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Iván Fandiño, de mortal y rosa

Por Fernando Gomá

Iván Fandiño ha muerto, víctima de una cornada, en una plaza francesa. La muerte de un torero es un hecho singular, un acontecimiento trágico, indeseado pero no exactamente inesperado, y que nos interpela a todos, taurinos o no. Nos mira a los ojos y nos fuerza a adoptar algún tipo de postura frente a ella.

En el imperio de los subjetivismos, los relativismos, las medias verdades, las medias mentiras o las mentiras completas, son un raro asidero las verdades profundas e incontestables. En la tauromaquia reside una de esas verdades: cuando se inicia el rito ceremonial que es una corrida de toros, los toreros que hacen el paseíllo están ofreciendo su integridad física, y su vida, en ese rito. En bastante ocasiones, el tributo se cobra en forma de heridas. En alguna, el Dios del Toro, sea cual sea para cada uno de los creyentes en la tauromaquia, exige el máximo sacrificio y la vida del oficiante. Así ocurrió el sábado. El planeta de los toros, tan necesitado de crítica y evolución en muchos aspectos, irradia sin embargo verdad desde su núcleo. La ofrenda de los toreros es real, las heridas son reales, la muerte es real. Es la vida, cruda y hermosa, servida en un círculo de arena.

Tan real como eso es la miseria humana, hay gente que no puede soportar la interpelación y desnuda su alma vacía cuando muere un torero. Desde su pequeñez no pueden resistirse a insultar y mostrar alegría. Quieren de manera desesperada que todos conozcamos su odio, su estupidez, su nadería, que sus opiniones nos importen, nos afecten. Quieren que refutemos lo que ellos mismos sospechan que son: tontos irrelevantes. No será así. Para ellos el frío desprecio y la ley.

Dice mi hermano Javier Gomá, con la agudeza que le caracteriza, que el verdadero secreto del ser humano es asumir su doble y contradictoria condición: saberse único en su dignidad personal, e irrepetible, pero al mismo tiempo asumir que su condición mortal le hace limitado y que finalmente será reemplazado. El torero en la plaza ejemplifica sin palabras esa doble condición humana. Nos desvela el secreto. En soledad frente al mundo, único, persiguiendo la inmortalidad donde quizá esté la muerte, irrepetible pero finalmente sustituido, nos muestra casi todo lo que necesitamos saber de nosotros mismos.

Paco Umbral publicó en 1975 Mortal y rosa, un texto inclasificable que comenzó a escribir cuando su hijo de cinco años iluminaba su vida, la hacía comprensible, ordenada y hermosa, y que acabó cuando ese ángel ya había muerto víctima de una leucemia, desgarrando a su padre para siempre. Vida y muerte, luz y oscuridad, sentido y caos. La muerte del torero en Aire-sur-l’Adour proyecta sentimientos primordiales, rotundos, irrechazables. Iván Fandiño toma la alternativa en Bilbao en 2005, vestido de rosa palo y oro. Encuentra la muerte en una plaza de toros un sábado de junio de 2017.


Artículo de Fernando Gomá, presidente del Instituto Juan Belmonte, publicado en El Mundo el 20 de junio de 2017.

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