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martes, abril 21, 2026

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El niño aguarda

El niño aguarda y el pueblo también. En la llanura, inmóvil, el verano parece suspenderse. El polvo arde en los caminos; las chicharras repican con monotonía sobria; los campos, amarillos, respiran silencio. El tiempo parece detenerse, pero en realidad es el compás que siempre ha tenido. Llega septiembre y, debajo de ese susurro, palpita otra cosa. Es la espera: la feria que viene. El niño cuenta los días. Los hombres lo hablan en la taberna: «Ya están por llegar». Y entonces la imaginación se enciende. Ve las carretas bajando por el camino. Escucha, aunque no sea verdad, un bramido lejano. Todo el año gira en torno a este momento. La feria del pueblo es, para él, principio y fin. Y también para los viejos.

 El pueblo se transforma. La plaza comienza a ser otra. Los carpinteros clavan maderos; se limpian aceras y farolas; los tablones se levantan y forman corredores. A cada golpe de martillo, el niño siente que la fiesta se acerca. Mientras, corre por las calles, entra y sale de la plaza, observa cómo la estructura crece día tras día como algo que después desaparecerá. Y cada día su corazón late más deprisa y el sueño se hace más corto. La feria no es solo el toro. Es todo. Es su tía abuela que amasa rosquillas en la cocina. Es el viejo que habla de las faenas de cuando vino Manolete. Es el vino que se descorcha en la taberna. Es el olor a brasa en algunos garajes que preparan mesas largas con mantel blanco de papel. Es la música que ensaya la banda en la casa del maestro y que se escapa de tarde. Es la conversación que se enciende al anochecer, en el banco de piedra, junto a la iglesia. Y el niño escucha. El niño aprende. 

Los días se hacen interminables. En la cabeza del niño no hay otra cosa. Solo está la feria. El instante en que, bajo el sol, sonará el clarín y se abrirá el toril. La tradición se repite. Se ha repetido siempre. Desde el abuelo, desde antes del abuelo. La feria es herencia. Es memoria. Nadie concibe el año sin ella. No hay calendario posible sin esos días que concentran toda la vida del pueblo. Vienen los que se fueron y regresan los que ya no están porque recordamos lo que hicieron en estos días de Feria. Vaya con el abuelo de Rubén, el Antonio lo llamaban, que salió de espontáneo y terminó con una cornada de diez centímetros en el muslo. Se llamaba Rompesueños, y desde luego acabó con los suyos. Al menos con uno. Ahora se pasa los días en la barra del colmado de a. Siempre invita a un Kas limón cuando le preguntan por aquella tarde.

Por fin llega la víspera. En la plaza ya está todo dispuesto. El olor a madera nueva, a serrín, a tierra removida. Los hombres van y vienen; las mujeres preparan las mesas; los niños juegan, nerviosos, sabiendo que mañana será distinto. El niño, en su cama, no duerme. Escucha ruidos, cree escuchar pasos, imagina que los toros ya están cerca.

Al amanecer, la claridad es otra. El aire tiene un brillo más limpio. La gente se mueve con prisa contenida. En la calle mayor se levantan puestos de turrón, de barquillos, de juguetes de hojalata. Botes de nieve, bombetas, pistones, pipas Facundo. Todo suena. Todo huele. Todo brilla. Cuando la música comienza, el niño siente que el corazón se le sube a la garganta. La banda avanza, los clarinetes, los tambores, los metales. El pueblo entero se arremolina. Es fiesta. Y llega el momento. Se abre la puerta. Surge el toro. Negro. Bravo. La multitud contiene la respiración. El niño mira. No comprende aún la lidia, los lances, la faena. Lo que comprende es otra cosa: comprende el silencio, el latido colectivo, la tensión de todos los ojos fijos en el ruedo. Incluso los de Manolo, el sargento. 

Ese bicho es más que un animal. Es la tierra misma que galopa contra los burladeros. Es la bravura del campo. Es la memoria de las dehesas lejanas que nunca ha visto, pero que imagina. Es la fuerza que sostiene el mejor día del año. Este. El niño no teme. Sus ojos se abren de asombro. Algún día, piensa, cuando sea mozo, quizá bajará también. Aunque sea con una chaqueta vieja. Aunque sea solo por sentir, un instante, el vértigo del ruedo. Por ahora basta mirar. Basta estar allí, entre la multitud, con el polvo en la garganta, con el sol en los ojos. Basta con sentir que el pueblo entero está allí viendo lo mismo. 

La tarde cae. El eco de la música se disuelve en un aire tibio, más fresco y violeta, que le obliga a correr hacia la barra que han colocado en la calle. Pide agua helada. El chico que atiende no le cobra porque le nota sediento. Quedan en la plaza olores mezclados: tierra, sudor, vino derramado. El niño camina despacio hacia su casa. Lleva en el pecho un toque secreto, un peso distinto: la certeza de saber que ese día ha sido especial; el mejor de todos. Y la ilusión se cumple mientras la tradición se renueva. Sabe que la espera volverá a empezar mañana, cuando la feria se haya ido y el tiempo retome su compás. Pero él ya sabe que todo volverá. Que cada año, en el mismo polvo, bajo el mismo sol, regresará la fiesta. Y que siempre, mientras exista la feria, el pueblo tendrá memoria. Y él, esperanza. 

 Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Alfonso J. Ussía 

Alfonso J. Ussía (Madrid, 1983) es un escritor y columnista español, conocido tanto por su obra literaria como por sus colaboraciones en medios de comunicación. Uno de sus primeros trabajos de relevancia fue su labor como asistente del músico Antonio Vega, durante los últimos años de la vida de este, lo que marcó una etapa formativa importante en su vida tanto personal como profesional. Esa experiencia inspiró su novela Vatio (2021), donde explora las luces y también las sombras de la vida junto a Vega, así como la caída en adicciones y la complejidad emocional de esos últimos tiempos. Además de Vatio, su producción literaria incluye otras novelas como Cuento del norte (2020) y El puente de los suicidas (2023). Alfonso J. Ussía colabora con el diario ABC, escribe columnas de opinión y crónicas, especialmente centradas en la ciudad de Madrid, concretamente en la sección «Bajo Cielo». También participa en programas de radio, como en Onda Cero, con secciones fijas. Previamente trabajó para medios digitales como The Objective y El Confidencial.

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