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martes, mayo 19, 2026

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La justicia del espectador de toros

Antes de leerle a Pérez de Ayala que «el ciudadano español se conduce en la vida pública como un espectador de toros», ya me interesó mirar al espectador de los toros. Confieso que a menudo en la plaza he puesto tanta atención en lo que sucedía en los tendidos como en el ruedo. No significa que no haya disfrutado, apasionadamente, de José Tomás en La Malagueta o de Morante en Sevilla y algunas tardes memorables de Las Ventas prolongadas en el Wellington. Eso sí, vaya por delante que no se trata de esa «feria de las vanidades» que se proyecta de la barrera y la contrabarrera al papel couché, o en los puestos rifados del callejón con la exhibición de los signos del poder a menudo tan inelegante, entre altas dosis de fijador y blazers con botones dorados y señoras de peluquería escultórica y rostros de quirófano… antes bien, lo que Pérez de Ayala calificaba de «justicia impulsiva», por contraste con la «justicia reflexiva», en el artículo «El Público» recogido en Política y Toros (1918). Es una justicia que se despacha lo mismo con la autoridad que con los toreros, arriba y abajo, y que parece coincidir con quienes han apuntado tantas veces a la incapacidad del español para aceptar serenamente la acción de la justicia confiando en los veredictos con equilibrio ponderado. En definitiva es un lugar común que la plaza de toros es el espejo redondo de España, la metáfora perfecta de un país pasionalmente primario y cainita, cruel y atrabiliario, con sus dos Españas también entre Lagartijo y Frascuelo, Joselito y Belmonte, y si se quiere hasta Morante y Roca Rey para quienes necesitan la figura del «otro». 

En realidad siempre ha existido la tentación de la caricatura de los toros y de su público. También, claro, ha sido territorio del chiste facilón —como aquel de un tipo que exclama asombrado «¡vaya cuernos!» al ver salir un toro por la puerta de chiqueros, y el de delante responde «alguien se está buscando una hostia»—, pero la caricatura es otra cosa. Se ha conformado un imaginario nacional en torno a los toros. Y en el exterior no es menos intenso, puesto que simplifican más. Hace dos décadas, con motivo de los atentados en los trenes del 11M que el mundo vio como dos torres gemelas tumbadas sobre las vías, una exposición de viñetas mostraba su impacto global, con muchas viñetas en las que aparecía el Guernica o las Pinturas Negras de Goya, pero sobre todo predominaba la metáfora taurina. Beibel, en Al-Mustaqbar de Beirut, representaba al toro como una bomba corneando a la bola del mundo que era el torero con la bandera rojigualda por muleta; para Tom, en Trouw de Amsterdam, el toro es el terror e intimida al torero; para HenEspaña, schrank bao de Singapur, el toro es el terrorismo, incluso con cinturón bomba, corneando al torero que identifica expresamente como España; para Oliver, en Der Standar de Viena, el torero es El Terror, e incluso le añade el antifaz de El Zorro, y clava sus banderillas en la bola del mundo hiriéndolo en España; Schrank, en el Sunday Business Post de Dublín, representa a la democracia como el toro banderilleado por la muleta del terror… y suma y sigue. Nada nuevo. La imagen de España y del español como torero o como toro entronca con los tópicos más elementales, a los que no escapamos nosotros mismos. Max Aub, en su deliciosa novela La calle de Valverde, ya se temía que acabaríamos todos dando así la bienvenida a los turistas. 

Pero hay un error en esa tentación reduccionista de España. El espectador de toros no es ese español que retrata Cernuda tras la muerte de Lorca: «hiel sempiterna del español terrible, que acecha lo cimero con su piedra en la mano». Pueden caer almohadillas, pero hay algo que define necesariamente el mundo taurómaco: la meritocracia. Esto es esencial. El público no une su suerte a un torero; este debe ganarse su favor y además hacerlo cada tarde. No se puede vivir de las rentas. Al público no se le conquista para siempre, sino en cada instante. A lo sumo se limita a un silencio respetuoso, pero no premia lo que no se puede premiar. Se le pueden comprar punto por punto estas palabras a Paula Ciordia: «La reputación del torero se gana y se pierde de la misma manera, en el presente de las faenas. Es decir, toreando. No sirve ser el más guapo, no sirve llevar el traje más caro, no sirve viajar en Falcon, no sirve torear fascinante de salón, no sirve tener el mejor apoderado, no sirve haber sido el triunfador de la feria pasada. No sirven las apariencias, el marketing. Nada sirve sino el ahora. Se es o no se es». Es absolutamente presentista. Su rol de jurado es, por cierto, muy democrático: «un hombre, un pañuelo blanco». Y lo mismo vale el de sol y el de sombra, el de barrera y la andana, todos con el mismo poder de voto y la misma libertad para los pitos y las palmas, para la ovación y el abucheo, para el silencio y los trofeos, para sumarse o no al homenaje de la vuelta al ruedo. 

Cuestionar la justicia del espectador de toros, como síntesis nacional, solo es una proyección de prejuicios antitaurinos. Emana del empeño en usar los toros como espejo de la peor España, cuando a menudo retrata la mejor. Pocos espectáculos han fomentado tanto la meritocracia y la pasión por una perfección inmaterial. Por demás, también es falsa la hipótesis de un conflicto de izquierda y derecha, aunque en la cultura woke tan Disney quieran pensar que las almas puras de la izquierda, desde el lado correcto de la historia, no pueden estar ahí. Los toros son una pasión transversal. Sin necesidad de remontarse a Tierno o más allá, les bastaría con asomarse al libro de Eneko Andueza, actual dirigente del socialismo vasco, Los Toros, desde la izquierda. Por supuesto ha habido siempre política en los toros, y no solo desde la plaza, sino desde el poder, ya como circo sin pan, ya con prohibiciones desde Calos IV. De hecho, no existe el aficionado de izquierda y el aficionado de derecha, solo aficionados y no aficionados. Y todavía Sánchez Neira, en su Gran Diccionario Taurómaco, clasifica tres tipos de aficionados: el estúpido, el pasional y el racional. Existe el racional, sí, no solo el pasional impulsivo. Por demás, ir por ir realmente es una estupidez, como no ir sin tratar de comprender la fiesta que «ha hecho más felices a mayor número de españoles» como escribía Ortega y Gasset en un ensayo de 1966 en Revista de Occidente. Como Pérez de Ayala, los novecentistas se asomaron a la lógica del fenómeno social de los toros sin el espíritu hostil del 98 o el benevolente del 27, las dos maneras equivocadas de acercarse al ruedo ibérico. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025 

Teodoro León Gross 

Teodoro León Gross (Málaga, 1966) es un periodista, escritor y académico español. Licenciado en Filología Hispánica y doctor en Periodismo, es profesor titular de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Málaga, donde también dirigió la Cátedra Manuel Alcántara. A lo largo de su carrera, ha sido columnista en los principales diarios españoles: El País, El Mundo y ABC en la actualidad. Ha colaborado con medios regionales del Grupo Joly y Vocento. Actualmente, dirige y presenta el programa Mesa de Análisis en Canal Sur, donde ofrece análisis políticos y sociales. Como escritor, ha publicado obras como El periodismo débil o La muerte del periodismo, donde aborda la evolución y los desafíos del periodismo contemporáneo. 

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