Update cookies preferences
viernes, mayo 15, 2026

Un centro de pensamiento y reflexión de la

InicioLo últimoLa ciudad de los sermones

La ciudad de los sermones

He nacido en Barcelona y pertenezco a ella, aunque a veces no reconozco mi ciudad y evito la Monumental, como el que evita la mala leche o la leche de vaca, tan desaconsejable para vivir cien años. A veces, me da por soñar que volveré a sus tendidos los domingos de agosto, pero pronto se me pasa porque son tiempos adversos para la tolerancia, el futbolín y la canción del Cola Cao (la del negrito y el boxeador que boxea que es un primor). 

La vida de un aficionado a los toros en Barcelona es mejorable porque, como es sabido, no hay corridas de toros desde septiembre del 2011. Desde entonces, la ciudad es más alegre, más limpia, no hay tirones, los hospitales atienden fluidamente en los pasillos y los ancianos mueren habiendo recibido los santos sacramentos o montando unos funerales la mar de animados en los que tocan la música grata al difunto. A veces eligen un pasodoble y al salir del tanatorio, los deudos salen pegando verónicas a riesgo de ser amonestados. ¡Ah! Y la gente —la llamada ahora «ciudadanía» cuando la quieren engatusar— también transmite mayor felicidad y bienestar, tanto individual como colectivo. ¡Sin toros la historia de Barcelona es un antes y un después! 

Como todo aficionado catalán, me conformo con que la humanidad de kilómetro cero me lo perdone y se abstenga de hacerme la zancadilla mientras camino por la Diagonal. Están en su derecho porque soy un maltratador y ellos personas civilizadas, moralmente superiores y predispuestas a hablar a sus perros con un cariño que ya le hubiese gustado recibir en vida a mi padre de sus hijos. Por cierto, mi padre era manoletista, aunque nunca me llevó a los toros porque ya no vivía Manolete, el ídolo más popular ¡y transversal! de la Barcelona de los años 40. Lo del ídolo que unía en tiempos de vencedores y vencidos, iluminando el gris, lo escribí un día en La Vanguardia y un lector me confirmó por carta, emotiva, la devoción por el Califa que se respiraba en su casa, hogar de unos derrotados de la guerra civil, no como algunos de los abuelos franquistas cuyos nietos votaron alegremente por la prohibición de los toros en el Parlament. Hay un cierto tipo de gente que siempre gana las guerras, nunca las pierden. De esto en mi tierra sabemos mucho…

De vez en cuando y pidiendo perdón por adelantado, me atrevo a recordar que el Tribunal Constitucional derogó la prohibición en Catalunya y exijo mis derechos. ¡Uy, la que se arma! En una cita a ciegas, almuerzo mediante, la contrincante me preguntó sobre mis aficiones a las primeras de cambio y cuando mencioné los toros contestó que no se levantaba de la mesa por educación. ¡Cuánta dignidad! ¡Qué privilegio el mío! ¡Y qué almuerzo más largo! ¿Qué es un derecho constitucional, inherente al pacto entre administraciones y ciudadanos, comparado con situarse en el lado bueno de la historia, o sea, en el de los que invocan su sensibilidad para prohibir aquello que les disgusta? De ahí que no haya corridas de toros en Barcelona. ¡Donde esté la sensibilidad! Y también porque la prohibición en Catalunya es el único resultado tangible de una enajenación autodenominada procés, otro tostón que se me hizo muy largo. Digo curiosa porque fue una revolución sin revolucionarios, financiada por el Estado opresor y en la que los oprimidos montaban fiestas a lo grande con el dinero de otros. Al parecer, España nos chupa la sangre y había que mirar a los españoles por encima del hombro, sobre todo a los bajitos, incluso al primo de Caldas de Morrazo, que es del Dépor y se mete poco en política. Como la revolución terminó de forma extraña, el pueblo oprimido se aferra a la prohibición de los toros y así se distingue de los vecinos, que para unas cosas son opresores y para otras cosas son hermanos de los Países Catalanes, aunque ya es mala pata que en el sur de Francia, Mallorca, Aragón y Valencia tengan corridas de toros a los que unos asisten y otros no. 

La tolerancia, ay, aquel valor del que tanto se hablaba en la transición, también rebautizada por algunos como «el régimen del 78», digo yo porque prefieren un mundo con bloques, en el que todo se reduce a buenos y malos (aclaración: los aficionados a los toros somos malos). ¡Qué tiempos! La izquierda demostraba respeto por un espectáculo popular y aún más que respeto: defendía la libertad en el ámbito privado, sin sermones. 

A copia de recibir lecciones, he dejado de darlas salvo si veo a un adolescente aporreando a una anciana en la vía pública. Dar lecciones a los aficionados a los toros en Catalunya es sencillo y habitual porque son muchos los que quieren dejar un mundo mejor a sus bisnietos, aunque sea a costa de amargar la vida del contemporáneo. A veces, sin embargo, los amigos te confortan, cosa que enaltece esto de la amistad. En la tertulia semanal, le pregunté a Ignacio Martínez de Pisón, escritor y guionista, si había ido alguna vez a una corrida de toros, a sabiendas de que no le gustan. «¡Sí, una vez!». Amigo de José Antonio Labordeta, gran aficionado, le pidió que le acompañase a una novillada en el coso de la Misericordia porque le sobraba una entrada. Debió de ser una tarde anodina. Ignacio no recuerda nada, solo que no se aficionó. Y, a modo de guiño amistoso, confesó algo que me supo a gloria, en esta Barcelona saludable, sostenible y sosa. «El otro día se lo dije a Agustín Díaz Yanes: los taurinos sois ya los únicos que nunca dais lecciones a la gente sobre lo que tiene que gustarle». No hay como sufrir la intolerancia para renegar de ella. 

 Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Joaquín Luna 

Joaquín Luna (Barcelona, 1958) es un periodista español con más de cuatro décadas de trayectoria en el periodismo internacional. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra, comenzó su carrera en La Vanguardia en 1982. A lo largo de su carrera, ha sido corresponsal en Hong Kong (1987-1993), Washington (1993-1996) y París (1996-2000), y redactor jefe internacional del diario entre 2005 y 2014. Ha cubierto acontecimientos como la matanza de Tiananmen, las guerras de Kuwait, Irak, Ucrania y Gaza, el 11-S en Nueva York, y los accidentes nucleares de Fukushima, entre otros. Además, ha sido testigo de las elecciones presidenciales en EE.UU. en 1996, 2000 y 2012, así como de los Juegos Olímpicos de Seúl, Barcelona, Atlanta y Atenas. Es autor de varios libros, entre ellos Menuda tropa, Cuando te dejan y Esta ronda la pago yo, donde combina crónicas personales con reflexiones sobre la vida y el periodismo.

Artículo anterior
Artículo siguiente

Más vistos