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miércoles, febrero 11, 2026

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De la libertad hacia el toreo 

Mi familia no es taurina, pero tampoco sectaria. No recuerdo ninguna conversación en casa sobre toros en toda mi juventud. En casa jamás se habló del toreo. Mis padres no me llevaron a las Ventas ni al Bibio, pero sí al Bernabéu y al Molinón: en su descargo diré que al fútbol me llevaron porque yo se lo pedí. Siempre me iniciaron en todas las ramas del conocimiento por las que yo me interesé, pero jamás les pregunté por los toros. Intuyo que mis convicciones liberales parten de ahí: mis padres nunca me penalizaron imponiéndome sus opiniones o sus preferencias. Me dejaron elegir y me educaron predicando con el ejemplo. 

Así que en lo que respecta al ruedo no es erróneo decir que soy un ignorante, pero también doblemente afortunado. Primero porque mi relación con la tauromaquia es absolutamente libre. A los toros he ido yo porque he querido, cuando he querido y partiendo de cero. La mía fue una inmersión a puerta gayola que se inició a los veinte años. 

Todo empezó en una de mis primeras tardes en una redacción. Ser periodista es querer conocer, no hay mayor motor en la profesión del periodista. De repente escuché al que ha sido mi mejor jefe, aunque formalmente nunca lo fue, hablar apasionadamente de la Corrida de la Prensa, en San Isidro. Con cierto rubor me acerqué; con los pies juntos, quieto y de perfil, logré mascullar una frase.

 —¿Me acompañarías a Las Ventas? 

—Por supuesto, Miranda —respondió Chema. 

—Pero tienes que explicármelo todo como si no supiera nada. —Será fácil, porque no sabes nada —añadió lanzando una carcajada seca como una cornada. Touché. 

Tenía razón. Vio la ignorancia en mis ojos, pero también la ilusión por descubrir y ni una sola mácula de prejuicio, ni a favor ni en contra, y aquellos ya eran tiempos en los que los toros estaban siendo señalados. Y allí que nos fuimos. Él fue mi primer maestro.

Aquella tarde supe que era la primera de muchas, y tomé una sabia decisión: quería aprender lo suficiente como para poder disfrutar de aquel espectáculo rodeado de símbolos y de pasiones. Para ello, empezaría a ir a los toros a menudo, y siempre rodeado de alguien dispuesto a enseñarme. Además, incorporaría a mis lecturas a los grandes de la crónica taurina, los de entonces y los de siempre. Y pronto un Cossío se instaló en mi estantería. 

He dicho que además de un ignorante soy doblemente afortunado: la segunda razón me la regaló el azar, y también fue por partida doble. En la siguiente redacción, esta en la tele, y durante dos años conviví mesa con mesa con Rafael Martínez Simancas, que en esa época dedicaba las conversaciones a partes iguales a hablar de su familia, de su moto y de los toros, y no necesariamente por ese orden. Venía de ser un mandamás en las Ventas y, durante infinitas conversaciones, me acercó al toreo desde una mirada artística. Pura creatividad literaria y unos cuantos cigarros. Con él aprendí a observar la plaza, el ritual, la gente. Con él comprendí la Fiesta y entendí que es un mundo de acogida, de alegría, de pasión. Y aunque llegué tarde, siempre encontré los brazos abiertos. 

Mi siguiente compañero de pupitre periodístico, ahora en las mañanas de la radio, fue otro grande, Matías Antolín. De cuatro a seis de la mañana el tiempo es cúbico, el silencio es hondo y el frío punzante. Las conversaciones puntúan doble mientras las amistades se abrochan para siempre. Durante otros dos años compartí mil y una lecciones de tauromaquia mientras Matías me contaba su próximo libro: una aventura gráfica sobre José Tomás. Repasar esas fotos del maestro de Galapagar fue un itinerario para entender los matices de lo que el toreo tiene de danza y de adjetivo. Él me enseñó el toreo desde su amistad con José Tomás, que es como aprender a jugar al fútbol con Butragueño explicándote cómo se puede parar el tiempo en el área pequeña. Así entendí siendo muy joven que hay seres de otro mundo. En su locura Matías me enseñó el toreo desde el traje de luces de José Tomás, y desde la sangre de Aguascalientes. Y desde ahí me explicó a los grandes maestros de la historia. 

Cuando tomé aquella decisión lo hice porque nunca antes había sentido tal confrontación de emociones en un mismo instante. Nada como el toro y el tiempo deteniéndose frente a Jose Tomás, con la muerte desafiando un estatuario. Ni siquiera el Buitre era capaz de tanto cuando congelaba el área pequeña: porque en el deporte nadie tiene que morir. 

Los tres siguientes maestros lo fueron sin ellos saberlo. Lo han sido en directo en las páginas de los periódicos en los que he trabajado: Zabala en El Mundo, Amorós en ABC y, ahora, Amón en El Confidencial. Son seis maestros seis, y todo encaja. Porque en el toreo todo encaja, todo está en su sitio, y viene de lejos. 

Gracias a ellos supe disfrutar viendo a José Tomás en Gijón con Talavante, que a mí nunca me ha fallado. Y viendo a Morante en Las Ventas cuando lo llevaron a hombros hasta el Wellington. Aquella tarde, mientras observaba esa multitud entregada al maestro comprendí que ya estaba preparado. Y recapacité: el niño que yo fui esa tarde habría elegido la heroicidad que a esa misma hora protagonizó Carlitos Alcaraz en Roland Garros. Pero mi yo adulto eligió Morante. Libremente. 

Mi familia no es taurina, pero tampoco sectaria. Y yo soy libre y, en una oportuna metáfora, es la libertad la que me ha llevado al toreo. Nunca es tarde si la dicha es buena. Larga vida a la Fiesta. 

 Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Juan Fernández-Miranda 

Juan Fernández-Miranda (Madrid, 1979) es un destacado periodista y escritor español especializado en política y análisis histórico. Es adjunto al director de El Confidencial y analista en distintos programas de televisión y radio. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Francisco de Vitoria, inicio su labor profesional en la agencia Servimedia y ha trabajado en televisión, radio y prensa escrita. Ha sido subdirector de informativos en Veo7 (El Mundo/Unidad Editorial) y ha ocupado cargos clave en el diario ABC: redactor jefe de la sección «España» durante una década y adjunto al director. Como autor, ha publicado obras como El guionista de la Transición, biografía de su tío abuelo Torcuato Fernández-Miranda, prologado por el rey Don Juan Carlos; Don Juan contra Franco; El jefe de los espías; y Objetivo: Democracia, con el que ganó el Premio Espasa de Ensayo en 2024. Además, participa como colaborador habitual en programas de radio y televisión, comentando actualidad política. 

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