martes, enero 31, 2023

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Adoptar perros, abandonar a los padres

La tauromaquia humaniza. “Humanizar” no es “santificar”, “beatificar” ni, mucho menos, “infantilizar”. “Humanizar” es “hacer humano”. Y un humano, a diferencia de las iguanas, de las urracas y de los monos aulladores, es el único bicho que sabe que la va a diñar. Conocido es que, después de que Platón definiera al hombre como un “bípedo sin plumas”, el cínico Diógenes agarró una gallina, la desplumó, se plantó en la Academia del ateniense y dijo: “Este es el hombre de Platón”. No hay que complicarse tanto: lo que distingue al Homo sapiens del resto de los seres vivos, desde mucho antes de que se emitiera el primer episodio de Saber y ganar –llevamos enterrando a los nuestros, deliberadamente, unos 120.000 años–, es el hecho de tener conciencia de la muerte.

Sucede que esa noción que nos singulariza como especie ha sido sepultada bajo una capa de espejos valleinclanescos, cirugías estéticas, filtros de Instagram y eufemismos ridículos –mi favorito es “que la tierra te sea leve”–. Padecen nuestras sociedades –allende Occidente, el cantar es otro– un síndrome de Peter Pan masivo, una obsesión enfermiza por lo juvenil que, en realidad, intenta ocultar una tanatofobia generalizada. Los demiurgos del mundo feliz, los sepulcros blanqueados que marcan la tendencia,han condenado a la parca al ostracismo. La muerte, y todo lo que orbita en torno a ella, puaj, mancha, incomoda, duele, concluye de la manera que sabemos… y no lo queremos asumir. La muerte es tabú. El gran tabú contemporáneo. Por eso, a los difuntos ya no se les vela en las casas. Por eso, las residencias de ancianos se ubican extramuros. Y, también por eso, hay quien quiere acabar con las corridas de toros.

La muerte, contadísimas excepciones al margen –al toro se le puede indultar; al cerdo o al cordero, no–, siempre está presente en el ruedo. El aficionado, en definitiva, acude a la plaza para ser testigo de cómo un tío o una tía, con más o menos duende, acaba matando a un toro. Y la certificación visual de ese sacrificio, esa prueba de veracidad, es indispensable para que los bárbaros protesten, den por el saco, denuncien y, en algunos casos, si alcanzan el poder, prohíban. El ingrediente sensitivo es clave. Porque en la, permítaseme el palabro, exhibiciocracia nuestra de cada día,en el ecosistema ético de Silicon Valley, en esa factoría neoliberal, salvaje y rentabilísima de minorías, en esa cantera de revolucionaritos de pitiminí, la lidia no encaja, chirría con el resto del decorado y, por ello, se humaniza al morlaco, se demoniza a todo hijo de vecino que ronde por el coso y se ejecuta, o se busca ejecutar, su cancelación.

Cancelación que, perdonen el pesimismo, creo que acabará llegando –y no sólo por causas externas: pocos mundos son más cainitas que el taurino; el de los periodistas, seguro, y quizá el de los curas–. No sé si los censores son más, pero, desde luego, hacen más ruido que los censurados y, es evidente, reciben la atención de muchísimos más focos. La Ley de Bienestar Animal es la puntita de un iceberg contra el que vamos a chocar irremediablemente. No es que las Luces que heredamos de la Ilustración se estén apagando: es que los torquemaditos están reventando con bates las farolas. El veneno se lleva inyectando en vena desde hace lustros, con leyes de educación –zurdas y diestras, eh: aquí no se libra ni Cristopher– que no buscan otra cosa que conformar un rebaño manso y anómico, amén de con lobbies, partidos, asociaciones y fundaciones falsarios, pero efectivísimos y, sobre todo, muchimillonarios. “Corren tiempos de adoptar perros –le dijo Paco Camino a Zabala de la Serna en El Mundo– y abandonar a los padres en residencias de ancianos”. No seré yo quien contradiga al maestro.

Permítanme, eso sí, hasta que se consume nuestra derrota en las Termópilas, hacer tiempo y emocionarme viendo torear a Morante, a Roca Rey y a Isaac Fonseca.


Jesús Fernández Úbeda es escritor, periodista y poeta.

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