Escribir de toros es defender el mundo, no contarlo. Uno solo cuenta las cosas que no le importan: los días, los minutos, las ovejas cuando no concita el sueño. El periodista del toro no es un constatador de las realidades. Va, ve y cuenta, pero todo absolutamente pasa por su visión del toro, que es su visión del mundo, esto es por su punto de vista irrenunciable e inconquistable de las cosas. Toreros hay muchos, tantos como formas de vivir, pero cada uno tiene la suya preferida y es su deber defenderla a capa y espada, nunca mejor dicho. Vengo aquí a sospechar de la gente a la que le gustan todos los toreros como de los que les gustan todas las personas. No: si todos los hombres son tus amigos, significa que no tienes amigos.
El periodista taurino, más aún el cronista taurino, defiende lo suyo, que es su mirar, su perspectiva del conjunto de la realidad muchas veces heredado de sus mayores y, en último orden de cosas, su concepción del cosmos. Debe resultar inconquistable, incorregible y testarudo, cegado al fin y al cabo por su visión de lo que representan el bien y el mal. Siempre renegué de los que cuentan el mundo como si solamente pasara por sus ojos y no por su corazón. La fiesta de los toros no se dirime en una oreja más o una oreja menos. Permanece en la superficie cuando ordena el logos de la plaza con leyes euclidianas en cuyo cumplimiento se suceden tantos pases a tal altura, tal cadencia, tal velocidad, tal profundidad en estos u otros terrenos. Ahí no sirve, porque no se desarrolla, más bien permanece, sin alcanzarla, en la espuma de una realidad que permea los sótanos del hombre y toca fibras profundísimas que son origen, más allá del gozo o la falta de agrado en la contemplación del hecho que sucede en la plaza, de un arco de sentimientos que va de la ira más fogosa a la exaltación de la alegría más profunda, la vergüenza del otro que a veces se hace insoportable, o ese hastío existencial.
El orden del toro despierta emociones profundas en el hombre, que siente alterada o confirmada su visión del universo. Cuando lo que uno cree y lo que uno ve coinciden, se enciende el milagro de la fiesta, íntimamente ligado a la verdad del ser. Muy en contra de la noción del toro como una fórmula desapasionada, explica como representación de todos los mecanismos que mueven el devenir del hombre y por tanto, cada detalle resulta crucial en la celebración o en la ofensa del devenir de la faena.
En un mundo en el que el consenso en las realidades más obvias se hace imposible, el cronista, que es un aficionado con cuatro columnas en el periódico del día siguiente, se mueve alrededor de la triada platónica de la exigencia —y por tanto la creencia—, de lo bello, lo bueno y lo verdadero que es, como el toro, reflejo de las ideas eternas.
Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025
Chapu Apaolaza
Chapu Apaolaza (San Sebastián, 1977) es periodista licenciado por la Universidad de Navarra, conocido por su estilo narrativo ágil, lleno de ironía y profundidad. Su carrera comenzó en Vocento (2004), donde participó en el lanzamiento de La Voz de Cádiz y luego trabajó como reportero y enviado especial cubriendo sucesos como los atentados de París y Bruselas. Colabora regularmente con medios como Onda Cero (La brújula) y Diario de Navarra. Además, es columnista y editorialista de ABC y colabora como analista político en La Sexta y Telemadrid. Autor del libro 7 de julio —una reflexión literaria sobre el encierro de Pamplona—, ha sido galardonado con el Premio Internacional de Periodismo Manuel Alcántara (2011), el Premio de Defensa (2006) y el Premio Unicaja (2018). Además, fue portavoz de la Fundación Toro de Lidia (2018-2022), donde promovió un debate reflexivo sobre la tauromaquia




