martes, noviembre 30, 2021

LIBRO: ¿CÓMO DEFENDER LA TAUROMAQUIA?

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Tauromaquia y Tragedia Antigua

La tauromaquia en su forma moderna (la formalizada en España en el siglo XVIII) es la única heredera verdadera de la tragedia antigua.

La tragedia nació en Grecia del canto de la cabra (tragos), el canto dionisíaco que celebra la vida y la muerte, que exalta la finitud de la vida humana, por tanto la mortalidad de los hombres, para que la muerte sea vencida en un acto de vitalismo. Un acto efímero y vano pero por eso mismo glorioso.

El centro de la antigua tragedia es el coro. Según la interpretación de Friedrich Nietzsche en El nacimiento de la tragedia desde el espíritu de la música (1872), la función del coro, antes de su decadencia que fue definitiva con Eurípides, fue empujar a todo espectador, con su música dionisíaca, a perder la sentido de la propia individualidad, abandonándose a una especie de éxtasis en el que la palabra (el logos) ya no tiene valor. Es la dominación en sí misma la que une a los seres humanos con otros seres, todos caracterizados por una existencia destinada a terminar.

El ser humano se distingue de los demás animales porque está dotado de logos, es decir, palabra y razón (la definición clásica es “hombre animal racional” porque ratio en latín es la traducción de logos). Sólo deshaciéndose del logos, en esa embriaguez estática que es enteramente musical y dionisíaca, el ser humano puede perder el sentido de su propia individualidad (el principium individuationis – según Nietzsche), abandonarse a su propia animalidad, sintiendo profundamente la propia finitud, vivir hasta el final en el dominio de la muerte hasta el punto de hacer que la vida gane.

El corazón de la antigua tragedia revive de manera paradigmática en el encuentro entre hombre y animal que es el centro de la corrida. En el escenario, como sabe todo aquel que tenga un mínimo de familiaridad con el rito taurino, hay un ser humano y un animal que en la mejor representación confluyen casi fundiéndose. El hombre, el matador, pierde gradualmente el logos asimilándose al toro. El toro, al cambiar su carga animal de rectilínea a curvilínea, asume gradualmente características humanas, asimilándose al hombre. Los dos actores se entregan el uno al otro, respirando juntos, bailando, superando la muerte. Es la figura del Minotauro la que se forma en el centro de la arena al final de una tragedia exitosa, cuando el último tercio de la ceremonia empuja a los espectadores al éxtasis, al llanto, a la pérdida del sentido de su individualidad, al abandono a la animalidad. Todos sabemos, nosotros los aficionados, cómo en esos momentos una profunda tristeza nos desgarra el pecho: es la muerte a la que todos estamos consignados como animales finitos. Sin embargo, junto con ese dolor, hay un vitalismo que nos empuja a la exaltación. Queremos abrazar a quien tengamos cerca, sean quienes sean – hombre, mujer, anciano, niño – para sentirnos unidos, todos animales mortales. No tenemos palabras para decir lo que sentimos. La palabra, el logos, ya no es necesaria. Todos estamos cerca, hemos visto al Minotauro en el escenario, es decir, el ser fantástico en el que los humanos nos miramos para encontrar nuestra animalidad. Sentimos la eternidad de lo efímero.

Entre las artes efímeras, la tauromaquia moderna es la que mejor que cualquier otra representación consigue dar la idea de lo eterno. Incluso en esta heredera de la tragedia antigua, la tauromaquia nos hace sentir que esa experiencia volátil, irrepetible y que no se puede agarrar a pesar de televisiones y videos de todo tipo, trastoca las coordenadas espacio-temporales hasta tal punto que se vuelve eterna. Porque los seres humanos, llamados “efímeros” por los antiguos poetas griegos, son los únicos seres eternos. Eternos porque son sagrados, porque son superiores a los dioses precisamente porque son efímeros, porque sus decisiones no son replicables, mientras que las de los dioses -por su inmortalidad- sí. La corrida de toros escenifica gestos efímeros, irrepetibles, en los que la muerte está a la vuelta de la esquina y por eso son gestos eternos.

En una época en la que el ser humano susurra palabras de compasión a cachorros y gatitos, humanizándolos, antropomorfizándolos, sin respetar por tanto su animalidad y la ausencia de logos; en un tiempo en el que el ser humano rechaza el enfrentamiento con la propia animalidad y con la naturaleza mortal que nos caracteriza a todos, encerrando la idea de la muerte en un espacio de vergüenza y ocultación; en una época en la que la vida no gana viviendo la muerte, sino que se engaña a sí misma para prevalecer tratando de anular el envejecimiento a través de prácticas grotescas de cirugía estética; en una época en la que la tragedia griega es una pesadilla y la gente prefiere animar a los jugadores que exaltan los deportes donde solo cuenta el dinero; en una época como ésta, en la que el ritual ya no tiene sentido y el éxtasis animal provoca miedo en lugar de restaurar el coraje; en un momento como este, nada más sencillo que la única verdadera heredera de la antigua tragedia esté siendo juzgada e incluso haya llegado al punto de pedirse su abolición.

Traducción realizada por Vicente Royuela

Tauromachia e Tragedia Antica

La tauromachia nella sua forma moderna (quella formalizzata in Spagna nel XVIII secolo) è l’unica vera erede della tragedia antica.

La tragedia nacque in Grecia dal canto per il capro (tragos), il canto dionisiaco che celebra la vita e la morte, che esalta la finitezza della vita umana, dunque la mortalità degli uomini, perché la morte sia sconfitta in un atto di vitalismo. Un atto effimero e vano ma proprio per questo glorioso.

Centro della tragedia antica è il coro. Stando all’interpretazione di Friedrich Nietzsche in La nascita della tragedia dallo spirito della musica (1872), funzione del coro, prima della sua decadenza che fu definitiva con Euripide, era quella di spingere ogni spettatore, con la sua musica dionisiaca, a perdere il senso della propria individualità, abbandonandosi a una sorta di estasi in cui la parola (il logos) non aveva più valore. A dominare era l’animalità che accomuna gli esseri umani agli altri esseri, tutti caratterizzati da un’esistenza destinata a finire.

L’essere umano è distinto dagli altri animali perché dotato di logos, ossia parola e ragione (la definizione classica è “uomo animale razionale” perché ratio in latino traduce logos). Solo liberandosi del logos, in quell’ebbrezza estatica tutta musicale e dionisiaca, l’essere umano può perdere il senso della propria individualità (Il principium individuationis – diceva Nietzsche), abbandonarsi alla propria animalità, sentendo profondamente la propria finitezza, vivendo fino in fondo nel dominio della morte al punto da far vincere la vita.

Il cuore della tragedia antica rivive in maniera paradigmatica nell’incontro fra uomo e animale che è il centro della corrida. In scena, come sa chiunque abbia una minima dimestichezza con il rito tauromachico, c’è un essere umano e un animale che nella migliore rappresentazione si uniscono quasi fondendosi. L’uomo, il matador, perde via via il logos assimilandosi al toro. Il toro, modificando la sua carica animale da rettilinea a curvilinea, assume via via caratteri umani, assimilandosi all’uomo. I due attori si danno l’uno all’altro, respirando assieme, danzando, vincendo la morte. È la figura del Minotauro quella che si forma al centro dell’arena al termine di una tragedia ben riuscita, quando l’ultimo terzo della cerimonia spinge gli spettatori all’estasi, alle lacrime, alla perdita del senso della propria individualità, all’abbandono all’animalità. Sappiamo tutti, noi aficionados, come in quei momenti una tristezza profonda ci lacera il petto: è la morte a cui siamo tutti consegnati in quanto animali finiti. Eppure, assieme a quel dolore, c’è un vitalismo che ci spinge all’esaltazione. Abbiamo voglia di abbracciare chi è vicino a noi, chiunque sia – uomo, donna, vecchio, bambino – per sentirci uniti, noi tutti animali mortali. Non abbiamo parole per dire quel che proviamo. La parola, il logos, non serve più. Siamo tutti vicini, abbiamo visto in scena il Minotauro, ossia l’essere fantastico in cui noi umani ci specchiamo per ritrovare la nostra animalità. Abbiamo sentito l’eternità dell’effimero.

Fra le arti effimere, la tauromachia moderna è quella che meglio di qualsiasi altra rappresentazione riesce a dare l’idea dell’eterno. Anche in questo erede della tragedia antica, la corrida ci fa sentire che quell’esperienza volatile, non ripetibile, non agguantabile nonostante televisioni e video di ogni tipo, scardina a tal punto le coordinate spazio-temporali da farsi eterna. Perché gli esseri umani, detti “effimeri” dai poeti antichi greci, sono gli unici esseri eterni. Eterni perché sacri, perché superiori agli dèi proprio in quanto effimeri, perché le loro decisioni non sono replicabili, mentre quelle degli dèi – per via della loro immortalità – sì. La corrida mette in scena gesti effimeri, non replicabili, in cui la morte è dietro l’angolo e proprio per questo sono gesti eterni.

In un tempo in cui gli esseri umani sussurrano paroline di compassione a cagnolini e gattini, umanizzandoli, antropomorfizzandoli, dunque non rispettandone l’animalità e l’assenza di logos; in un tempo in cui gli esseri umani rifiutano il confronto con la propria animalità e con la natura mortale che tutti ci caratterizza, rinchiudendo l’idea della morte in uno spazio di vergogna e nascondimento; in un tempo in cui la vita non vince vivendo la morte, ma s’illude di prevalere tentando di annullare l’invecchiamento attraverso grottesche pratiche di chirurgia estetica; in un tempo in cui la tragedia greca è uno spauracchio e si preferisce tifare per giocatori che esaltano sport dove conta solo il denaro; in un tempo del genere, in cui il rito non ha più senso e l’estasi animale mette paura anziché restituire coraggio; in un tempo così, niente di più semplice che l’unica vera erede della tragedia antica sia sotto processo e si sia arrivati al punto di chiederne addirittura l’abolizione.

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