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viernes, abril 12, 2024

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Un día de la vida de: Rafael González Amigo

El banderillero cuenta cómo es su profesión

Me llamo Rafael González Amigo, y soy banderillero. Vivo en torero 2 horas en la plaza y 22 horas en la calle.

Aunque nací en Madrid hace 50 años, me considero de Pelahustán (Toledo), porque allí me crié y allí conservo mis raíces.  No tengo ningún antecedente familiar taurino, en ese aspecto soy pionero en la familia. Mi interés por el toro lo despertó la visita de unos alumnos de la escuela de tauromaquia de Talavera a la finca de bravo que había en Pelahustán (Santiago Ludeña). Quise probar sensaciones, y la mezcla de miedo y pasión me enganchó.

Fui alumno de la Escuela Taurina de Madrid. Mis «padres taurinos” fueron Gregorio Sánchez y Joaquín Bernadó. Guardo un gran recuerdo de aquellos momentos, estuve dos años (1990, 1991) como el primer alumno de mi promoción.  Toreé más de 100 novilladas sin picadores en esos años, y en mi bautismo de sangre un novillo me partió el fémur en Arauzo de Miel. Hice el primer intercambio con la Escuela de Cali, toreando en su feria. Fue una época inolvidable.

Mi etapa como novillero con caballos fue también muy bonita de inicio, con un debut en Miraflores de la Sierra, luego en Madrid, donde corté una oreja. Pero en los años siguientes, y estuve cuatro como novillero, se fue endureciendo. Participé en muchas novilladas por el Valle del Tiétar y alguna en Francia que me curtieron mucho y me marcaron la carrera.

Mi alternativa en Ceret, con una corrida muy difícil de Fernando Palha, marcó también mi compromiso con la dureza en los ocho años que estuve de matador. Varias actuaciones en Francia, Madrid,  Toledo, mi paso por Perú o California, y muchos otros sitios, mucha ilusión por cumplir un sueño y una vida dedicada a una pasión.

«Mis hijas siempre tendrán presentes los valores por la tauromaquia y el respeto por ella»

Sin embargo, era duro en esas temporadas el prepararme todo el año como si fuese a torear 50 corridas, y finalmente torear cuatro o cinco. Llega un momento en el que tienes que poner los pies en la tierra y evaluar tu situación real y tus posibilidades, y así, tras ocho años de torero, me convencí de que el año siguiente iba a ser igual que el anterior, que no iba a mejorar, y entonces decidí pasarme a la plata. Y hasta hoy.

Si es un día que no tengo que viajar, me voy entrenar toda la mañana y las tardes se las dedico a mi familia. Se merecen ese tiempo, por el que paso fuera cuando salgo a torear.  El entrenamiento es diario. Se combina el físico con el toreo de salón y en mi caso, entreno mucho con los toreros con los que voy, tanto de salón como en tentaderos.

Tengo dos hijas, Inés, de 13 años y Clara, de 10. Respetan, defienden y comparten mi profesión. Clara, la pequeña, es más aficionada ¡y una morantista tremenda! Por suerte, entienden y se preocupan por explicar a sus compañeros, cuando estos lo demandan, qué es y en qué consiste la profesión de su padre, y defienden el respeto que merecemos. No sé si serán más o menos taurinas, pero estoy seguro que siempre tendrán presentes los valores de la tauromaquia y el respeto por ella.

Para torear un festejo, habitualmente te llaman los mozos de espadas; ellos son los encargados de la intendencia y los preparativos de los viajes. Eso no quiere decir que sea él el que decide, lo normal es que lo haga por mandato del matador, que es quien debe decidir quién le acompaña. Casi siempre te avisan con antelación, pero a veces, por algún incidente inesperado, te llaman la noche de antes, o incluso el mismo día de la corrida, como me ocurrió en un San Isidro con Juan Mora.

Si no toreas el día anterior con otro torero y tienes que desplazarte por tu cuenta, lo normal es ir en un furgón que pone el matador, con toda la cuadrilla. El mozo de espadas  es el encargado de toda la organización, viajes, comidas, hoteles

En la mañana del festejo el desayuno es fundamental, porque la comida será escasa, por los nervios y la cercanía de la corrida o novillada.  Después de desayunar me encargo de componer los lotes, revisar que los toros no tengan defectos de visión o movilidad, y sortear esos lotes. Revisar los sobreros, dialogar con empresa y autoridades, si hay que cambiar algún toro… es un trabajo que no se ve, pero muy importante.

«He aprendido a encontrarme conmigo y a tener un diálogo interior que me prepare»

Los normal es que la comida, ya con los nervios presentes, la hagamos todos juntos, pero no siempre; hay matadores que prefieren hacerlo solos, o compañeros que no comen. Cada uno pasa el miedo como puede. A mí me gustan las comidas juntos, hablando de toros, o de banalidades, para distraer al miedo. Y después de comer, yo, ¡siesta!

El rito de vestirse de luces comienza una hora antes de la salida. Vestirse de torero es casi un sacramento. Un momento de soledad y reunión contigo mismo.  Yo tengo cinco vestidos de torear, pero los banderilleros nunca llevamos todos. Elegimos en función de las corridas que vamos a torear y la categoría de la plaza a la que vamos. Tanto los trastos como la indumentaria son de nuestra propiedad. Cuestan una fortuna y nadie tiene en cuenta la inversión que supone, ni siquiera Hacienda, que no nos deja desgravarnos estos gastos. 

Ese momento de vestirse  es realmente muy personal. Cada uno lo vive tal y como lo siente. Unos en silencio, otros con bromas y charla, pero todos con respeto absoluto al momento de cada uno. Algunos son muy supersticiosos y siempre practican el mismo ritual. Yo he visto de todo.

Los banderilleros compartimos habitación al vestirnos y es muy importante valorar y estar atento a tu compañero sea cual sea su forma de afrontar ese momento del ritual, esa parte de asunción del riesgo y de miedos contenidos.  Ni que decir tiene que nos ayudamos si se salta un botón, para ponernos la castañeta, para el nudo de la corbata, para enfundarse la chaquetilla… y para tranquilizar a los más nuevos, también. La ayuda entre nosotros siempre está presente.

Mientras te vistes con los compañeros, a veces se podría cortar la tensión con un cuchillo y en otras ocasiones se disimula el miedo entre bromas y anécdotas. Yo he aprendido a encontrarme conmigo, a tener un diálogo interior que me prepare para lo que viene después. Esto no impide que charle a la vez con los compañeros, ¡soy muy charlatán!

«Durante la corrida, hay que estar atento todo el tiempo, toro crea momentos de peligro constantes y tenemos que estar preparados»

En todo caso, como es algo íntimo, nos gusta estar solos, sin nadie presenciándolo. Si, por excepción, hay alguien, es por algún motivo muy especial. 

Al llegar a la plaza suelo pasar a la capilla, rezo y doy gracias por el privilegio de poder seguir vistiendo de torero una tarde más. Y llega el paseíllo: ese es momento de reafirmar el compromiso con tu profesión.  Das el paso adelante que te sitúa en el ruedo, al otro lado de los espectadores, como oficiante de un rito que te consagra como un hombre especial, capaz de hacer lo que muy pocos son capaces.

Durante la corrida, hay que estar atento todo el tiempo, el toro crea momentos de peligro constantes y hay que estar preparados.  El peso de la lidia de un toro siempre es una responsabilidad.  Hay que estar en constante comunicación con el matador, si es experto, para que te pida lo que quiere ver del toro, y si es más novel, para enseñarle las virtudes o defectos que el toro puede desarrollar. Hay que hablar con los compañeros para que todo sea ordenado y preciso. También, si hay que hacer algo inconveniente para el público,  pero eficaz para la lidia, tenemos que ser nosotros los que asumamos ese cometido y atraer la bronca para nosotros, evitándosela al matador. La eficacia prima sobre el lucimiento aunque pueden ser compatibles. La prioridad ha de ser el beneficio para el matador.

En banderillas hay que leer muy bien las condiciones del toro. Si el toro es muy malo, no es muy conveniente hacer un tercio muy lucido, sino eficaz. Si el toro tiene buena condición hay que arriesgar más y ponerle la gente de cara al torero. El criterio es el mismo, lo que más le convenga al matador.

Tras la corrida, por lo general cenamos todos juntos y comentamos cómo ha ido. Si no ha salido bien, procuramos distraer el ambiente. De todas maneras, el que es responsable, sabe si ha estado bien o no, y actúa en consecuencia. Las cenas pueden ser muy alegres o un auténtico funeral.

El día siguiente es un día de descanso relativo, no se entrena, pero hay que limpiar trajes, ropa, capotes. Yo soy muy pulcro y lo tengo que tener todo perfecto. Es otro trabajo que no se cuenta. Pero todo lo que hago, lo hago en torero.

Porque vivir en torero es respirar la profesión en cada momento. Que tu primer y último pensamiento de cada día sean para el toro. Que nunca creas que ya lo has entrenado todo, o aprendido todo, siempre se puede mejorar, siempre se puede aprender. Que el toro sea una obsesión constante, en las conversaciones, en los días de entrenamiento, en el campo. Que busques siempre gente a tu alrededor que te nutra y enseñe de la profesión. Mi vida ha estado siempre enfocada al toro, jamás me he planteado qué sería si no fuese torero, aunque sí me gustaría acabar una carrera universitaria, empecé Derecho y la dejé parada (nunca es tarde, aunque ahora estudiaría otra cosa).

Vivir en torero es sentirse diferente sin que se note la diferencia. Sentirte privilegiado por hacer cada día lo que te apasiona.  Ser torero es la sensación que más grande que he tenido y que tendré en mi vida.

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