Por Rebeca Argudo
Ya en algún texto antes de este he dejado dicho que no soy aficionada a los toros, pero que lo estoy. Me pasa también, creo haberlo contado, con la monarquía, la fe y el azúcar. Me pasa, en general, con todo lo que se empeñe el pensamiento hegemónico imperante en demonizar. Así, si hoy en día parece que en España (decir España también es peor que decir «nuestro país» o «el conjunto del Estado») es poco menos que moralmente inaceptable no ser republicano, ateo o echarle panela al café, a mí ahora (no recuerdo si ya antes) sin ser monárquica, ni católica practicante y tomando el café sin azúcar, me parece fundamental defender nuestra monarquía parlamentaria, el cristianismo y el azúcar de caña blanca, blanquísima. Cuanto más refinada, mejor. Y, con los toros, me pasa igual: cuanto más ataca a la tauromaquia la izquierda más radical, más me interesa el mundo de los toros y más importante me parece su defensa. Y no solo porque me parezca que el adanismo tuitivo de la progresía postmoderna funciona a modo de infalible brújula moral estropeada, que también, sino porque creo que es un compendio de grandes valores e ideas, algunos de ellos tristemente denostados hoy en día: tradición, rito, arte, muerte, valor, templanza, identidad, respeto…
Podríamos decir, pues, que soy defensora de la tauromaquia por afición subrogada: no entiendo de toros, no voy a los toros y no estoy al día. Pero no lo necesito para defender a la tauromaquia frente a todo ataque del pensamiento mainstream, sobre todo si este viene desde las instituciones y por motivos meramente personalistas e ideológicos y no avalados con poderosos argumentos. Es el caso, por centrar el tiro, del ministro Urtasun y su particular cruzada contra la tauromaquia, que, además de los ataques y desprecios constantes, falta a las obligaciones y competencias de su cargo al abandonar en cuanto a salvaguardia a una disciplina que es Patrimonio Cultural Inmaterial. ¿Imaginan a un ministro de Cultura despreciando el Misterio de Elche, el Tribunal de las Aguas de Valencia o la cerámica de Talavera? ¿Imaginan a un ministro decidiendo que no se otorgue premio alguno a fotógrafos o poetas porque prefiere la pintura o es incapaz de apreciar la poesía?
Para Ortega y Gasset, «la historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda». Para Federico García Lorca el toreo era «probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar». Para Chaves Nogales «se torea como se es. Esto es lo importante. Que la íntima emoción traspase el juego de la lidia. Que al torero, cuando termine la faena, se le salten las lágrimas o tenga esa sonrisa de beatitud, de plenitud espiritual que el hombre siente cada vez que el ejercicio de su arte, por ínfimo y humilde que sea, le hace sentir el aletazo de la Divinidad». Para Ernest Urtasun, es una «actividad injusta, sádica y despreciable, que nada tiene que ver con la cultura». Yo no soy taurina pero estoy taurina. Y, si ni lo fuera ni lo estuviera, lo que sí tendría claro es en quién confiar de entre todos ellos, a qué criterio dar más valor. ¿Ortega y Gasset, Lorca y Chaves Nogales o Urtasun? Mmm… déjenme pensar…
Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025
Rebeca Argudo
Rebeca Argudo es una periodista, columnista y escritora española. Licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad CEU San Pablo de Valencia, ha desarrollado una carrera destacada en diversos medios. Tras su experiencia como corresponsal en República Dominicana y Haití, colaborando con agencias como AP, AFP y The New York Times, regresó a España en 2009. Ha trabajado en La Razón, The Objective y, desde 2024, es columnista en ABC, donde firma la sección A la contra y la columna Arma y padrino. En 2023, debutó en la ficción con la novela Todos los hombres tristes llevan abrigos largos. En 2022, recibió el Premio Pop Eye de Periodismo




