Vestirse de luces es, sin duda, una de las pocas cosas que nunca podrá hacer la Inteligencia Artificial, por mucho que esté construida a imagen y semejanza de su creador, el homo pre-digitalis. Ni podrá jamás una IA, por más entrenada que esté, parar, templar, mandar frente a la embestida de un toro bravo. Ni va a cruzar a nado un río en la madrugada, como cuenta Chaves Nogales que hacía el Belmonte adolescente, para encontrarse con la sombra que acechaba su destino.
A medida que las sociedades contemporáneas van cayendo en todas las trampas virtuales del mundo, y los sectores económicos se van rindiendo al poder de los titanes digitales, vivimos con la creciente, y falsa, impresión de que ya hemos vencido en el laberinto de la historia. Y mientras tanto, distraídos dentro y fuera de las redes sociales, uno tras otro hemos llegado a creer que lo real es lo que tenemos delante de los ojos. ¡Qué gran equivocación! Estamos en el último rincón de nuestro laberinto, somos la soledad del minotauro, sin saberlo.
Quedan muy pocas verdades en este mundo tan espectacular, tan apabullante y tan ruidoso. El redondel es una. Lo que sucede en la plaza, con toda su profundidad y con toda su crudeza. La sumaria ley del círculo, que decía un poeta. Y cuanto más se perfeccionan los discursos que tratan de derogar la verdad del toreo más cosida al arte reaparece, y late. Lo sucedido en los ruedos, por ejemplo, con Morante, durante el último año, es elocuente. Y lo sucedido en los cines, por ejemplo, con Albert Serra, es deslumbrante. Vemos en plazas importantes un relevo generacional que hace caso omiso de lo que auguran los militantes de la tristeza, aquellos inquisidores vocacionales que solo se sienten importantes cuando pueden dictarnos y prohibirnos, señalarnos o despreciarnos por, sencillamente, vivir nuestra vida, cuando descubrimos un fulgor antiguo o seguimos una tradición. Y lo peor es comprobar que sus santísimas causas replican los mensajes y los ecos y las formas del poder, muy biempensantes, porque no se pueden debatir. Forman un griterío poético, el paisaje de la multitud lorquiana, la que puede «orinar alrededor de un gemido». Sin el debido respeto por la desgracia o la gloria de un torero.
Los medios de comunicación asistimos a este momento con avidez perpleja. De tanto escuchar sus ecos, podemos desorientarnos. Pero no cedamos ante el trampantojo. Sabemos que se ha desterrado por imposición la fiesta nacional de casi todos los canales públicos, y aun así, iniciativas como la ILP han fracasado. Pero lo cierto es que la lidia ha desaparecido de casi todos los mapas políticos, demoscópicos, y de los espacios de contacto de muchas empresas con la sociedad, compañías que sienten pavor ante las críticas en las redes, las de la lorquiana multitud que vomita, que son el eco de la nada. Creemos, una vez más, que lo real es lo que ponen delante de nuestros ojos —en este caso lo que ya no nos ponen, porque ya no emiten ferias, salvo honrosas excepciones—. Pero no es cierto. El número de personas que ejercen su libertad de ir a los toros es muy relevante, según las últimas cifras disponibles en el Ministerio de Cultura, ese ministerio militante antitaurino que por ese motivo ha devenido en una anomalía inculta, más de un ocho por ciento de la población de manera constante. Demasiados para ser proscritos.
Y cuando cruzamos los datos con otros contextos, veremos que son mayoría quienes, además de acudir a las plazas de toros, consumen cultura, leen, van al teatro, a los museos. Es decir, que los templos de la tauromaquia no pueden convertirse en espacios malditos, lazaretos en los que quienes miran desde ese soberbio «lado correcto de la historia» querrían encerrar a ese ocho por ciento de la población de ciudadanos libres, solo por su resistencia al imperio de unos gustos bendecidos por ellos mismos como dogmas, unas creencias sublimadas a verdades incontestables.
Los que rechazamos ese prejuicio que se dicta y se impone desde el poder (porque es desde el poder desde donde vienen los ataques a los toros, que nadie se engañe) debemos ser consecuentes con lo que sabemos. Que los toros han sido siempre una fiesta, y durante siglos un espacio de libertad y de cultura del pueblo, en su sentido más ancho. Porque en la grada las opiniones siempre han sido libres y punto. Que son rito sangriento, y atávico, por supuesto, porque lo que ocurre en la plaza es inasible e inefable, y que la lidia se expresa en los parámetros de la razón como una metáfora de la porfía de nuestra especie. De nuestro lugar en el mundo.
Hay otro motivo por el que resulta formidable observar cómo en los últimos años la juventud se acerca a la lidia con tanto respeto, tanta curiosidad y tan insobornable afán de diversión. Vuelven a las plazas importantes y en el caso de Las Ventas, por ejemplo, han convertido las corridas de toros en el centro de gravedad de una celebración mayor, porque la fiesta continúa cuando la lidia concluye. Y no hay mejor augurio para la continuidad de la tauromaquia que ese ambiente festivo. No en vano se llama la Fiesta Nacional al universo de los toros, puesto que las ferias siempre se asociaron con las fiestas en las ciudades y pueblos de España. Esta realidad compartida y común, más presente en sociedades rurales, era ya algo menos común en las grandes ciudades. Si en ellas los toros vuelven a traducirse en fiesta en una mayor medida, es porque quienes la cuidan y participan de ella permanecen fieles a su origen popular.
Lo cierto es que hay muy pocos lugares donde la verdad se cultiva y se cultiva tan profundamente. Tal vez por esto ha habido una gran batalla sobre la tauromaquia en las últimas décadas. Porque la libertad del otro se está volviendo difícilmente tolerable para algunos. Y eso convierte a los toros también en un aviso, en un termómetro de la fortaleza de los vínculos sociales que presiden nuestra convivencia. Del respeto cabal.
El toreo no es algo que se pueda falsificar, ni siquiera trucar, y marca una diferencia clara, que todo el mundo puede entender, entre la liturgia y el guion. El debate legítimo sobre el sufrimiento que puede contemplarse en los ruedos no debe resolverse sin el convencimiento de que hay un reflejo humano, cultural, insondable, conectado con la realidad más sutil y abismal de lo que somos.
En los periódicos que siguen ofreciendo su espacio a los toros, todo esto se siente con mucha seriedad. ABC es un periódico culto, liberal e ilustrado, que cumple ciento veintitrés años de historia. En sus más brillantes páginas han convivido la pasión y el arte que son nuestros y que los toros representan. Los grandes poetas, novelistas y filósofos españoles; los grandes nombres del periodismo; los pintores y escultores de la mayor valía son quienes hallaron en las páginas de ABC un lugar para expresar el entusiasmo por la fuerza cultural poderosa que emerge de la imagen de un hombre, o una mujer, que porfía frente al mundo con la noble bestia. Una imagen viva, no arqueológica, que aún desgrana cada tarde lo mejor de un género tan importante para nuestro periodismo y nuestra lengua como es la crítica taurina.
En ABC tenemos una convicción muy firme, comprobada por varias generaciones, de que los toros son cultura, tal vez la cultura más genuina, de nuestra piel de toro. Sabemos con igual firmeza que las personas que contemplan las corridas de toros y disfrutan con su belleza son personas cultas y sensibles, a menudo algunos miembros muy destacables de nuestra sociedad y de nuestra historia.
Reconocemos, cómo no subrayarlo, la bonhomía y el valor, la profundidad y el respeto que merecen los sentimientos que un torero dibuja sobre el albero de la plaza. A veces pueden emocionarnos hasta las lágrimas. A veces nos levantan de nuestro asiento. O nos llevan en ocasiones a la protesta. Tal es el poder del arte. Arte que paga la gloria con su sangre. En la plaza todo es de verdad. La vida y la muerte se pasean como el sol y la sombra y su presencia lo cambia todo, hace único este espectáculo, que compartimos con idéntico entusiasmo con la afición de Francia, y con otra epidemia de persecuciones en Hispanoamérica.
Pero también los medios de comunicación estamos para contarlo. Para conectar esta realidad compleja con quienes siguen atentamente el desarrollo de la actualidad taurina. La crónica taurina en ABC es la cumbre de un idioma riquísimo, desde Cañabate, Corrochano, Zabala, Amorós y ahora con las piezas de Rosario Pérez, y forma una tradición paralela de la que son afluentes columnas y reportajes de tema taurino que figuran entre los más leído del periódico siempre, donde se han lucido y se lucen las grandes firmas del periódico, de José F. Peláez a Chapu Apaolaza. Porque las historias de héroes siempre interesan y los toreros lo son de verdad.
El lenguaje taurino empapa nuestro idioma desde la médula hasta el habla más cotidiana. Y ese repositorio de expresiones, que bien puede memorizar la IA, también significa algo. Es el producto de una convivencia, codo con codo, de los súbditos de los reyes antiguos y de los ciudadanos de nuestra democracia, nuestra monarquía parlamentaria. Las formas, que lo son todo en la lidia, son importantes. Y las formas verbales de la crónica taurina, las que describen los lances y traen viejos relumbres y nuevos sabores, son también un patrimonio de todos. Debemos defenderlo con la práctica, no con la teoría. Debemos responder a ese asombro continuo de construir el arte con el azar, aplicando el conocimiento secular de la tauromaquia sobre el lienzo indomable del toro bravo. Lo que se dibuja en la plaza, el arte de torear, nos acompaña a todos y se recuerda en las crónicas porque ha sido y es memorable.
Sumamos todos, desde el albero, desde la grada, de sol y sombra, desde la página del periódico y desde la barra del bar taurino; sumamos nuevos capítulos a la historia de la tauromaquia, a la conversación casi infinita sobre la lentitud, sobre la suerte, sobre las pasiones desatadas, sobre el peligro, sobre el amor y sobre el miedo, y también sobre la muerte. Sobre el triunfo, a veces tan improbable, sobre un toro difícil. En «tardes de soledad», como se titula el filme de Albert Serra sobre Roca Rey, en tardes de toros, los vínculos de nuestra sociedad se trenzan sobre realidades más grandes y profundas que cualquiera de sus partes. La complejidad, que espanta a los idiotas que se conforman con una explicación vaga del mundo y de las cosas, ese análisis meticuloso y desprejuiciado de todo lo que supone la afición, los profesionales, la ecología y la economía del toro, nos explica mejor la historia y el presente de lo que somos como sociedad y como individuos que tantas y tantas pancartas que no dan más que su primer paso, el grito y el señalamiento, la consigna en lugar del sentimiento, y no dejan cultura, sino una comunidad ideológica que no quiere aprender ni escuchar nada, porque cree simplemente que tiene la explicación plana del mundo, que le basta, porque los sueños de su razón pueden parecer incontestables y se autoconvencen de que ya han vencido. En el laberinto, frente al minotauro, sin mirarle a los ojos.
Pero no. La realidad es otra, más difícil y cambiante. Nada es seguro. Nadie sabe todo ni posee la razón. Y aún así, la mejor historia es contar por qué vale la pena el riesgo. Curioso que la arena de la plaza de toros siga siendo, tantos siglos después, un terreno donde se puede practicar, sentir y defender la libertad, en derredor del arte. En tiempos de liderazgos autoritarios este asunto ha trascendido el ámbito taurino y ya se ha convertido en algo más importante, una de las muchas caras que adopta la defensa de las libertades en una sociedad abierta como la nuestra. La libertad. Esa fiera.
Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025
Jesús García Calero
Jesús García Calero (Segovia, 1965) es periodista y escritor. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, comenzó su carrera en ABC en 1989. Tras más de treinta años en el periódico, actualmente es director de ABC Cultural y jefe del área de Cultura del diario, ya que para ellos los toros son cultura y por tanto, incluye la información taurina. Especializado en patrimonio, historia y arqueología subacuática, ha sido un referente en la denuncia del expolio cultural, destacando su labor en la defensa del galeón San Jose. Es coautor del libro Don Juan contra Franco (2018), que aborda el espionaje franquista a la oposición monárquica en los años 40. Además, ha publicado el poemario Lecciones de tiniebla (1995) y la reciente biografía Alcalá de Henares. Historia entre ficciones (2025).




