domingo, mayo 22, 2022

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LDA. La lengua de los antitaurinos

La tragedia de Ucrania y los recursos propagandísticos del estado agresor confieren una actualidad terrible a la lección del gran filólogo alemán de la posguerra, Víctor Klemperer.  En su libro LTI. La lengua del Tercer Reich, éste puso en relieve el uso sesgado de la lengua corriente para fines propagandísticos de una política o ideología totalitaria, o simplemente globalizante.

El método consiste en aplicar a cualquier realidad que se quiere ensalzar, o por el contrario anular, un criterio exclusivo de juicio moral, a veces exactamente opuesto a la naturaleza de esta realidad (por ejemplo, en estos momentos, sostener a voces que la guerra de Rusia contra Ucrania es una batalla para acabar con el nazismo en este país).  

En tal sistema cada término escogido es un arma que permite reforzar la exaltación de lo “bueno” y la condena sin paliativos de lo “malo”. Se trata de una estrategia lingüística que ha sido muy aprovechada en los periodos en los que predominaban sociedades o poderes intolerantes. Hoy en día, hay que reconocer el talento particular de la militancia animalista para aplicar este método.

Esa ideología animalista exige la abolición de la corrida, meta compartida que se logró para todos los atropellos contra la humanidad eliminados por el progreso de la civilización (abolición de la esclavitud, de la tortura en los juzgados, de la pena de muerte…). Por ello, los que piensan que los toros son cultura no deben caer en la trampa de este término y sustituirlo de inmediato por el de prohibición, que se refiere a lo que está en juego en realidad, un acto de censura.

En este prisma de la inquisición animalista se considera a cualquier aficionado como a un asesino y, más a menudo, como a un torturador, sin que tales acusaciones despierten mayor indignación. ¿Hace falta recordar que la tortura supone a una víctima maniatada sin la menor posibilidad de defenderse y de reaccionar, mientras su verdugo queda plenamente a salvo? ¿De verdad, es lo que sucede con el toro bravo durante su lidia? ¿Acaso la distorsión de ese término no es un insulto, no sólo para los aficionados, pero sobre todo para aquellas personas que han sufrido tales horrores en la historia pasada y reciente?

Además de la ya mencionada, se puede observar otra estratagema a la que nos tienen acostumbrados los antis: negar, en su discurso, la existencia de una auténtica comunidad de aficionados (en otra esfera, incomparablemente más dramática, algunos, en este momento, utilizan el mismo artilugio para negar que un país agredido sea un conjunto de ciudadanos), una comunidad con sus sentimientos y sus valores tan respetables como los de otro grupo humano.

Afirman que los toros se mantienen tan sólo por obra y gracia del “lobby taurino”; o sea, un puñado de individuos arrinconados en la sombra y poco recomendables, únicamente movidos por el lucro. Por supuesto, en cuanto al movimiento animalista y antitaurino es pura calumnia pensar que está subvencionado, con algunos de sus militantes claramente remunerados, por lobbies multinacionales en busca de ciertos beneficios económicos, no siempre transparentes.

Llegamos al colmo cuando se manifiesta el buenismo de los que claman que su lucha antitaurina es una lucha en favor de los toros y de la vida. “¡Save the Bulls!” gritan sus huestes alzando brazos y manos, no queriendo darse cuenta de que, en caso de salir vencedores, esto llevaría de inmediato al matadero a la totalidad de los animales de raza brava, incluidos los becerros, los sementales y las vacas, que disfrutan en la dehesa de una vida mucho más holgada y duradera que cualquier otro bovino.

Cual sea el nivel de gravedad de las circunstancias y de los contextos, por medio del lenguaje, la propaganda, que siempre tiene su parte de manipulación, traspasa casi todas las fronteras. Es por sí misma un campo de batalla.


François Zumbiehl es catedrático de letras clásicas y doctor en antropología. Forma parte del consejo editor del Instituto Juan Belmonte.

4 Comentarios

  1. Magnifico artículo de Francois Zumbiehl. Es interesante anotar que Joseph Goebbels (¿el primer animalista?) trataba dentro de la Plataforma Política del Tercer Reich la ideología animalista y los Nazi promocionaron una legislación a respecto que, por ejemplo, prohibía cocinar a las langostas en agua herviendo sin matarlos previamente . Juan Eslava Galán, documenta, en su ENCICLOPEDIA NAZI CONTADO PARA ESCÉPTICOS la protección de los animales en contraste con el exterminio de los Judíos. William Masterson

  2. Esclarecedor artículo. François da en la diana despojando a los llamados animalistas de sus buenas intenciones ya que por el contrario continúan con la vieja tradición del fraude lingüístico.

  3. La gran mentira consiste en hacer creer que el “animalismo” supone un progreso moral equivalente o superior al que supuso la abolición del esclavismo. Como señala el señor Masterson (si es que no es un seudónimo), la talla moral del animalista Adolf Hitler, vegetariano además, y su secuaz Himler (que vomitó tras ver una corrida en las Ventas) queda manifiesta cuando al mismo tiempo que desarrollaban leyes para proteger el medio ambiente y animales, además de la de la langosta mencionada en el comentario anterior, otras sobre cómo herrar caballos para hacerles menos daño, estaban, al mismo tiempo, digo, investigando sobre cuál sería el medio más eficaz y rápido para hacer desaparecer a millones de judíos.
    No voy a incurrir en el desatino por ello de calificar como nazis a los animalistas (lo que no dudo que ellos harían si se hubiera dado el improbable caso de que los mencionados jerarcas hubieran sido aficionados a los toros), pero desde luego de ningún modo vamos a aceptar que la ideología animalista suponga un “progreso moral” de los seres humanos. No, un animalista por ser tal, no es mejor persona que un aficionado a los toros.

  4. Inteligente análisis de la cuestión. Salvemos a los toros.
    ¡Fuera complejos y ocultaciones sobre nuestra afición!
    Seamos conscientes de nuestra responsabilidad por salvar un gran valor cultural que proviene de mitológica tradición y que se embellecerá más y más si sabemos exigir, al mismo tiempo, el toro fuerte, íntegro, digno oponente de la técnica, el valor o el arte de los toreros.
    Y lo mismo para los cientos de fiestas populares en las calles que tienen al toro como protagonista.

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