Cuando con once o doce añitos Manuel dijo que quería apuntarse a la escuela taurina nadie en casa lo vio como una extravagancia. Al cumplir un año, sus padres, buenos aficionados, le habían regalado al niño una montera y un capote. Luego llegaría el carretón que trajo el padrino. Los juegos en casa, en el campo. La pose, siempre la pose. Un desplante al terminar los deberes, otro al esquivar a su hermano, más «normal», en invariable patada a una pelota. Tan iguales en lo físico; tan diferentes en todo.
No ha pasado mucho tiempo y ya Manuel Rodríguez quiere anunciarse en los carteles con su nombre. Lo bueno es que podrá hacerlo. Y hay que felicitarse por ello. Tiene catorce, luce pintón y este verano de 2025 ha debutado en La Malagueta en un tentadero público enfrentándose a dos becerras. Los tendidos estaban a rebosar. Amigos, compañeros de clase, torerillos como él. Gente joven ante la que sintió el vértigo de la responsabilidad, mucho más agudo que el miedo al toro. «Al animal, siempre respeto, pero el público es lo que más presión genera».
Manolillo, como lo llaman sus compañeros, lo hizo de fábula y demostró torería. Empezando así ante miles de espectadores a labrarse un futuro que hace un poco pareciera que no pudiera darse. Porque nuestro torero en ciernes no concibe que cuando nació y en los años subsiguientes, la tauromaquia parecía amenazada de muerte. «¿Se acabó la Fiesta?», titulaba Rubén Amón en El País en 2015 aludiendo a la pujanza de la conciencia animalista, a la posición de una parte de la izquierda desnortada en la búsqueda del voto y también, por supuesto y quizás más importante, a la falta de renovación generacional en los espectadores. Ardía también entonces el debate sobre la identidad nacional, fíjense ustedes qué novedad, y lo conveniente era arrimarse al antitaurinismo para denostar a España. La única creación genuina del pueblo español, como la bautizó Ortega; la riqueza poética y visual más grande de España, que dijo Lorca; la última tragedia viva de Occidente, como la dibujó Cela, se había convertido en un reducto cultural tenebroso de una sola opción política. Terror.
¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Por qué a nuestro Manuel le gritan «torero» sin rubor sus amigotes, a los que no se ve precisamente asistir a un partido de fútbol de su hermano? ¿Cómo ha sido posible este resurgir de la Fiesta en un mundo en el que lo políticamente correcto se empeña en diluir nuestras señas de identidad y nos uniforma peligrosamente en torno a lo inane, a esa realidad de plástico que nos inunda desde las redes sociales? ¿Quién nos explica que las principales ferias se salden con récord de público mientras que los festejos en plazas menores registren entradas no vistas desde hace décadas? Y sobre todo, ¿cómo narices se ha conseguido que sea mayoritariamente un público joven quien haya revertido esa oscura situación?
Para explicar este feliz fenómeno, podemos recurrir a elementos concretos, como el cuidado de la cantera por parte de determinadas instituciones que han querido ir a la contra del rodillo biempensante. En Málaga el ejemplo de la Diputación Provincial es referente. A la aparición de nuevas figuras de acá y de allende los mares que han revitalizado el furor por lo que sucede sobre el albero. Citaremos, claro, la recuperación de un sanísimo debate intelectual sobre la vigencia de las corridas con la aparición de grupos de presión y en el que hasta toman partido, hastiados del fundamentalismo progre, quienes un día pudieron ser considerados santones del mismo. Apelaremos incluso al éxito que nuestra genuina manifestación cultural tiene cada verano en un turismo rampante. Aboguemos, también, por que a nivel interno mejoren ciertas prácticas y se abandonen viejos vicios que poco ayudan en la pelea.
Pero sobre todo, lo que no debemos perder de vista es cómo tantos y tantos jóvenes se han acercado a la Fiesta como un verdadero acto de disidencia. Tiene bemoles que lo contracultural sea pedir respeto. Enhorabuena, lo habéis logrado. Manolillo lo sabe. «La verdadera crueldad es lo que se les escucha a algunos políticos, que con tal de meterse con los toros entonan verdaderos discursos de odio», argumenta con una lucidez impropia de su edad.
En suma, podríamos observar contentos que a día de hoy la libertad, en este caso la de ir a los toros, parece estar ganando la batalla. Circunstancia que, si trascendemos el mero hecho taurino, debería llenarnos de esperanza en este tiempo gris. ¿Hemos vencido esta guerra? Nunca una contienda así se puede dar por finalizada. Todavía quien esto firma se ha tenido que enfrentar a censuras políticas de baja estofa por haber devuelto a la radiotelevisión pública municipal que dirige la información taurina.
Pero ahora déjennos sonreír, como lo hizo Manuel, tan pequeño, triunfando a lo grande en La Malagueta. En la seguridad de que quienes disfrutamos con el toreo no somos peores. Ni torturadores, ni maltratadores. Españoles, sí. Pero también los hay de fuera. Están todos invitados. Sigamos andando el camino. Se lo merece gente como nuestro pequeño torerazo, que sólo tiene clara una cosa: toda su ambición es ser figura. «Con toda humildad, quiero pasar por encima al Juli, mi referente, y convertirme en el mejor torero del siglo». Por derecho. Seguiremos peleando por que lo intente.
Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025
Fernando del Valle Lorenci
Fernando del Valle Lorenci nació en Madrid en 1973. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Comenzó su carrera profesional en el diario ABC y posteriormente fue corresponsal en Tenerife y Córdoba; luego jefe de sección, redactor jefe y Director de la edición de ABC Córdoba entre 2002 y 2009. En enero de ese año fue nombrado Director de la Edición Andalucía del diario, liderada desde Málaga. En 2023 realizó un cambio importante en su carrera: dejó su rol como director de la edición andaluza del periódico ABC tras catorce años, para asumir el cargo de director gerente al frente de Canal Málaga RTV, la televisión y radio municipales de Málaga.




