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martes, junio 25, 2024

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Entre órbita y órbita

La obra de Lorca y la tauromaquia se han enriquecido mutuamente. Ambos mundos se han unido para conseguir mayor expresividad artística

Federico García Lorca encontraba en la figura del toro una fuente de inspiración y símbolo de la España más tradicional. Los toros eran un espejo de su propia alma. En sus poemas y obras de teatro, frecuentemente hacía referencia a la tauromaquia, y utilizaba metáforas taurinas para expresar ideas y emociones: «El día se va despacio, / la tarde colgada a un hombro, / dando una larga torera / sobre el mar y los arroyos». (Romancero gitano). Para él, el toro representaba la pasión, la fuerza y la tragedia.

El poeta granadino asistía a corridas de toros desde niño y estaba muy relacionado con los principales diestros de la época. En sus textos, describe con precisión la atmósfera del coso: «La plaza, con el gentío / (calañés y altas peinetas)» (Mariana Pineda, 1927). La actitud de los toreros: «Soy más valiente que tú, / más torero y más gitano» (En el café de Chinitas, 1931). Y la fuerza de la lucha entre el hombre y el toro: «El toro tiene su órbita; el torero, la suya, y entre órbita y órbita un punto de peligro donde está el vértice del terrible juego». (Conferencia, Teoría y juego del duende, 1933). Qué decir de su gran poema Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, una de las mejores elegías escritas en castellano, repleta, como se sabe, de simbolismos y cargada de emoción en cada una de sus partes.

Pero la influencia de la tauromaquia en la obra de García Lorca va más allá de la poesía. En su famosa obra teatral Bodas de sangre, el toro es una alegoría de la tragedia y de la fatalidad del hombre. «¿Y es justo y puede ser que una cosa pequeña como una pistola o una navaja pueda acabar con un hombre, que es un toro?».

Pero Federico, en la tauromaquia se daban cita la vida y la muerte. Al contrario de lo que sucede en otro tipo de espectáculos, en ese ritual, plagado de color, luz y misterio, nunca se sabe cómo se desarrollará la corrida. Se trata de la incertidumbre ante la soñada aparición del Duende, o la sombra de la tragedia, aunque en muchas ocasiones como todos sabemos, las tardes de toros acaban en desilusión. Todo ello hace que García Lorca se vea cautivado por la estética y la pasión de la tauromaquia.

A través de la poesía y su teatro, Lorca dejó un legado imprescindible para la tauromaquia actual. Debemos darlo a conocer y defenderlo sin ningún tipo de complejo, en estos tiempos en los que la libertad para celebrar espectáculos taurinos se está viendo sesgada en tantos lugares. Es el momento de hacer que se escuche al Lorca más taurino; de hacer hincapié en este aspecto tan marcado de su obra, como lo son la defensa y la exaltación de nuestra fiesta.


Encarna Vargas García es periodista y directora de escena.

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