Dicen que los que nos dedicamos a esto le escribimos una y otra vez a la memoria. Así que aquí la expongo yo ahora, en este tren que cruza cualquier lugar entre Despeñaperros y el Tajo, alimentándose de imágenes a las que me agarro ahora y probablemente me siga agarrando cuando no queden demasiadas certezas. Entre esas imágenes veo banderines de fiesta flotando en el aire, con distintos colores: el rojo y el blanco de Castilla y León, añadido el amarillo de España, y otros tonos que se difuminan. De fondo, un cielo se aclara. El sol avanza como cada amanecer. Se cierran las puertas carreteras, y una mano rugosa se acerca hasta que puedo cogerla. Y la cojo, claro. Mi abuelo sonríe: venga, que llegamos tarde.
Cogemos la calle principal. En Castilla hay dos certezas: por un lado, las fiestas patronales están ligadas al toro; por otro, todas las calles parecen pisadas por hombres de otro tiempo. Entre esa mezcla de ideas, mi memoria también puede ver una fila de talanqueras que se pierden a lo lejos. A ellas trepa la chavalería, esperando el momento. Hay un rumor constante en el ambiente, como si la vida se abriera paso entre conversaciones, nervios, risas y ajetreo.
La misma mano anciana que me había guiado saluda ahora a vecinos recién llegados. El niño que fui mira con admiración a su abuelo. A medida que van transcurriendo los minutos, la claridad marca los rostros de aquellos hombres, y el rumor de vida crece. Pasamos por la puerta principal de la plaza. Una maraña de hierros bajo las tablas da paso al callejón, antes de enfilar la escalera. Todavía puedo ver cómo, con cada pequeño escalón, con cada pequeño paso hacia arriba, una pequeña masa se va descubriendo: una fila tras otras, decenas de vecinos iban aumentando el rumor en aquellos oídos todavía rapaces.
Él se abre paso, busca el mejor hueco para su nieto, y encuentra una tabla más o menos tranquila desde la que entender el mundo. La charanga ha llegado ya a la plaza: trompetas y tambores amenizan los nervios con canciones que todo el mundo conoce sin haberse detenido jamás a escucharlas. Jóvenes bailan en el ruedo con el vaso de plástico entre los dientes. Se agarran por la cintura al son de un pasodoble: no te vayas de Navarra, dice la copla alargando la vocal.
Castilla la Vieja es tierra de ascetas porque su sentido trágico de la vida, que diría Unamuno, le permite entender la angustia como una carta más de la baraja. Se observa esa especie de Gólgota vital en las pupilas de los muchachos, que ahora enfilan los toriles con esa mezcla de miedo y existencia que convierte a los encierros taurinos en una experiencia única. La orquesta ha decidido dejar de tocar con el gesto del alcalde, y el silencio ahora, de pronto, es espeso.
Ha llegado la hora. Un hombre de mediana edad saca una tabla, y alargando el brazo ve salir el cohete, que explota en lo alto. Se abre la puerta de los toriles, y de pronto aparecen varias bestias, bien guiadas por los cabestros. Se oyen gritos ante la agresividad de los toros, y los primeros segundos son de desconcierto. Desde la plaza puede verse la salida, aunque se pierde el trayecto de los toros en ciertos puntos del camino. El corazón se acelera, y el niño que fui no puede evitar agarrarse ahora al brazo de su abuelo, que le refugia todavía más que la mano.
El embrollo de callejas hace que el encierro sea lento. Los jóvenes corren conscientes de que el riesgo y la vida son dos elementos compatibles. Decía Faulkner que para alcanzar nuevos horizontes hace falta perder de vista la costa. Ese niño, que desde lo más alto del pueblo veía correr a las generaciones que le precedían delante de la muerte y la verdad, sentía que poco a poco perdía de vista el puerto de la niñez, con su seguridad, sus certezas y su mano rugosa.
En esa carrera loca y temeraria hacia talanqueras y remolques, el niño entiende que hay un mundo al otro lado del temor, y que afrontarlo es siempre la mejor de las soluciones. Cuando los toros entran en la plaza, el ambiente se ha relajado. Vuelve a tocar la orquesta, los heridos que han caído en el trayecto son debidamente tratados, y ahora se suceden los cortes y recortes, los quiebros, las caídas, los sustos y las risas. Escribo esto mientras viajo en tren, y la razón me dice que de algún modo ahí estaba la vida. No puedo decir que no sea cierto.
Años más tarde, mi abuelo murió en accidente de tráfico. Era la última vez que cogía su coche, la idea era dejarlo allí, en su Castilla, y refugiarse en su pueblo para siempre. No llegó a cumplir ese sueño, retirarse lejos, en el lugar al que siempre debió volver. Para más desgracia, se dirigía a la primera fiesta de verano, donde por supuesto habría de acompañar a cualquier otro de sus nietos a otro encierro, en inevitable e irrompible —pese a todo— cadena.
No puedo evitar recordar esa mano rugosa cada vez que veo un encierro, cada vez que por la televisión pasan una corrida, cada vez que leo una crónica taurina hermosa en el periódico, cada vez que escucho siquiera hablar de toros. Como la recuerdo ahora aquí, en este tren perdido en cualquier parte. Dicen algunos que los toros son tradición. No les falta razón. En el caso de mi apellido, una larga tradición que se engarza entre abuelos y nietos, más allá de lo taurinos que sean, unidos todos ellos por infinitas manos rugosas que nos enseñaron, maravillosamente, a vivir.
Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025
Carlos Mayoral
Carlos Mayoral (Villaviciosa de Odón, 1986) es un periodista y escritor español, reconocido por su labor en el ámbito cultural y literario. Licenciado en Filología Hispánica, ha colaborado en medios como El Español, Zenda, The Objective, Jot Down y Archiletras, especializándose en literatura decimonónica española. En 2019, publicó su primera novela, Un episodio nacional, que explora la relación entre Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán en el contexto de la España decimonónica. En 2022, presentó Yo no maté a Federico, una obra que aborda la figura de Federico García Lorca y su contexto histórico. En 2023, publicó Lorca: Entre la luna y el deseo, una biografía novelada del poeta granadino. En 2018, fue finalista del Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, destacando su labor en el periodismo cultural.




