viernes, diciembre 9, 2022

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No es por los toros

Como señala Julio César Olmedo, el toro embolado recrea hechos históricos reales acaecidos el año 97 a. C. en ‘Colenda’ y en ‘Cogium’, importantes ciudades vacceas que pudieron situarse entre los actuales términos de Cogeces, Santibañez y Traspinedo. El asedio de Tito Didio a dichas ciudades duró más de nueve meses y, en una de las batallas, sus habitantes reunieron todo el ganado de reses bravas y cubrieron sus astas con bolas de paja. De noche las prendieron y soltaron los toros entre las tropas enemigas, que huyeron despavoridas ante la visión de los toros embistiéndoles sin piedad con un aterrador fuego en los cuernos.

Lo cuenta en ‘Barcos en el páramo. Vacceos, los caballeros de Castilla’, que aún no está a la venta pero que les aseguro es uno de los libros más importantes editados en muchos años y va a poner ‘patas arriba’ la historia de esta tierra tal y como la conocemos. La anécdota anterior no es lo más importante que cuenta, ni mucho menos, pero tiene más trasfondo de lo que parece. Junto a otras evidencias que no voy a destripar ahora, Julio sugiere –demuestra– que los toros no son una reminiscencia del circo romano que entra en Hispania a través de su dominación, como se ha venido pensando hasta ahora, sino todo lo contrario: los romanos asisten los juegos ancestrales de los vacceos con los toros en el El Raso de Portillo y en las localidades de Tiedra y Tordesillas, entre otras, y los adoptan como propios. Es decir, la cría y sacrificio de reses bravas en espectáculos similares a los rejones de hoy es algo originalmente vallisoletano que se propaga junto a su ganado por todo el imperio romano y que deja tradiciones a su paso. Una de ellas, que los mozos se enfrenten a un toro para probar su valentía ganándose, así, su inclusión definitiva en el mundo adulto. Como el Mayo, son tradiciones vacceas. 

Porque eso es lo que somos fundamentalmente, vacceos romanizados y germanizados. Por eso, cuando vemos a cuatro iluminados intentando acabar con el Toro de la Vega, tengan claro que no están intentado salvar la vida de un animal que, de todas formas, será sacrificado como otros millones de animales cada segundo. Desde luego hay más muerte y brutalidad en un espeto de sardinas o en una cazuela de gambas al ajillo que en esta tradición milenaria de nuestra tierra que hace que el hombre se enfrente a un toro majestuoso, a pie, de uno en uno, con reglas duras y un reglamento nada arbitrario convirtiendo así al toro en un animal mitológico y sagrado. Al prohibirlo no se persigue el bienestar animal sino acabar con todo lo que nos une con nuestra historia, con nuestros antepasados y con la experiencia gloriosa de un pueblo que no solo recogió la cultura de los romanos, sino que también se la legó, en una relación bidireccional que cristalizó finalmente en un pueblo que llevaría su cultura, fe, idioma, leyes y visión del mundo a todo el mundo, cambiando para siempre la historia de la humanidad.

No quieren acabar con el Toro de la Vega ni con la tauromaquia. No quieren proteger a los animales. Quieren acabar con la libertad e imponer que el umbral de su sensibilidad se convierta en el umbral de lo permitido, de lo legal, lo cual abre la puerta a barbaridades y totalitarismos que hoy no pueden ni imaginar. Da igual que a usted le guste o no el Toro de la Vega. A mi no me gusta. Pero hay que luchar con uñas y dientes para que el criterio estético no sea fuente de derecho y para impedir que vengan cuatro locos a decir a nuestros abuelos cómo tienen que relacionarse con el planeta y con su tierra. Incluso con los polvorones, manda narices. Claro, luego pasa lo que pasa y llega Meloni, la gran obra de la izquierda. Y habrá que levantar la voz para que esa panda de analfabetos liberticidas no pueda jamás creerse por encima de mi tierra, de sus tradiciones y de la memoria milenaria de nuestros ancestros. Menos pancartas y más libros.


Columna de José F. Pelaez publicada originalmente en El Norte de Castilla el 29 de septiembre de 2022. Disponible haciendo (clic aquí).

José F. Pelaez es columnista de ABC, El Norte de Castilla y colaborador en Onda Cero.

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