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La muerte civil de Carlos Alcaraz o cómo el animalismo extiende los tentáculos de la cancelación

El wokismo no ha tenido suficiente con criticar la afición taurina del número 2 del tenis mundial: se trataba de intentar estigmatizarlo de tal modo que su nombre y dignidad quedaran condenados para siempre

El tenis y la tauromaquia comparten algunas cosas importantes. Hace años, preguntaron al gran Curro Romero qué público prefería, si el de Las Ventas de Madrid o el de la Maestranza de Sevilla; él sentenció que prefería el público del tenis, que es el que mejor sabe estar en silencio.

Más recientemente, el tenis, tauromaquia mediante, ha servido de forma excelente para detectar a quienes ansían vivir en una sociedad homogénea y desearían reinstaurar aquella antigua y degradante pena que era la muerte civil, para imponerla a aquellos que osaran comportarse de un modo distinto a lo que exigen los preceptos no escritos de lo políticamente correcto.

El pasado lunes, el joven tenista murciano Carlos Alcaraz, número 2 del mundo en lo suyo, acudía a una de las corridas de toros de la feria de Murcia acompañado de otros dos murcianos ilustres: el exseleccionador nacional de fútbol José Antonio Camacho y el torero Pepín Liria.

La difusión de varias fotografías de su presencia en un festejo taurino desató en medios y redes sociales reacciones de lo más diversas. La más curiosa, para mí, es la de quienes mostraban su sorpresa mayúscula porque un joven de 20 años estuviera en una plaza de toros, ignorando el notable aumento de espectadores jóvenes que la tauromaquia tiene desde hace algunos años.

«Bajo la aparente diversidad ha ido creciendo una religión pagana que anatemiza y condena a los que osan disentir de sus mandamientos»

Pero, como es habitual, la que ha tenido más difusión es la virulenta, ofensiva y amenazante crítica que han orquestado los animalistas. Para estos, no era bastante con mostrar su desagrado con la afición taurina de Alcaraz, se trataba de intentar estigmatizarlo de tal modo que su nombre y dignidad quedaran condenados para siempre. Si fuera posible, al ostracismo. Y si no, a cargar con la culpa perpetua de un pecado contra los valores del wokismo (pecados, como es sabido, para los que no hay perdón ni redención posibles).

Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que nuestras sociedades están conformadas por personas de procedencias más diversas que nunca y son más distintas las religiones, expresiones culturales, ideologías, formas de familia,… a nuestro alrededor. La mayoría de los dogmas, tabúes y sentimientos comunes ampliamente compartidos hasta hace no mucho han desaparecido y son en no pocos casos ridiculizados. Sin embargo, bajo la aparente diversidad ha ido creciendo una religión pagana que anatemiza y condena de un modo más virulento que nunca a todos los que osan disentir públicamente de sus mandamientos. La cultura de la cancelación va extendiendo sus tentáculos censores de un modo implacable.

Resulta paradójico que estos postulados, y en particular los del animalismo y el antiespecismo, se defiendan desde posiciones que se reivindican progresistas. Primero, porque desde la Ilustración el progreso se ha fundamentado en colocar al hombre (léase, para evitar ahora otras controversias, el «ser humano») como centro y referencia de todas las cosas y su dignidad, la común dignidad de todos los hombres, como el elemento fundamental sobre el que construir la ética. Asimilar a los animales con los seres humanos, tratar de atribuirles «derechos», no supone sino degradar al ser humano a un estadio inferior de dignidad y minar la conformación ética del humanismo.

«Curioso progresismo éste de reforzar dos o tres monopolios mundiales y acabar con lo pequeño y diverso»

Pero, además, porque las posiciones supuestamente progresistas siempre han reivindicado la necesidad de defender las tradiciones y costumbres locales, las pequeñas empresas, los derechos de los individuos, frente a los grandes focos monopolísticos de poder constructores de ideologías y con avasalladora extensión imperialista. Y el animalismo y el antiespecismo, si algo son, es un constructo nacido en el seno de sociedades ultradesarrolladas que tratan de imponerse a todo el mundo para generar pautas de pensamiento y comportamiento uniformes en mucho ámbitos que permitan a unas pocas empresas (globales y absolutamente poderosas) vender sus productos y servicios (comidas, series,…) de forma indiscriminada en todo el mundo, porque todos (una señora de Calcula, un ejecutivo de Nueva York o un tenista de Murcia) piensen igual, tengan las mismas referencias culturales y compartan los mismos hábitos de consumo. Curioso progresismo éste de reforzar dos o tres monopolios mundiales y acabar con todo lo pequeño y diverso de cada país, región o tradición cultural.

Y, por último, porque si algo caracterizaba al progresismo es la reivindicación de la disidencia en la forma de pensar. La exigencia de respeto, de espacio y de voz pública a quien no acatara los dogmas o los tabúes del momento. Esto, en su origen, fue imprescindible para el propio nacimiento y crecimiento de los movimientos sociales, ideológicos y políticos que ahora abanderan causas que tratan de hacer hegemónicas eliminando cualquier atisbo de pensamiento disidente. Más allá de lo antidemocrático, antiilustrado y antiliberal de este comportamiento, olvidan que si se extiende la costumbre de anular civilmente al discrepante pueden volver a ser ellos mismos los que se vean expulsados de la vida pública cuando las tendencias sociales sean contrarias a sus postulados, como fruto de movimientos pendulares a los que la historia nos tiene tan acostumbrados.

Por todo eso, los insultos y amenazas a Alcaraz, el intento de estigmatizarlo y anularlo civilmente (a él, y como advertencia, a cualquier otro deportista o artista famoso que trate de ir a una plaza de toros) no son una pataleta inocua de unos pocos exaltados. Ni una tendencia benéfica de almas sensibles a las que horroriza el daño que se infiere a un animal. Son hechos que cualquier demócrata debe condenar. Porque el respeto al otro está en la base de una sociedad democrática, liberal y abierta. Aun cuando el otro piense distinto o tenga referencias culturales diferentes (siempre que sus comportamientos, obviamente, estén dentro de la ley).


Este artículo se publicó originalmente aquí.

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