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sábado, mayo 2, 2026

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No sé nada de toros

No sé nada de toros. Tampoco entiendo lo suficiente como para escribir un artículo sobre toros. 

Lo que sí me pasa es que cuando algo ocurre en la plaza —un buen tercio de varas, un derechazo, unas chicuelinas— me emociono. Algo se me encoge en el estómago y me sube a la garganta, como cuando estás a punto de llorar o de hartarte de reír. 

Cuando alguien a quien no le gustan los toros me pregunta por qué voy —o intento ir— a los toros, me gustaría hablarle de estas sensaciones, pero sé que no lo entendería. Como la caza —y a mí me gusta mucho la caza— cuesta justificar la muerte de un animal, ya sea por diversión, por arte o… por salud. (Acuérdense de que en las encuestas muchos se declaran en contra de la investigación con animales, y de la que se montó con el perro Excalibur durante la crisis del ébola de 2014). 

En estos tiempos es difícil justificar la muerte de un toro; por eso prefiero defender la vida que tiene hasta que sale al albero. Dejemos de lado —que ya lo sabemos— el argumento de que los toros no existirían sin la fiesta. Es manido. Además, quienes lamentan cada día la extinción de la mariposa de Canadá dicen que les importa un bledo que desaparezca un animal diseñado genéticamente para embestir y, si puede, matar. 

A mí me gusta la vida de los toros bravos. La mirada noblota que tienen en el campo, o cuando los jaboneros corren por las marismas. Me encanta verlos tranquilos, con esa autoridad que dan el silencio y lo desconocido, junto a sus pares. Y pienso en los cuidados que reciben los toros hasta que alcanzan la edad adulta. O en cómo a las madres se las mima y se las conoce, para tratar de resolver un misterio que solo se desvela, de verdad, en la plaza, cuando el toro embiste. 

Una vez vi una foto de un toro bravo en un matadero. Ahí estaba, con la mirada del misterio intacta, esperando la muerte fría. Sin lucha. Sin embestir. Sin posibilidad. Era la crisis de 2008 y no había dinero para mantener las ganaderías. Un toro bravo no merece morir así. 

El argumento ecologista siempre me ha parecido el mejor para hablar con quienes detestan los toros. Explicarles el arte, el nudo en la garganta, el olor y los sonidos de la plaza es más difícil. Y ya si te metes en los trincherazos de Curro Romero, los momentos de Paula, los estoconazos de Joselito… es una tarea imposible. Eso no se comprende ni se explica. Se sabe. 

A lo mejor sí sé de toros. 

 Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Emilia Landaluce 

Emilia Landaluce Galbán (Madrid, 1981) es una periodista y escritora española destacada en el ámbito cultural y social. Licenciada en Periodismo, comenzó su carrera en ABC antes de incorporarse a El Mundo, donde actualmente es columnista y dirige el suplemento La Otra Crónica (LOC). Además de su labor periodística, Landaluce ha publicado varios libros, entre ellos Jacobo Alba, una novela histórica sobre el padre de la duquesa de Alba; No somos fachas, somos españoles, una reflexión sobre la identidad española; y Comerse Madrid, una guía gastronómica que combina crónicas personales con recomendaciones culinarias. En 2024, fue galardonada con el Premio Jaime de Foxá en la categoría de periodismo venatorio por su artículo «Los ojos blancos de las ciervas en la jaula», publicado en El Mundo. Landaluce también es comentarista habitual en programas como Es la mañana de Federico en esRadio y La brújula en Onda Cero

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