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viernes, abril 12, 2024

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LDA. La lengua de los antitaurinos

La tragedia de Ucrania y los recursos propagandísticos del estado agresor confieren una actualidad terrible a la lección del gran filólogo alemán de la posguerra, Víctor Klemperer.  En su libro LTI. La lengua del Tercer Reich, éste puso en relieve el uso sesgado de la lengua corriente para fines propagandísticos de una política o ideología totalitaria, o simplemente globalizante.

El método consiste en aplicar a cualquier realidad que se quiere ensalzar, o por el contrario anular, un criterio exclusivo de juicio moral, a veces exactamente opuesto a la naturaleza de esta realidad (por ejemplo, en estos momentos, sostener a voces que la guerra de Rusia contra Ucrania es una batalla para acabar con el nazismo en este país).  

En tal sistema cada término escogido es un arma que permite reforzar la exaltación de lo “bueno” y la condena sin paliativos de lo “malo”. Se trata de una estrategia lingüística que ha sido muy aprovechada en los periodos en los que predominaban sociedades o poderes intolerantes. Hoy en día, hay que reconocer el talento particular de la militancia animalista para aplicar este método.

Esa ideología animalista exige la abolición de la corrida, meta compartida que se logró para todos los atropellos contra la humanidad eliminados por el progreso de la civilización (abolición de la esclavitud, de la tortura en los juzgados, de la pena de muerte…). Por ello, los que piensan que los toros son cultura no deben caer en la trampa de este término y sustituirlo de inmediato por el de prohibición, que se refiere a lo que está en juego en realidad, un acto de censura.

En este prisma de la inquisición animalista se considera a cualquier aficionado como a un asesino y, más a menudo, como a un torturador, sin que tales acusaciones despierten mayor indignación. ¿Hace falta recordar que la tortura supone a una víctima maniatada sin la menor posibilidad de defenderse y de reaccionar, mientras su verdugo queda plenamente a salvo? ¿De verdad, es lo que sucede con el toro bravo durante su lidia? ¿Acaso la distorsión de ese término no es un insulto, no sólo para los aficionados, pero sobre todo para aquellas personas que han sufrido tales horrores en la historia pasada y reciente?

Además de la ya mencionada, se puede observar otra estratagema a la que nos tienen acostumbrados los antis: negar, en su discurso, la existencia de una auténtica comunidad de aficionados (en otra esfera, incomparablemente más dramática, algunos, en este momento, utilizan el mismo artilugio para negar que un país agredido sea un conjunto de ciudadanos), una comunidad con sus sentimientos y sus valores tan respetables como los de otro grupo humano.

Afirman que los toros se mantienen tan sólo por obra y gracia del “lobby taurino”; o sea, un puñado de individuos arrinconados en la sombra y poco recomendables, únicamente movidos por el lucro. Por supuesto, en cuanto al movimiento animalista y antitaurino es pura calumnia pensar que está subvencionado, con algunos de sus militantes claramente remunerados, por lobbies multinacionales en busca de ciertos beneficios económicos, no siempre transparentes.

Llegamos al colmo cuando se manifiesta el buenismo de los que claman que su lucha antitaurina es una lucha en favor de los toros y de la vida. “¡Save the Bulls!” gritan sus huestes alzando brazos y manos, no queriendo darse cuenta de que, en caso de salir vencedores, esto llevaría de inmediato al matadero a la totalidad de los animales de raza brava, incluidos los becerros, los sementales y las vacas, que disfrutan en la dehesa de una vida mucho más holgada y duradera que cualquier otro bovino.

Cual sea el nivel de gravedad de las circunstancias y de los contextos, por medio del lenguaje, la propaganda, que siempre tiene su parte de manipulación, traspasa casi todas las fronteras. Es por sí misma un campo de batalla.


François Zumbiehl es catedrático de letras clásicas y doctor en antropología. Forma parte del consejo editor del Instituto Juan Belmonte.

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