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viernes, abril 12, 2024

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Defensa desapasionada del arte de torear

La tauromaquia debe aprovechar nuevas retóricas narrativas que defiendan su carácter mítico

La de los toros es una fiesta antigua en la que un hombre se viste de lunares, se pasea con andares de bailarina clásica y se cita para bailar con un animal, una pieza a veces deslumbrante. Siempre distinta, siempre igual, como la vida misma. Es una manifestación problemática porque va contra los principios fundamentales de la época, y conviene escuchar a sus detractores. Pero también hay motivos para defenderlas.

Los toreros encarnan una serie de valores en desuso en nuestra sociedad, lo que explicaría a mi juicio el declive de la fiesta. Basta ver la actitud de un matador, su manera de afrontar el riesgo, su sentido del sacrificio y del deber, su reacción tras recibir una cornada grave, y compararlo con lo que son formas de actuar corrientes en un campo de fútbol.

El jugador se tira al suelo para simular una falta o mete un gol con la mano si el árbitro no lo ve, y en el caso de lesión su retirada aparatosa poco tiene que ver con la gallardía y el empaque con que el torero afronta una cornada. No hay que ser un lince para constatar que esta sociedad se mueve mejor en ese juego de trampas, grandes o pequeñas, metaforizadas por el fútbol que en el compromiso del héroe taurino. Eso sin olvidar que a mucha gente le disgusta todo aquello que tiene connotaciones rituales.

«El peligro no es sucumbir ante el coro de los corazones piadosos, sino ser incapaces de entender el mito»

Es evidente que el toreo es una ceremonia en la que los matadores son los oficiantes. Me parece que es esa raíz la que casa mal con los nuevos vientos. Por lo demás, no seré yo quien niegue la crueldad de la fiesta. Además, reconozco que muchas corridas son aburridas, sin misterio al que agarrarse.

Ahora bien, en tardes de gracia e inspiración, el dibujo de un diestro delante de los cuernos de un toro puede alcanzar cimas sólo traducibles al lenguaje poético. Lorca puso música en el estruendo de las cinco de la tarde. Alberti se secó el llanto en un pañuelo torero y dulzón. Bergamín surcó las aguas de un océano de furia y dejó escrito un concierto de música callada. Sus versos siguen viviendo, pero hay que rescatarlos de los libros.

Si desaparecen los toros no será por las manifestaciones hostiles de los anti, sino por falta de fe de los partidarios, porque se pierdan las palabras que sostienen la trama de lo inverosímil. El peligro no es sucumbir ante el coro de los corazones piadosos, sino ser incapaces de entender la naturaleza del mito. Un futuro taurino será posible si se sacude el polvo de los viejos tópicos y se abre camino una nueva retórica, en la que haya un sitio para los hombres que dibujan leones blancos en la arena del tiempo.


Juan Antonio Tirado es redactor de Informe Semanal.

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