegí como profesión), la música, el teatro, el cine… el arte, en general. Porque, quieran o no los antitaurinos, la tauromaquia es un arte. Se ajusta a la definición del arte que da Santo Tomás: «Lo que, visto, agrada». Los aficionados no somos sádicos, no acudimos a las plazas para ver sangre, sino esperando que surja la belleza, como un regalo único. Además, la tauromaquia es un arte singular, dificilísimo, porque nos ofrece belleza pero también emoción. Nace ante nosotros, igual que el teatro y la música en vivo. Nunca se repite, siempre nos sorprende. 

Y lo decisivo: el material que utiliza el torero para crear belleza no es mármol o lienzo, sino un toro de lidia: un animal bellísimo pero peligrosísimo. El diestro necesita, ante todo, imponer su dominio, para desplegar luego su estética; con su inteligente maestría, vence a la fuerza bruta de un feroz animal.

 Dicho con toda sencillez, sin hacer literatura: el torero pone en juego su vida para crear belleza. Por eso, una corrida de toros no es un deporte ni un espectáculo: conserva elementos sagrados, de ritual, de sacrificio. 

Para disfrutar de cualquier arte, hacen falta cierta sensibilidad y cierto conocimiento. Lo mismo sucede con los toros. En una sociedad como la actual, cada vez más urbana, más alejada de la realidad del campo y del toro de lidia, algunos no son capaces de sentir la belleza de la Fiesta. Los respeto, pero lamento que ellos se lo pierdan. También hay gente que se aburre con una sinfonía de Beethoven o de Mahler, con un poema de San Juan de la Cruz o de García Lorca, con una pintura de Velázquez o de Goya… 

El arte es el reino de la libertad, no se puede imponer a nadie. Pero también tenemos todo el derecho de exigir respeto, como apasionados por el arte de los toros. 

Por mi parte, lo digo con toda sencillez: algunas de las experiencias estéticas más hermosas y más emocionantes que he vivido han tenido lugar en los toros. Y recuerdo que mi amigo Mario Vargas Llosa proclamaba exactamente lo mismo.

 Cuando uno mira hacia atrás, en su vida, para recordar momentos mágicos, uno recuerda algunos paisajes, algunas músicas, algunos cuadros, algunas lecturas… También, algunas faenas. Ese recuerdo nos consuela de tantas miserias y nos va a acompañar hasta la muerte. 

Una cosa más. Si uno es español, debe conocer la cultura de su país y sentir orgullo por ella. Ignorarla o no valorarla supone una gravísima equivocación. Y los toros forman parte indisoluble de esa cultura: son símbolo de España. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Andrés Amorós 

Andrés Amorós (Valencia, 1941) es un destacado catedrático, ensayista y periodista español, reconocido por su labor en el ámbito de la literatura, el teatro y la tauromaquia. Licenciado en Filología Románica y doctor en la misma disciplina, ha sido catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid. Su carrera académica se ha complementado con una intensa actividad en el mundo del teatro, siendo director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música. Además, ha sido director cultural de la Fundación Juan March, donde creó la Biblioteca de Teatro Español del siglo XX. Actualmente es crítico taurino de El Debate y acaba de recibir el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid en la seccion de Tauromaquia. Amorós ha publicado más de 150 libros, abarcando géneros como el ensayo, la crítica literaria y la narrativa. Su obra ha sido reconocida con prestigiosos galardones, incluyendo el Premio Nacional de Ensayo y el Premio Fastenrath de la Real Academia Española. Como periodista, ha sido crítico taurino en el diario ABC y dirige el programa Música y Letra en esRadio. Su labor ha sido destacada por su capacidad para vincular la cultura y la reflexión crítica en diversos campos del saber.

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