jueves, junio 30, 2022

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Recuerdos taurómacos

Cuando la jienense feria de San Lucas cierra la temporada española, muchos amigos taurinos, y los que no tienen la dicha de serlo, me preguntan: ¿y ahora qué vas a hacer sin toros?

Siempre me ha sorprendido este interrogante, asumiendo de alguna forma que mi interés se limita a lo que acontece en el ruedo, como si allí se circunscribiera todo, el alfa y el omega de la Fiesta. Por ello la respuesta se repite cual mantra: lo que sucede en la plaza es solo la punta del iceberg, la Tauromaquia es grande, muy grande y desborda con creces las tardes de toros, lo cual no es poco.

La forma de vivir nuestra pasión ofrece múltiples vías de expansión: además de la visualización de faenas en televisión o las grabaciones antiguas, tenemos las visitas a ganaderías, a los museos taurinos, a los cosos, las lecturas, la asistencia a conferencias, las charlas y tertulias, que son algunas de las formas de mantener viva la afición y alimentar ese rescoldo con el que calentar nuestros corazones en los duros meses invernales.

Aparte de estas vías hay otra que me resulta tremendamente enriquecedora y es el recuerdo que dejaron los protagonistas de la Fiesta en nuestras ciudades y pueblos.

Hace algún tiempo me entretuve en descubrir los lugares taurinos de mi querido Madrid y puedo afirmar que me cambió la perspectiva.

¡Cuantas veces había pasado por el palacete de la embajada italiana en el bulevar de Juan Bravo sin ser consciente de tratarse de la residencia de la primera mujer de Domingo Ortega!, ¿cómo era posible que tras sufrir tantos atascos en la calle José Abascal, no hubiera caído que allí mismo, en el número 61, tenía su estudio Mariano Benlliure y expuso por primera vez el conjunto escultórico que en el cementerio de San Fernando de Sevilla recuerda a Joselito?, ¡en cuántas ocasiones había entrado en uno de los centros comerciales de la plaza de Callao ignorando que allí mismo, en el número 30, actual 28, de la calle del Carmen, antes de abrirse paso la Gran Vía, estaba la Fonda de los Leones de Oro donde expiró el torero mañico Florentino Ballesteros, tras ser transportado en camilla desde la plaza ubicada en la Carretera de Aragón…

Mi visión de Madrid cambió completamente desde el momento en que empecé a conocer y vivir mi ciudad con este prisma; ¡una verdadera delicia cuando en los paseos me empezaron a acompañar todas estas historias!

Que tengo que pasar por la calle de Huertas, pues allí me encontraré con la casa en la que nació Cúchares, o aquella en la que vivieron los Dominguines, o la inscripción en el suelo que recoge la cita taurina de Fernández Moratín, incluso, si dispongo de cinco minutos, me puedo acercar a la calle del León donde se localizaba la fonda en la que falleció El Chiclanero cuando las cuadrillas salían para la plaza en la que estaba anunciado, o la fonda Cordobesa en la que se alojaban los toreros de la ciudad de Séneca y eran atendidos con suma hospitalidad por doña Gregoria Echezarreta, «el ángel de los toreros».

Que he quedado con algún amigo en la calle Goya, pues me encontraré, en el número 120, con la clínica en la que falleció Ignacio Sánchez Mejías, o con el 42, domicilio del pintor taurino Roberto Domingo como una placa lo recuerda, o el número 47, lugar en el que nació el gran cronista y escritor Pepe Alameda, o en el 12 donde, según se afirma, vivió su infancia Antoñete en una buhardilla.

Si el día se presenta lluvioso o tristón, de esos de finales de noviembre, y no apetece salir de casa, pues por qué no tratar de buscar en un plano antiguo las plazas de toros que, ya fueran estables o desmontables, celebraron festejos en Madrid… Y así empiezan a aparecer las de la Huerta de la Priora en la plaza de Oriente, o las del Jardincillo, la Lid Taurómaca o los Campos Elíseos en pleno barrio de Salamanca, o las tres sitas en la zona de Vallecas… ¡hasta un total de más de treinta! O la multitud de rincones en los que se celebraron festejos populares.

Lo mismo que en el caso madrileño, sucede en otras muchas localidades y poblaciones. El turismo taurino es una vía extraordinaria de mantener vivo el recuerdo y disfrutar de su historia.

Pisar el Hotel Reina Cristina de Algeciras y no sentir viva la presencia de Rafael El Gallo cuando se recuperaba de la peor cornada sufrida en su vida resulta imposible; visitar el Museo de Carrozas Fúnebres de Barcelona y permanecer impasible frente a la Grand Doumont, la carroza que trasladó los restos de Joselito de su casa de Arrieta a la estación del Mediodía, es inconcebible; pasar por delante del número 37 de la sevillana avenida de Eduardo Dato y no estremecerse recordando la plaza que allí erigió José, denota una insensibilidad rayana en la sedación; recorrer la Juan Belmonte Kalea en Zumaya, a 900 kilómetros de su Triana natal y no recordarle, es incomprensible; adentrarte en las montañas de Cantabria, en Tudanca, y no acercarte a la Casona en la que Cossío recibía a sus amigos y transformó en un museo taurino, es pecado de lesa Tauromaquia…

¡En las calles de nuestras ciudades y pueblos permanece viva la historia de lo que nos apasiona!

Estamos en un situación prohibicionista de la Fiesta, no tan alejada de la descrita en la obra de Ray Bradbury, de 1953, Farenheit 451, por lo que, esperando que no nos cierren las plazas, en nuestra capacidad está mantener vivos los recuerdos para que nadie nos quite su pervivencia hasta la llegada de tiempos más razonables y de libertad.


Juan Salazar Larraz, licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa. Aficionado y abonado de la plaza de Las Ventas, es autor de los libros “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”, “Toros sin complejos” y coautor de “Ernesto Pastor; la grandeza de lo invisible”. Es responsable del programa radiofónico “Los Toros, nuestra Historia” de Decisión Radio.

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