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viernes, abril 12, 2024

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El duende y la esperanza

Las grandes corridas de toros poseen un elemento de misterio que escapa a la razón

Yo vi a Curro Romero trinchar un toro, ladear la cabeza en un quite de renuncio, a su mozo de espadas tembloroso por si el maestro y no el morlaco le lanzaba un par de mortíferos derrotes. Eso lo vi yo de chico en el coso portuense, más pendiente de las dos señoronas maquilladas como una casa recién encalada, de zarcillos imposibles, la nuez prominente, manos nervudas y un “guapo, guapo, maestro, que eres un maestro” arrebolado en su cuello. Dos locazas maravillosas que ellas solas apagaban con su fervor de enamoradas el murmullo creciente de reprobación hacia el «Faraón de Camas».

Cayeron almohadillas y hubo amagos de guantás entre curristas devotos y toreristas encendidos, henchidos de rabia porque ese día no bajó el pellizco del cielo al ruedo.
El paisano que andaba a mi costado pedía, templado, a los travestis que bajaran la voz, que de morirse de amor fuera a ser posible en silencio y, como Curro, él también cabeceaba mientras el maestro esquivaba más que lidiar al astado.

No sé si como cuentan, ese bicho lo había mirado mal, con ojos de muerte emboscada, lo que sé es que Curro Romero llenaba la plaza hasta cuando la tarde no se daba. Lo sé porque recuerdo vagamente que hubo un diestro, puede ser Joselito, que sí lo bordó, cortó oreja y se paseó entre vítores del respetable. Pero eso solo lo evoco, nada más, porque lo que se me grabó a fuego es que allí la feligresía no fue a otra cosa que a devocionar ante el arte hecha carne, como si el reino de Curro no fuera de este mundo y a lo mejor, allí, a las cinco de la tarde tocara milagro. Uno de esos que hicieran rememorar a Jose “El Gallo” porque «quien no ha visto toros en El Puerto, no sabe lo que es una tarde de toros”.

Ese día de chasco taurino, de domingo del Señor pero sin epifanía, cánticos ni pasión, aprendí que el duende aparece cuando quiere, que hay que esperarlo pero no buscarlo y que la fe no hay que perderla nunca porque es la muleta para que uno salga de la plaza como entra en la vida, seguro de que hay que procesionarla con la certeza de que nada queda salvo la esperanza. Eso que aquel compañero de tendido me resumió con una sonrisa que guardo como lección vital: «Hoy no pudo ser, igual mañana«. Seguimos.

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