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La estela de los 11 toreros que dejaron su granito de arena en el engranaje hacia el toreo de hoy

«Se acabaron los toros». Esta fue la sentencia que Rafael Guerra, Guerrita, escribió en el telegrama que envió a Rafael, El Gallo, para transmitirle sus condolencias por la muerte de su hermano Joselito. El toreo se quedó huérfano cuando aquel 16 de mayo de 1920 ocurrió la tragedia de Talavera. Se sucedían los agoreros pronósticos sobre el futuro de la fiesta de los toros. La prensa alimentaba esa aureola de desesperanza. Aguaíyo escribía en la edición del martes 18 de mayo del Diario de Valencia, dos días después de la desgracia: «La clave de la bóveda taurina, cuya representación era Joselito, ha sido arrancada por el hachazo de un toro de la viuda de Ortega, y el majestuoso edificio de las majezas y gallardías españolas se derrumbará en breve. Sin timonel la nave taurómaca perderá su rumbo, y acaso ahora se inicie una época de decadencia de la fiesta nacional, como las que se registraron en otros tiempos. ¿Quién ha de sostener el interés de la fiesta nacional sin Joselito? Su contrafigura, Belmonte, ya en el ocaso, ¿podrá sostener la pelea con los astados… y con los públicos? ¿Se atreverá Rafael, el Gallo, a seguir arrastrando por los circos taurinos su decadencia? ¿Resucitará el ya casi ido Gaona? ¿Quién va a sostener la fiesta de toros? ¿Bastarán para sostenerla las estocadas de Varelito y los lances de capa de Chicuelo? Mucho lo dudo; luego hay que creer que la desgraciada muerte de Joselito inicia una era de decadencia del toreo, que acaso termine con la que fue nuestra fiesta más varonil». No se cumplieron las profecías. Con la muerte de José se pone fin a la Edad de Oro del toreo, pero nace la Edad de Plata, donde se construye el toreo moderno sobre los cimientos revolucionaros de Gallito y Belmonte. Eslabón entre la revolucionaria Edad de Oro y la aparición de Manolete con la Guerra Civil, es una época dura, pero de gran esplendor en la que florece una amplia baraja de toreros, entre los que se encuentran los seleccionados para la recopilación que recoge este libro, Ases del Toreo

Esta edición de la Fundación Toro de Lidia reúne once biografías de diestros de los años 20 del pasado siglo, lo que Corrochano acuñó como la Edad de Plata. Una etapa en la que la editorial catalana Lux publicó decenas de libros biográficos de aquellos toreros, que conformaron la vasta colección titulada Ases del Toreo, escritos todos ellos por Uno al Sesgo, el seudónimo del periodista, escritor y revistero de la época, Tomás Orts. 

El propio Orts no podía ni imaginarse tras la desaparición de Gallito, que surgiría una generación tan prolífica de grandes espadas, así lo predecía al describir a Joselito, un torero «de tantísimas cualidades para el oficio que emprendió, que se me hace muy difícil admitir que pueda en lo sucesivo reunirlas otro». 

Retirado Belmonte, el gran afectado por la terrible pérdida del rival y sin embargo amigo de José, el público comienza a señalar a Manuel Granero como el gran sucesor del Rey de los Toreros por todas esas cualidades gallistas que atesoraba su tauromaquia. Fino y elegante, dominador de todas las suertes, de tez aniñada y mirada melancólica, era el vivo espejo de José. Pero el toro Pocapena, también en el infausto mayo, truncó de lleno su fulgurante ascenso a ese cetro huérfano que la afición buscaba sustituir con vehemencia. «Manolo Granero pagó la impaciencia de los públicos por encontrarle sucesor al Rey Joselito I» escribe Paco Aguado en su Tomo 1 de Figuras del Siglo XX.

La afición ansiaba nuevos ídolos, pero su dureza y exigencia para con esa nueva hornada de jóvenes que intentaron coger el testigo de sus predecesores, dificultaba la floración de los mismos. La comparación siempre estaba latente y no era fácil olvidar esa gloriosa etapa del toreo henchida de competencia, con la sombra de los dos colosos muy presente. Eran además tiempos convulsos que marcaron el carácter áspero y agrio de la sociedad. Dureza en el tendido y en el ruedo, donde el cambio de rumbo hacia un toreo de mayor quietud y estilismo, tal y como lo conocemos ahora, hizo derramar mucha sangre. Los toreros pagaron cara esa búsqueda del nuevo lenguaje taurino cimentado en la revolución gallista y belmontista. Una tauromaquia de mayor expresión artística llevó a recortar terrenos, amainar velocidades, añadir quietud y abrir nuevos caminos en el toreo en redondo. En ese laboratorio donde se experimentaba con los cánones actuales, quedó mucha sangre derramada por el camino. Con un toro indómito, de bravura montaraz, en el que todavía no podía verse la mano del ganadero, que eso sí, comenzaba entonces a preocuparse por una selección que debía ir a la par de un cambio de rumbo en el toreo, y que ya Joselito atisbó años atrás con ese interés por cribar la bravura. 

A los llorados Gallito y Granero les sucedieron en la infausta lista algunos de los protagonistas de este libro. A Varelito le mató un toro en 1922 por la intransigencia del público sevillano en una Feria de Abril desapacible, que consternada por la muerte de José y la ausencia de Juan, exigía hasta la imprudencia a los toreros. Varelito cruzó la línea y acabó siendo cogido. Mientras lo llevaban a la enfermería exclamó: «¡Ya me la ha pegao, estaréis contentos…!», recriminaba al público. Una dura cornada en el ano que le causó una terrible agonía. Curiosamente, Manuel Granero, con quien tantas tardes rivalizó, fue a visitarle para darle ánimos y ante la desesperanza de Varelito, que adivinaba su trágico final, le bromeó «¡No digas esas cosas Manuel, que a lo mejor me muero yo antes». Y así fue. El 7 de mayo el valenciano encontró su final en las astas de Pocapena. Varelitó expiró una semana después. 

Siguió la lista. El 18 de febrero de 1926 moría Manuel Báez, Litri, a consecuencia de una grave cornada que sufrió una semana antes en Málaga, con los Reyes presentes, un suceso que consternó al país. Pese a la amputación de su pierna, sucumbió a la gangrena. 

Francisco Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana, torero que cierra el elenco biográfico de esta obra, fue otro de los caídos. Fiel continuador de la línea que marcó Juan Belmonte, ensalzó el toreo a la verónica, con una particularidad esencial que lo diferencia de su admirado paisano El Pasmo: mecer el capote con las manos bajas. Logró un peldaño más en esa senda que buscaba la expresión artística, inspirando a poetas como Gerardo Diego: «Lenta, olerosa, redonda / la flor de la maravilla / se abre cada vez más honda y se encierra en su semilla», escribió de su verónica. Curro Puya, como así se le conocía, falleció por la cornada sufrida el 31 de mayo de 1931 de un toro de Graciliano Pérez Tabernero. ¡Qué curioso! Ganadería ésta que, tres años antes, posibilitó que otro trianero, Manuel Jiménez, Chicuelo, pasará a la historia por realizar con el toro Corchaíto en la antigua plaza de Madrid de la carretera de Aragón, la considerada como la faena precursora del toreo moderno por la ligazón de sus naturales. Dejó testimonio de aquel suceso Federico M. Alcázar en El Imparcial, al titular su crónica: «Chicuelo realiza con el toro Corchaito la faena más grande del toreo». Comenzaba entonces a germinar todo lo sembrado durante esos duros años, Chicuelo por fin conseguía ser el eslabón que tanto costó encontrar, materializando así las profecías sobre el toreo que estaba por llegar. Una evolución artística que fue a la par con un cambio en la bravura, donde la selección del ganadero comenzaba a atisbar una manera de embestir que permitía la ligazón, el toreo en redondo, la profundidad… El propio Tomás Orts ya lo puso de manifiesto en la biografía que en estas mismas páginas recoge sobre El Algabeño: «Los tiempos han cambiado… y los toros también. Más jóvenes, más bravos, más nobles, más bien criados, más afinados, más de lidia, en una palabra, digan lo que quieran los que no se han hecho cargo todavía de que la tauromaquia ha dejado de ser el empeño del hombre con la fiera que en otra época fue, y ha evolucionado por derroteros de arte y de gracia que no habría podido seguir sin esa modificación del ganando de lidia, tan lamentada por los clásicos (¡!) y que tanta alegría ha llevado a los ruedos». 

Todo se vivió como un espejo de la sociedad, guardando cierto paralelismo con la evolución histórico cultural del momento. La época convulsa por la dictadura de Primo de Rivera en un país inmerso en la pobreza, marcó el carácter férreo de los aficionados. Pero durante aquella década de los años 20 también comenzaban a aflorar diversas manifestaciones del proceso de modernización de la sociedad española y vanguardias culturales. El toreo no quedó al margen y asentó las bases de la tauromaquia actual, con esa mentada faena de Chicuelo que marca un antes y un después, hasta que Manolete consolida esa manera de interpretar este arte y que llega hasta nuestros días. El toreo moderno. 

TOMÁS ORTS-RAMOS

La colección de biografías que Tomás Orts-Ramos (Benidorm, 1866 – Barcelona, 1939) escribió para la antología de Ases del Toreo, resulta cuanto menos copiosa. Innumerable por la cantidad de toreros, primeros espadas algunos y no tanto otros, cuyas trayectorias plasmó con valoración de fino analista, rigor de periodista y tenacidad de historiador. Una vasta lista sobre el escaparate de la mentada Edad de Plata del Toreo, que deja marcada para la historia la inmensa pléyade de toreros que se fraguaron en aquella antesala que abría sus puertas a la Edad Moderna del toreo. 

Bajo el suedónimo de Uno al Sesgo, desde 1921 hasta 1929, el escritor alicantino, afincado entonces en Barcelona, biografió a toda la tropa de coletudos en cientos de fascículos, once de los cuales recoge esta compilación que tienen en sus manos. En las contraportadas de los mismos, figura una definición de esta colección con un claro mensaje de autopromoción: «Estas biografías han sido juzgadas por la Prensa como los estudios más completos hasta el presente hechos de los toreros a que se refieren. Las múltiples ediciones publicadas proclaman el gran éxito obtenido por su autor, el renombrado escritor taurino, UNO AL SESGO». 

Las primeras ediciones nacieron de la catalana editorial, Lux, en una Barcelona que, quién lo diría, vivía un gran esplendor taurino en una etapa, los años 20, en la que llegaron a coincidir abiertas hasta tres plazas de toros: El Torín, Las Arenas y La Monumental. Allí mismo, en una Barcelona que llegó a ser puntal de la temporada taurina por cantidad y relevancia, fundó Tomás Orts hasta dos semanarios taurinos, El Saltillo -1910- con Mariano Armengol, en oposición a El Miura, de Eduardo Pagés; y Todo Leche -1913-. Estas no fueron sus únicas creaciones, mucho antes, en 1889, fundó, esta vez en Madrid, El Látigo, «semanario medio torero, medio musical, del que quedé como único propietario a contar del segundo número, y en el que la colaboración y la influencia de Carmena y Millán fueron decisivas», según describe el propio Tomás en su obra A los cuarenta y tantos años de ver toros: recuerdos, reflexiones y cosas por el estilo de un aficionado, (Barcelona, Lux, 1926). En este libro ya advierte, a pesar de la ferviente actividad taurina, una falta de afición a los toros en Cataluña que se manifiesta en las limitadas tertulias taurinas que hay en la ciudad condal, los grandes focos de discusión y auténticos viveros de aficionados. Sin embargo, he aquí donde el escritor encuentra el motivo a tanto auge editorial: «Es posible que aquí se lea más de toros que en el propio Madrid, probablemente por eso mismo, porque se habla menos, y los aficionados necesitan recurrir al libro o al periódico para satisfacer su deseo de enterarse de cosas toreras. Esto explicará, tal vez, que sea Sevilla donde menos se lea», reflexiona. Y aunque solo se publicó un número, es digno de reseñar la efímera aparición del semanario ¡A esos! en 1915, que fundó Orts junto al torero Enrique Vargas, Minuto, que por el empeño de este en que combinase la información taurina con la política, que utilizó como arma de despecho, acabó Tomás cortando la edición a las pocas horas de imprimir la primera revista.

Existe un auge de publicaciones y cronistas que emerge en Cataluña en plena ebullición editorial taurina. El primer número del suplemento Cataluña Taurina, de El Ruedo (Barcelona. 6 de diciembre de 1966), así lo rememoraba: «Recordemos, por ejemplo, al simpar don Mariano Armengol y Castañé, Verduguillo, fundador del Toreo chico. Él fue, además, un aficionado práctico y apoderó a la famosa cuadrilla de las «señoritas toreras» en 1895. Su hijo, don Mariano Armengol y Roca, fue médico y administró, en ocasiones, la plaza de toros de la Barceloneta; también firmó revistas taurinas con los seudónimos de El Barbian y El Acústico. Don Rosendo Arus y Arderius fundó la revista Pepe-Hillo, siendo revistero del periódico La Independencia. Otro gran periodista taurino barcelonés fue don José Costa Casanovas, Rigores, y fundó la revista taurina El Descabello así como otra, compaginada con la escena, titulada Tauroteatral. No nos olvidemos de don Juan Franco del Río, Franquezas, fundador de la revista taurina Barcelona Taurina. Redactaba la crítica de El Liberal siendo un acérrimo frascuelista. Tampoco nos podemos dejar en el tintero a don Enrique García Cerralbo Carrasclás, digno revistero de El Noticiero Universaly antecesor de Azares en la crítica de El Diluvio. Otra publicación taurina de renombre fue La Pica fundada por don Miguel Moliné y Roca, revistero del Diario Mercantil: escribió una «Paremiología taurina». Personalidad considerable en el mundo intelectual de los toros fue don Tomás Orts-Ramos, Uno al sesgo. Él forma, junto con Don Modesto, El Barqueron y Dulzuras la cuádriga más importante de la renovación de la crítica taurina española. Aunque nacido en la soleada Alicante, vivió siempre y murió en la Ciudad Condal… En la actualidad, no hay que olvidar, mantiene su magisterio, y todavía se asoma, puntual, a todas nuestras corridas, el veterano de la crítica taurina española Don Ventura. 

No cabe más admiración a una etapa esplendorosa de la prensa taurina, con una gran añoranza de las múltiples publicaciones que colmaban los estantes de los quioscos con portadas de toros y toreros, sintiendo un profundo respeto desde la atalaya solitaria de aplausos en la que, a mucha honra, salvaguardamos el último reducto en papel de la prensa periódica taurófila. 

La serie Ases del Toreo tiene un precedente, otra colección de biografías con un titular semejante: «Los Reyes del Toreo». Por encargo de un editor, Orts continúa así con su imparable actividad de escritor taurino, con unos folletos en los que retrataba las carreras de toreros de diversas épocas, con predominio de la que acontecía en ese momento. Su conocimiento de la Fiesta, su capacidad para devorar lecturas y la facilidad de escritura, hizo que en un mes escribiera hasta treinta fascículos, también firmados bajo el seudónimo de Uno al Sesgo. Su afán por ser notario de su tiempo va más allá de su condición de cronista, sus libros, biografías, anuarios… recogen datos, cifras y valoraciones. Un testamento exacto de la realidad que vive, de gran valor documental, convirtiéndose así en ricas obras de consulta para otros escritores o periodistas que han pretendido bucear en otros tiempos para entender la historia de la tauromaquia. 

En ese anhelo por dejar constancia de la historia que vive, se encarga de publicar los populares anuarios estadísticos Toros y Toreros, que recogen todo lo sucedido en una temporada taurina, de enero a diciembre. Algunas veces lo hace en solitario y otras junto a su gran amigo y compañero Don Ventura, (Ventura Bagües), otro cronista relevante de la época. Estos almanaques fueron impulsados por Manuel Serrano García Vao, Dulzuras, y los continuaron, además del propio Orts, otros escritores como Bruno del Amo, Recortes,Marcelino Álvarez, Marcelo», Ventura Bagües, Don Ventura, y en su última época Luis Uriarte, Don Luis, incluso uno de los hijos de Tomás, Edmundo Orts Climent, que firmaba en ocasiones bajo el seudónimo Medi al Sesgo. Por entonces, el escritor ya maldecía que historiar cada temporada era una tarea de gran responsabilidad y pocas satisfacciones. Así lo cuenta en una de sus memorias autobiográficas: «Nos tropezamos con la incomprensión por todos lados. Ganaderos, apoderados, toreros, que no contestan a cartas en que se les piden datos que a ellos más que a nadie interesan, se lamentan luego, y ponen el grito en el cielo, si los datos que nos vemos obligados a recoger de las informaciones periodísticas, están equivocadas o no responden a sus deseos. Nadie se hace cargo de lo ardua que es la obligación que nos hemos impuesto ni de lo desinteresadamente que nos la imponemos, pues en realidad, los beneficios distan mucho de compensar el trabajo, y de ello es prueba el que más de uno y de dos, han tenido que abandonarlo, es de suponer que no por haberse retirado enriquecidos por el negocio». 

Tomás Orts, que fue un auténtico historiador, le dio mucha importancia a la documentación para dotar de rigor y objetividad a sus escritos. De ahí que reprobara la escritura de todos los que no abrían la despensa de la historia para rebuscar entre sus rincones datos, anécdotas, fechas, tecnicismos, nomenclaturas… que les permitiesen hilar fino en la descripción. Asegura que quienes cultivan la crónica, no tiene curiosidad por leer o instruirse, admitiendo que la Tauromaquia no se aprende por intuición. Un hecho que no solo lograba corroborar cuando leía a sus compañeros, también cuando les enseñaba su biblioteca, «unos 800 títulos y unos 300 periódicos de diversas épocas, reunido todo a fuerza de dinero y paciencia» y mostraban su indiferencia y poca curiosidad ante ella. Defendía este minucioso escritor que para explicar el toreo de hoy, había que entender el de ayer, conocer la historia taurina y su evolución hasta nuestro días. ¡Cuánta razón! Los que practicamos a diario tal menester, el de escribir de toros, echamos la mirada atrás constantemente para entender lo que vemos y contarlo con rigor. De ahí que, las páginas que tiene usted entre sus manos, le harán entender cómo se llegó al toreo de hoy, descubriendo una etapa en la que se experimentaba todavía con la tauromaquia actual. 

Tal fue el afán didáctico de Tomás Orts, su preocupación por una educación taurina cabal, que escribió importantes tratados, ensayos, un diccionario… y hasta obras necrológicas e incluso de chistes, de gran valor formativo todos ellos, válidos para los que se inician en esta afición como para los que presumen de buenos aficionados. Algunas de sus obras fueron: El arte de ver los toros. Guía del espectador, todo un manual para entender todos los fundamentos de una corrida; Recortes y galleos: artículos que no son de primera necesidad ni mucho menos, Diccionario biográfico, histórico, técnico y biobliográfico del toreo; El Toreo Moderno; Historia de las plazas de toros de España; Dramas de el toreo. Relación de las cogidas de muerte que han tenido lugar desde el principio de estas fiestas hasta nuestros días; Necrología taurina; Chistes taurinos. Colección de chascarridos, dichos y anécdotas chistosas de la gente de coleta; Novísimo diccionario ilustrado de Tauromaquia. Histórico, biográfico, bibliográfico, técnico… Muchas de estas obras son libros, publicados por editoriales diversas, la gran mayoría de Barcelona, y con ediciones corregidas y ampliadas, y otras son folletos, como esta última del Novísimo diccionario ilustrado de Tauromaquia, que se vendían semanalmente por fascículos de 16 páginas hasta completar una gran obra. Siempre las firmó con seudónimo, las primeras con «El Niño de Dios», las últimas y casi la gran mayoría con «Uno al sesgo». 

A todo ello hay que sumar algunas novelas, sus conocidos anuarios y, como no, sus biografías de toreros que abarcan prácticamente varias épocas, desde Lagartijo, que fue el primero que estudió, pasando por la Edad de Oro y esa prolífica Edad de Plata que abarca estas páginas. La obra de Tomás Orts es inmensa y no por ello, carente de calidad literaria y espíritu crítico como algunos se han aventurado a calificar de manera inacertada. El de Benidorm ha sido uno de los más fecundos escritores taurinos, un arte en el que se inició con tan solo dieciséis años, cuando escribió su primer artículo de toros, con tanto éxito que llegó a publicarse hasta en dos ocasiones, primero en la Unión Democrática, de Alicante, el 30 de junio de 1882, y días después en El Toreo, de Madrid. Desde entonces, como él mismo afirma, no dio paz a la mano ni tregua a su pluma, derramando tinta por múltiples cabeceras de toda España. La lista de medios generalistas y taurinos en los que colaboró, escribió e incluso dirigió, es inmensa: La Lidia, El Toreo Cómico, El Chiquero, La Muleta, El Toreo, La Vanguardia, La Semana Cómica, El Correo Español, Las Noticias, El Noticiero Universal, El Día Gráfico, El Liberal… por citar solo algunos de temática taurina. Porque además de toros, se ocupó también de la crítica literaria. De hecho, su crítica publicada el 7 de abril de 1933 en el semanario La Fiesta Brava (Barcelona. 1926-1934) sobre Death in the Afternoon -Muerte en la tarde-, que el año anterior había publicado Ernest Hemingway, supone la primera crítica española referenciada a este clásico de la literatura estadounidense. Sus conocimientos en literatura le llevaron a traducir obras de grandes clásicos como Théophile Gautier, H.G. Wells, Dostoyevski, Émile Zola, Iván Turguénev, Gabriele d’Annunzio, Arthur Schopenhauer o Stendhal. Tradujo cuarenta y cinco títulos narrativos en inglés, francés y con mucha menos frecuencia, del italiano, ruso, alemán y húngaro, lo que da muestras de una persona culta. 

Un erudito que se codeó con personajes de la Generación del 98 como Jacinto Benavente, Pío Baroja, o su gran amigo Valle-Inclán, belmontista acérrimo a quien le espetó aquello de «Sólo te falta morir en la plaza», a lo que Juan Belmonte respondió con la histórica frase: «Se hará lo que se pueda, don Ramón». El propio Orts, que frecuentaba muchos cafés de la época donde se reunían aquellos literatos, fue quien presenció y escribió años después de manera inédita, cómo Valle Inclán quedó manco por un golpe que le dio con el bastón en la muñeca Manuel Bueno tras una discusión en el Café de la Montaña, en Madrid. Tomás se encargó de atenderle y de recaudar dinero para las curas, pero fue inevitable la amputación días después. Con don Ramón acudió a ver algunas corridas en Barcelona, al igual que con el dibujante Ricardo Marín, o el escritor y también crítico literario, Gómez Carrillo. Era una época en la que los intelectuales se acercaban, sin prejuicios, a las plazas de toros. Con quien no guarda tan buena experiencia es con Pío Baroja, que le increpó llamándole bárbaro y salvaje cada tres minutos durante todo el festejo, que fue a la postre el debut y despedida de una plaza de toros del guipuzcoano. 

Pero sin duda, la generación que más lazos unió con la Edad de Plata, cuando se publican todas las biografías de Ases del Toreo, es con la del veintisiete. Un movimiento que, por cierto, inició uno de los biografiados por Orts, Ignacio Sánchez Mejías, que impulsó y apoyó económicamente el acto en el Ateneo de Sevilla en conmemoración del tricentenario de la muerte de Luis de Góngora, que dio paso a ese grupo de poetas que querían crear un lenguaje nuevo, igual que el nuevo lenguaje que nacía de manera paralela en los toros. Esa efervescencia de los años 20 en el campo de la cultura era comparable a la que se vivía en los ruedos. De ahí la conexión de estos dos artes. La Generación del veintisiete fue clave para esa evolución artística y expresiva que vivía el toreo. Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Juan Chabás, Jorge Guillén o José Bergamín logran integrar la tauromaquia en los cánones de la cultura. 

Sánchez Mejías, que conminó a Alberti para que escribiera un poema inspirado en la muerte de su cuñado Joselito en Talavera, acabaría siendo, siete años después, protagonista de la famosa eregía de Federico García Lorca, cuando ya la Edad de Plata da sus últimos coletazos y Tomás Orts agota sus últimos años de vida. 

Jorge Casals

Periodista de la revista Aplausos

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