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martes, junio 25, 2024

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Si yo fuera “woke”

Están agazapados a la vuelta de un tuit, atentos a cualquier manifestación verbal o escrita y prestos a saltar inmediatamente sobre sus víctimas para hacerles un auto de fe en plan: “¡Uy lo que han dicho!”. Muestran su escándalo a cada paso y no dejan de afilarle la punta a toda expresión que pueda ser retorcida o sacada de contexto. Se diría que hubieran sido muy felices en tiempos de la Inquisición, porque tienen alma de chivatos y vocación de policías del otro lado del telón de acero.

Son los “ofendiditos”, entes humanos dedicados a estigmatizar a cualquiera para solicitar su destierro, deseando vehementemente poder decretar su muerte civil. Se escandalizan con inocentes películas de Disney por supuestamente machistas, homófobas, racistas o políticamente incorrectas; arremeten contra obras insignes de la literatura universal, por los mismos motivos, y actúan como oráculos de lo que debe o no debe decirse. Son, por decirlo pronto, tan insoportables como estólidos, pero su actividad lejos de medrar goza, lamentablemente, de una excelente buena salud.

«Su medio ambiente son las redes sociales, en las que vierten veneno mezclado con sus particulares frustraciones»

Opinan de todo con ánimo infalible, se la cogen con papel de fumar y se enojan si en una dulcería anuncian, por ejemplo,  “brazo de gitano”. Sus melindres alcanzan cotas lisérgicas sustituyendo los debates públicos de toda la vida por equivocados prejuicios personales que piden lapidaciones. Parecen suspirar por una sociedad totalitaria donde sólo sus mentes enfermas tengan la posibilidad de imponer su criterio y de dictar aquello que conviene o lo que debe de ser conjurado. Desean convertir a los ciudadanos en vigilantes y  organizar partidas de la porra para castigar a librepensadores y rebeldes que no se atengan a sus aborrecibles códigos. Su medio ambiente son las redes sociales, en las que vierten veneno mezclado con sus particulares frustraciones que aspiran a sentar cátedra. Todo, en un ecosistema de higienismo moral que persigue la limpieza mental alejada de cualquier atisbo que rebose la estrechez de su ultracorrección política.

En otros tiempos, grandes escritores no habrían podido publicar algunas de sus obras, al igual que señeros directores de cine hubieran tenido que velar las bovinas de sus peliculas para no provocar taquicardias en almas tan extremadamente sensibles. Con el pretexto de defender la pureza ideológica, caen en el ridículo derivado de lo abyecto, mientras señalan con vehemencia a quienes osan salirse del redil. Malos tiempos para la lírica y la libertad sabiamente disidente. Ocurre, empero, que estos especímenes suelen tener éxito en sus amenazas que luego se multiplican en ruido y furia digital, por eso hay quienes prefieren callar antes que exponerse al escarnio publico y a la destrucción de sus honorabilidades y trayectorias personales. En la última consecuencia de su locura, enarbolan la denominada cultura de la cancelación, que no tiene nada de lo primero y traduce malamente del inglés el segundo término, que trasmutan a un intento de borrar del mapa de la historia a los discrepantes que se atreven a desafiar sus dicterios.

En el fondo, hay mucha gente que encierra en su interior un impulso justiciero cargado de odio y animo de incordiar a los demás. Personajes tristes y oscuros que alimentan su resentimiento por las esquinas de internet justificando sus miserias con un animo delator que este bendito país conoció en otros tiempos tan pretéritos como felizmente olvidados. Por eso hay que poner límites democráticos a los energúmenos, para que no arrollen la libertad de todos.

«De un viaje por el mundo del ciberespacio, se emerge con una merma considerable de confianza en el genero humano»

Se habla tanto, y con razón, de las cloacas del Estado, que ya ni reparamos en el pútrido submundo de las redes sociales, esos maravillosos instrumentos de comunicación interpersonal prostituidos por una numerosa caterva de energúmenos que van ensuciando allí por donde transitan. Faltos de educación y amparados, la mayoría de las veces, por un seudónimo tan estrafalario como su propia dignidad, estos personajes transitan por el universo de Internet vomitando sus odios sin reparar en aquello que les separa de los cafres. No se trata de ejercer la sana discrepancia, en absoluto, sino de practicar el insulto de forma grosera, de zaherir y de atacar con saña y odio a cualquiera que se limite a exponer sus propias y muy personales opiniones en la Red.

De un viaje por el mundo del ciberespacio, se emerge con una merma considerable de confianza en el genero humano. Si esto es lo que hay, más vale alejarse de un universo alimentado, a partes iguales, por la incuria y el resentimiento.

Tradicionalmente, los vándalos dejaban la expresión de sus ideas en el idóneo marco para ellas de las puertas de los urinarios públicos. Hoy, los teléfonos móviles permiten plasmar esas paridas flatulentas en todos los territorios digitales sin dar la cara y sin aportar nada mínimamente valioso. Da igual que se trate de opiniones políticas, sanitarias o deportivas; los estólidos de guardia siempre andas prestos a dejar su indeleble huella de miseria a cualquier hora del día o de la noche, sin desmayo alguno. Inmarcesibles siempre e inasequibles a cualquier tipo de desaliento, los matones se organizan para arremeter contra cualquiera, sin reparar en que sea un experto o un intelectual.

Muchas personas valiosas, que aportaban reflexiones interesantes y útiles al debate público, han optado por abandonar el territorio hartos de las faltas de respeto y las bravuconadas de quienes no les llegan a la suela del zapato. Destrozar el entorno de las redes sociales y desperdiciar las múltiples posibilidades de conocimiento y comunicación que ofrecen para convertirlas en un albañal intransitable es algo que nos empeora como sociedad.

«Hay medios que presumen de libertad por el hecho de tener abiertos todos sus foros»

Ante la imposibilidad de modular los debates, y los aspavientos de algunos lindos que confunden con censura cualquier atisbo de educación, los botarates se han adueñado del territorio en el que campan por sus respetos sin que nadie les eche de allí como se merecen. Ocurre también en los periódicos. Tradicionalmente los lectores han podido expresar sus opiniones, realizar criticas o discrepar de lo publicado enviando una carta al director, acreditando su identidad como requisito para que la misiva fuera publicada.

Hoy, los exabruptos han sustituido a los argumentos y hay medios que presumen de libertad por el hecho de tener abiertos todos sus foros. La iniciativa es loable, pero siempre que exista la figura del moderador que vele por la dignidad de lo publicado y asegure el respeto desde la diferencia. Si eso no ocurre, que es lo más habitual, llamar libertad a esa abundancia de miseria con patadas al diccionario, no es sino confundir la gimnasia con la magnesia. Si estos son los modos y maneras con los que algunos manifiestan sus opiniones, más vale salir corriendo y dejarles el terreno para que campen a sus anchas, con eructos incluidos, en las cloacas digitales en las que han convertido las redes sociales.

Ya lo dijo Dostoievski: “Algún día las personas inteligentes tendrán prohibido pensar para no ofender a los estúpidos”.   


Antonio San José es periodista y ha trabajado en RTVE, Antena 3, CNN + y Movistar TV, entre otros.

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