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miércoles, marzo 11, 2026

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Todo lo que no se ve

Dejó escrito Saint-Exupéry que todo lo esencial es invisible a los ojos. No fue el primero y, muchos siglos antes, Platón, desde el origen de nuestra tradición, proscribió el régimen sensible como un orden secundario, aparente y falso. Después de todo, es posible que las cosas más importantes, también en el toreo, no puedan percibirse ni siquiera con la mirada mejor entrenada. 

En su condición plástica, la tauromaquia compone estampas, inspira a los pintores y excita la sensibilidad hipertrofiada del poeta. El público observa y calla, y hasta los niños emulan el ademán de los matadores en la plaza. El vestido de torear se dice de luces porque gran parte de lo que sucede y conmueve exige que algo lo ilumine para poder ser visto. En esta parte observable caben todas las tauromaquias: de Goya a Picasso y hasta las fotos de un Ruven Afanador. Vamos a los toros a mirar, aunque lo más importante del rito jamás se deja ver del todo. 

Como saben las diosas antiguas, la verdad siempre se administró con un velo. En ese intersticio entre el mostrar y el esconder es donde se manifiestan los viejos secretos. El rostro tapado de Isis o el propio velo del templo nos invitan a intentar mirar más allá de donde alcanza la mirada. Lo que ocurre aquí y ahora siempre es el signo de otra cosa y, como en el refrán del tonto, el dedo y la luna, en la tauromaquia no deberíamos conformarnos con aquello que salta a la vista.

La del toreo es, ante todo, una verdad humilde y poderosa. Música callada, que dijera Bergamín. En ese orden secreto y oculto se aparecen las cosas importantes. Es el hambre del novillero pobre que se nutre de rabia y orgullo para completar el valor que le falta. Es la expectativa satisfecha o truncada, pero nunca confesada. El compás de un pasodoble que se siente hasta en el vientre sin que los ojos digan nada. Es también la satisfacción heroica de quien sabe que le espera una gloria que, pese a todo, siempre estará asediada por la amenaza del olvido. En esa dimensión oculta habita, asimismo, la envidia por ese compañero que sabes que es mejor que tú. 

La verdad invisible del toreo tiene que ver con ese leve estímulo —ni siquiera sabemos si sonoro— que solo se percibe en la solemnidad del silencio. Es el hermetismo en el que nos habla la conciencia y desde el que se ejerce la oración. También son invisibles el reburdeo de la bestia o el estruendo del portón con su golpe de madera. Es la verdad que anida en una boca seca por un pánico al que todavía es capaz de decir sí. Porque es en la parte no visible del toreo donde habita el miedo: ese Leviatán sin forma, olor ni tacto contra el que se levantaron los hexámetros de Homero y la esperanza de los dioses salvajes. 

A los toros se va a ver las cosas invisibles y a vencerlas. Son presencias que no se avistan, pero que organizan el sentido. Alguna vez, para entender, habría que ir a la plaza con los ojos tapados. A ver qué pasa.

 Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Diego S. Garrocho 

Diego S. Garrocho es profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor de Moderaditos. Una defensa de la valentía política (Debate: 2025), El último verano (Debate: 2023), Sobre la nostalgia (Alianza: 2019) y Aristóteles. Una ética de las pasiones (Avarigani: 2025). Fue jefe de opinión del diario ABC y actualmente escribe en la sección de opinión de El País y es colaborador en COPE. 211 TOROS NO

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