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martes, octubre 27, 2026

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El desafío de la contracultura en el nombre de Morante

Consciente o no Morante ha resuelto, sin proponérselo, la paradoja de convertir la tauromaquia en una vanguardia. Era el territorio de lo pretérito, el refugio de la nostalgia, el museo viviente que se resistía a la modernidad. Y, sin embargo, bastó su figura para invertir la ecuación, para revelar que lo antiguo podía resultar subversivo, que lo anacrónico podía resonar como una forma de contracultura. Ningún estratega del marketing, ningún gobierno taurino, ningún congreso académico hubiera conseguido lo que se obra en el instante en que Morante se entrega al capote. Un pellizco de autenticidad basta para que los jóvenes, descreídos de todo lo demás, encuentren en él un motivo de fe. No lo ven como la repetición de una liturgia heredada, sino como el acto irreverente de un artista que, contra el viento de la época, decide torear con la pureza de los antiguos y la insolencia de los modernos. 

No se trata de la defensa de un folclore, ni siquiera de la reivindicación de una tradición maltratada. Morante es revulsivo porque rompe las lógicas de la complacencia y de la decadencia, porque arranca a la Fiesta del sopor y la conduce al vértigo de lo inesperado. El toreo vuelve a ser riesgo, trance, delirio, cuando parecía condenado a la repetición. Y esa condición insurrecta, más que el recuento de trofeos o la regularidad de las temporadas, es la que ha terminado convirtiéndolo en un ídolo juvenil. Los muchachos lo siguen como se sigue a un músico maldito o a un poeta visionario. Ven en él lo que no encuentran en ninguna parte: la radicalidad de lo verdadero, la fulguración de lo irrepetible. 

Morante se inscribe así en la genealogía de los grandes transgresores, de los artistas que convirtieron su época en una revuelta estética. Dalí lo hizo con la pintura, Camarón con el flamenco, Miles Davis con el jazz. Cada uno de ellos desmanteló las formas aprendidas para devolverlas transformadas, y en ese gesto hallaron el pasaporte a la eternidad. Morante lo hace desde el ruedo, con la misma ambición de trascender y con la misma fatalidad de pagar el precio del rechazo. Su toreo no es para todos, ni pretende serlo. Exige un grado de fe, un grado de abandono, un grado de comprensión que no admite rebajas. Pero quienes lo alcanzan saben que no hay nada parecido en la escena cultural contemporánea. 

En esa dislocación reside su carácter contracultural. Mientras la política se degrada en espectáculo, mientras las redes sociales banalizan la comunicación, mientras el arte contemporáneo se enreda en imposturas, Morante ofrece la violencia de la verdad. No calcula, no administra, no se somete a los tiempos del mercado. Se rige por un calendario interior, por un ánimo que fluctúa entre la genialidad y la ausencia, por una mística que convierte cada tarde en posibilidad de resurrección. 

No extraña, entonces, que se hable de él como del mejor torero de todos los tiempos. La hipérbole tiene algo de herejía y algo de justicia. Porque la historia de la tauromaquia está habitada por Belmonte, por Manolete, por Ordóñez, por José Tomás. Pero ninguno de ellos tuvo que lidiar con el descrédito contemporáneo, con la hostilidad política, con la incomprensión mediática. Ninguno se enfrentó a la misión de revivir la Fiesta en una sociedad que ya la había enterrado. Morante no solo la mantiene viva, sino que la eleva a categoría de arte moderno, la sitúa en diálogo con la pintura, con la música, con la literatura. La devuelve al presente en forma de transgresión, como si el toreo fuera una performance radical capaz de resistir al consenso de la corrección. 

Lo más asombroso es que todo esto sucede sin manifiestos, sin proclamas, sin teorías. Morante no necesita justificarse. No escribe tratados ni convoca asambleas. Su manifiesto es la plaza. Su teoría, el capote. Su filosofía, el abandono de la cintura. Y en ese silencio está la fuerza de su revulsivo. Lo que otros intentarían explicar con discursos, él lo resuelve con un gesto. Una verónica suya basta para comprender por qué los adolescentes llenan las plazas, por qué las universidades lo reverencian, por qué la crítica no tiene más remedio que reconocer en él un fenómeno cultural. 

Morante es, al cabo, el torero de los jóvenes porque representa aquello que ellos buscan sin saberlo: una autenticidad radical, una expresión sin filtros, una transgresión que no necesita consignas. Lo siguen como se sigue a un profeta que no dicta sermones, sino que abre caminos. Y ese magnetismo no depende de la tauromaquia, ni siquiera de España. Es la condición universal de los artistas verdaderos: convertir lo particular en absoluto, lo efímero en eterno. 

Si la tauromaquia debía morir, al menos encontró en Morante su último relámpago, su sacramento definitivo, su herejía más luminosa. Y si, contra todo pronóstico, logra sobrevivir, habrá que reconocer que lo hizo porque Morante la rescató del museo y la arrojó a la modernidad. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Rubén Amón 

Rubén Amón (Madrid, 1969) es un periodista y escritor español con una destacada trayectoria en los medios de comunicación. Licenciado en Periodismo, comenzó su carrera a los 18 años en Antena 3 Radio. Posteriormente, trabajó en El Mundo como redactor de Cultura, enviado de guerra en los Balcanes y corresponsal en Roma y París. También ha colaborado en El País, Cambio 16, Jot Down y medios internacionales como Libération, Corriere della Sera y Reforma de México. Actualmente es columnista en El Confidencial. En radio, es conocido por su participación en Más de uno y La Cultureta en Onda Cero, donde dirige y presenta el espacio La Cultureta Gran Reserva. En televisión, ha sido colaborador en programas como Espejo Público y es colaborador semanal de El Hormiguero de Antena 3. Como escritor, ha publicado varios ensayos, entre ellos Tenemos que hablar (2024), que defiende el arte de la conversación en tiempos de hiperconexión y censura, o El fin de la fiesta. 

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