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Cataluña en su declive: ayer las corridas de toros, hoy los correbous, mañana cualquier cosa

Hace más de diez años que el Parlamento de Cataluña prohibió las corridas de toros, un acontecimiento siniestro que sin embargo fue celebrado por mucha gente como un gran paso del progreso. Lógicamente el Tribunal Constitucional puso cordura años más tarde anulando esa ley, un auténtico atropello a la libertad cultural, a la libertad en general. En aquellos infaustos días en que algunos políticos catalanes decidieron atropellar de manera vergonzosa una expresión cultural, los correbous tradicionales en muchas localidades catalanas fueron sin embargo protegidos y preservados del furor inquisitorial y prohibicionista.

Hace unos días, el mismo Parlamento de Cataluña aprobó comenzar los trámites para prohibir también los correbous, auténtica cultura popular catalana en numerosas localidades, especialmente en las Tierras del Ebro.

Y dentro de unos años será cualquier otra cosa.

Porque el problema es que haya una sociedad que permita que se prohíba una expresión cultural, la que sea, solo por el hecho de que a una parte no le gusta. Y es que los toros, la danza o el teatro no van de gustos, tienen que ver con el respeto por la cultura, por la libertad cultural, sea esta de unos pocos o de una mayoría, la entiendas o no la entiendas, la compartas o no la compartas.

Vemos por desgracia un alarmante aumento de lo contrario, de sociedades puritanas y prohibicionistas que exigen acabar con todo aquello que no se corresponde con su moral. Vivimos así tiempos en los que se prohíben libros en bibliotecas públicas por todo el mundo porque su contenido es inadecuado, cuadros que se retiran de colecciones, obras de teatro que se censuran o esculturas de budas que se hacen desaparecer bombardeadas. Todo ello en el alto nombre de la moral.

Cuando una sociedad cae en la moralización siempre producirá políticos que por nuestro bien asuman la tarea de protegernos a través de la prohibición. Y una vez que se abre la veda, una vez que dejamos que algunos dirigentes políticos legislen en contra de la libertad, el daño ya está hecho. Las buenas gentes de los correbous pensaron que ellos estaban a salvo cuando se prohibieron las corridas de toros en Cataluña, en ese momento era inimaginable que se prohibieran también unos festejos con un apoyo popular tan fuerte como los correbous. Pero la simiente liberticida ya estaba plantada en Cataluña. La sociedad ya había aceptado que se podía cercenar un trocito de libertad simplemente porque a una mayoría parlamentaria le parecía bien. Que cercenaran otros espacios de libertad cultural era solo cuestión de tiempo.

Siempre te encontrarás gente que de buena fe justifique una prohibición o la otra «porque esto no es lo mismo». Y sí es lo mismo. Es igual de salvaje prohibir los toros que prohibir el teatro. Y si dices «esto no es lo mismo» es que no entiendes nada.

La UNESCO quiso acabar con la discusión de si una expresión cultural podía ser prohibida o no, estableciendo que todas las expresiones culturales, especialmente las minoritarias, debían ser respetadas siempre y cuando no traspasasen la línea de los derechos humanos y libertades fundamentales. No es tan difícil de entender.

Cataluña abrió hace doce años una senda en la que se normalizaba prohibir una expresión cultural, senda de vergüenza que algunos aplaudieron y que ahora se pretende ampliar con nuevas prohibiciones. Y todavía tendremos que ver a gente aplaudiendo porque esta vez no va con ellos. Los políticos prohibicionistas, convertidos en pequeños inquisidores, han puesto los ojos en los correbous esta vez, mañana vete tú a saber sobre qué lo harán. Y la culpa será de los ciudadanos que se lo hemos permitido, que se lo hemos incluso jaleado.

Estamos a tiempo de exigir a estos políticos que saquen sus manos de la cultura, un terreno que no les pertenece, un terreno de libertad donde solo los ciudadanos libres somos soberanos para decidir.

Artículo publicado en el diario El Mundo el 1 de noviembre de 2023. Leer aquí

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