Update cookies preferences
miércoles, octubre 28, 2026

Un centro de pensamiento y reflexión de la

InicioPublicacionesBlogDiez años de Cazarrata, el toro-protesta

Diez años de Cazarrata, el toro-protesta

Alrededor de las ocho y diez post meridiem del último día de mayo de 2016, todavía con el sonido de los clarines que habían dado el tercer aviso y el de los cencerros de los cabestros que habían devuelto a Luvino a los corrales resonando en nuestros oídos, la tablilla nos anunció la inminente salida al ruedo del número 45 de Saltillo. Un cuatreño de 503 kg, que alcanzaba su quinta primavera y llevaba por nombre Cazarrata. El sol todavía aguantaba por encima de la línea del horizonte, pero la sombra avanzaba definitivamente por la piedra caliza hacia el tendido siete cuando el cuarto Saltillo pisó el ruedo de Las Ventas: cárdeno claro, bragado, meano y axiblanco; más rematado que los escurridos hermanos que le habían precedido, al ser algo más bajo, con la testuz uniforme y el hocico afilado típico de su encaste; corniabierto y con una mirada aviesa, como si anticipase el lugar y lo que cabía esperar de aquellos con los que iba a encontrarse en aquel redondel. Frenó en seco en su acometida las dos primeras veces que Sánchez Vara le presentó el capote y la tercera se tiró contra su pecho sobre el pitón derecho, haciéndole saltar al callejón tras abandonar el percal. Las cartas boca arriba.

Durante el primer tercio, Cazarrata campó a sus anchas por el ruedo, remoloneando huidizo indistintamente ante el jaco de Isidoro Rubio y el de Francisco José Navarrete, si bien en la primera entrada se llevó un breve puyazo del primero y en la cuarta incursión otro, además de un par de picotazos entre medias, tras haber estado jugando al gato y al ratón. Pobre balance, pero suficiente tantas veces con otras ganaderías cuando se busca no minar más la evidente condición feble del toro. Sin embargo, esta vez asomó implacable el pañuelo rojo que decretaba el castigo de las banderillas negras, un tercio más largas que las ordinarias y provistas de un arponcillo cuatro milímetros más ancho. Rubio le dijo a su jefe que lo sentía¹ y le deseó suerte, antes de retirarse sobre el jaco. Sánchez Vara les dijo «haced lo que podáis»² a sus peones antes de que encarasen el segundo tercio. Cazarrata desarmó a Alberto Rodríguez en su primer intento de ponerlo en suerte para sus compañeros, que tras media docena de pasadas, varias en falso, consiguieron dejar cuatro palos (uno de Javier Ortiz y tres de Raúl Ramírez, dos de una meritísima pasada). El bicho, que ya había exhibido su pregonada mansedumbre y una capacidad de orientación paranormal en el primer tercio, tomó los arpones de castigo sin la menor protesta, mostrando también casta.

Sin demorarse, Sánchez Vara marchó resuelto con la muleta hacia su adversario, que pasó de largo los tres primeros intentos de endilgarle un muletazo. Sobre las piernas consiguió que tomase uno casi con el pico, errando los demás. Tras un sentido resoplido y un «su puta madre» masticado entre dientes, Sánchez Vara marchó a por el estoque y, cuando regresó a la cara del toro, con el oficio sedimentado durante años por esas plazas de Dios y talanqueras, en un decir amén cuadró al toro de un lacónico telonazo y cuarteando en largo le recetó una media tendida tan delantera como efectiva. Todos en la plaza comprendimos que lo que acabábamos de presenciar no era bello ni necesitaba serlo. Habíamos experimentado algo distinto, que intuíamos de algún modo sublime en el sentido que fijó Burke en 1757: «Todo lo que es a propósito para excitar las ideas de pena y de peligro, es decir, todo lo que de algún modo es terrible, es un principio de sublimidad (…) produce la más fuerte emoción que el ánimo es capaz de sentir»³. El tercer puntillazo terminó con los quince minutos de vida pública de Cazarrata sin que este hubiese abierto la boca. Habían pasado 169 segundos desde el primer trapazo de Sánchez Vara.

«Estoy como una olla express», soltó Sánchez Vara, antes de que le preguntasen, en cuanto le pusieron el micrófono los de la tele. Y añadió: «tenía síntomas de estar toreado», pero sin terminar de afirmarlo, consciente de la gravedad que supondría semejante acusación. El toro fue arrastrado en medio de una gran bronca. En la narración para televisión Emilio Muñoz dijo que él no se hubiera puesto delante de un toro así, que hubiera preferido que lo hubieran llevado a comisaría. Casas, reflexivo y melodramático, se preguntó si un espectáculo así era acorde para una plaza de la importancia de Las Ventas. El ganadero, Moreno Silva, no sabemos si para salir del paso ante lo que sospechaba se le venía encima o porque realmente había sucedido así, no tardó en decir que el comportamiento de los toros esa tarde, del que Cazarrata era el buque insignia, se pudo deber a una vacuna administrada para tranquilizarlos, reprobable proceder, pues se habría alterado químicamente el comportamiento natural del toro de lidia.

La prensa de la mañana siguiente continuó la demolición en sus crónicas, acaparando Cazarrata todos los vilipendios: «No se le recordará más que por ser un criminal»⁴, «No había quien se pusiera delante. Atacaba el cuerpo como un tigre»⁵, «Ilidiable (…). Episodio deleznable»⁶ y «Cazarrata cazaba toreros»⁷. Sin embargo, en las crónicas de los aficionados se podía rastrear, entre tanta negatividad, cierta admiración por su comportamiento indómito: «manso pregonado, durísimo, orientado, listo, con la cara por las nubes… Imposible»⁸, «Nadie en la plaza se hubiera cambiado por Sánchez Vara»⁹. Con el paso de los días, todo el oprobio lanzado contra Cazarrata le serviría de combustible para empezar a tejer su leyenda. Cuanto peor, mejor. Un toro al que tantos catalogaban de ilidiable desafiaba el viejo axioma de que «todos los toros tienen su lidia» y dejaba patente su excepcionalidad.

En la piedra, esos quince minutos se vivieron como una catarsis que tenía algo de inaugural, pues los aficionados no habíamos visto algo así sobre el ruedo de Las Ventas y el público ocasional menos, de modo que durante ese rato nos habíamos igualado ambos a esos turistas orientales que presencian lo que acontece en la plaza con la boca abierta porque todo es nuevo para ellos. Y así empezó a fraguarse la leyenda de Cazarrata, apoyada en una imbatible iconografía que sería amplificada, una y otra vez, por las redes sociales: la imagen cerril de Cazarrata tomada por Ana Escribano se convirtió en un icono irresistible que hoy en día se sigue usando: indomeñable, con el capote hecho jirones colgando de su pitón derecho, las cuatro banderillas negras mal repartidas y medio estoque tendido asomando, mientras pisa parte del percal, como si no le bastase con haberlo destrozado y necesitase también pisotearlo. Ese bovino silvestre pasa a ser una suerte de Bos taurus primigenius en el imaginario del aficionado, o cuando menos uno de esos toros decimonónicos sobre los que ha leído, que inmediatamente le cae en gracia por haber recuperado emociones perdidas, pero también por llevar la contraria y molestar. La percepción va cambiando rápidamente, de forma que el propio Sánchez Vara cuenta que en la corrida de Carcasona10, menos de tres meses después, advierte que la gente solo habla de Cazarrata y de la suficiencia que él había demostrado para evitar que terminase en los corrales. La bola de nieve siguió creciendo y dos años después ya podemos encontrar al ganadero subiéndose al tren en marcha: «Cazarrata ha sido un toque de atención a la conciencia del estamento taurino»¹¹. Lejos quedan ya las vacunas, de las que Sánchez Vara acabará hasta haciendo guasa, apuntando a que si Cazarrata llevaba puesta una vacuna, el antídoto para ella era él¹².

«Porque sé quién eres tú puedo saber quién soy yo», le dice el personaje de Samuel L. Jackson al de Bruce Willis al final de la película El protegido, cuando ya ha quedado definitivamente establecido que, si este posee superpoderes, tiene que ser un superhéroe, y su adversario, que es él, solo puede ser un supervillano. De igual forma, pero a la inversa, sucedió cuando Sánchez Vara se encaminó con la muleta en la mano a buscar a Cazarrata. Puesto que en los dos primeros tercios aquel toro había quedado investido del papel de villano, quien estuviese frente a él, antes de hacer absolutamente nada, solo podía responder al arquetipo del héroe, pues el villano y el héroe se definen por oposición, completándose. Y con Sánchez Vara terminó sucediendo lo mismo que con su adversario: su figura fue creciendo hasta encarnar el prototipo del torero-héroe. Claro que ya toreaba ganaderías duras antes, pero no era el único. A partir de ese momento, Sánchez Vara entra en una categoría superior y él mismo acaba por ser consciente de ello y se ve impelido a buscar nuevos retos a la altura del antagonista de Cazarrata, como el de matar los toros de Casta Navarra a partir de 2021 —lo que resultará decisivo para recuperar este encaste—. Porque Cazarrata no murió en 2016: siguió acompañando a Sánchez Vara y lo hará hasta el día en que se corte la coleta, como una indeleble presea que lo distingue de los demás toreros. El culmen de la Odisea post-Cazarrata de Sánchez Vara llegó al final de la canícula de 2024, cuando en tres jornadas consecutivas se enfrentó a dos toros de Palha, dos de Saltillo y seis de Reta en solitario. Transfigurado ya en Ulises, su grandeza no vienedada únicamente por sus poderes o habilidades, sino por la dimensión de los peligros a los que se enfrenta. La manifestación de su arte es valleinclanesca, tal como este la definió al referirse a la Fiesta: «Cuanto mayor es el peligro del torero, mayor es la amenaza de tragedia y más grande es la manifestación de arte»¹³.

Para terminar de completar el puzle de Cazarrata hay que encajar la pieza de Cobradiezmos, pues ambos son los dos toros más famosos en lo que va de siglo y funcionan por oposición de contrarios. Cobradiezmos fue indultado en La Maestranza cuarenta y ocho días antes de la lidia de Cazarrata en Las Ventas. Sus virtudes son de sobra conocidas, pues también se ha convertido en un icono, en este caso de la tauromaquia moderna: una máquina de embestir en el último tercio por los dos pitones con entrega, humillación y una nobleza extrema, pues acabó embistiendo igual que empezó, sin orientarse. Algo que, tratándose de un Victorino, no terminó de convencer a los aficionados más recalcitrantes.

Ocho meses antes que Cazarrata había pisado el ruedo de Madrid Viergado, el toro de Saltillo más bravo lidiado en Las Ventas durante este siglo: empujó contra las tablas al picador en la tercera entrada al caballo y fue desbordante en la muleta. Un toro de bandera para el aficionado, con un desempeño superior en el primer tercio —el que mide la bravura— al de Cobradiezmos, pero cuya fama nunca pudo acercarse a la de este. Mas donde no pudo llegar Viergado, que se había lidiado en temporada y sin tele, llegaría un marrajo como Cazarrata, constituido en una enmienda a la totalidad de las virtudes del toro moderno, pues no tenía un ápice de ninguna de ellas, encajando a la perfección en la definición que Paco Media-Luna diera en su diccionario cómico-taurino de 1883 para esta clase de cornúpetas: «toro de sentido que le quita los cinco al diestro»14. Además, Viergado compartía virtudes con Cobradiezmos, toros bravos ambos aunque el Saltillo no fuera tan noble. Por todo ello tenía que ser Cazarrata el que se erigiese en la némesis de Cobradiezmos, con el que no compartía más que la pertenencia a la raza bovina, levantándose como un toro-protesta, que es como Cazarrata ha funcionado y lo sigue haciendo: como una enmienda a la decadencia del toro de lidia actual, a la uniformidad y previsibilidad de su comportamiento, a su extrema nobleza y su carencia de empuje. Todo ello cristaliza en una tauromaquia sin emoción que trata de justificarse exclusivamente con la estética. Justamente todo lo contrario de lo que Cazarrata ofreció durante quince minutos: emoción a raudales sin ninguna estética. Cobradiezmos es Batman, con su poderosa imagen proyectada sobre el cielo del Gotham Taurino, y Cazarrata es el Joker, un agente del caos que irrumpe en la ciudad sin haber sido invitado. Por eso, diez años después, allá donde un toro con la lengua fuera persigue dócilmente y con trote cochinero una muleta por trigésimo novena vez, la alargada silueta de Cazarrata asoma.

Notas

1. Francisco Larrad Pérez, «Sánchez Vara. 25 años de alternativa: valor y verdad», Guadalajara, Aache Ediciones, 2026, p. 92.

2. Ibídem.

3. Edmund Burke, Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y lo bello, trad. de Juan de la Dehesa, Alcalá de Henares, Oficina de la Real Universidad, 1807, parte I, sección VII, p. 37.

4. Patricia Navarro, «De cómo salir vivo de una corrida criminal», La Razón, 31 de mayo de 2016.

5. Zabala de la Serna, «Saltillo: una infumable y montaraz moruchada de talanqueras», El Mundo, 31 de mayo de 2016.

6. Íñigo Crespo, «Mansada de Saltillo en Madrid», Aplausos, 31 de mayo de 2016.

7. Juan Diego Madueño, «Una impresentable moruchada de Saltillo apuntilla San Isidro», El Español, 1 de junio de 2016.

8. Alejandro Martínez, «Un viaje al pasado», Por el pitón derecho, 31 de mayo de 2016.

9. José Ramón Márquez, «Saltillo/Moreno Silva. De repente, la única verdad de la tauromaquia: el toro de lidia. Cazarrata», Salmonetes ya no nos quedan, 1 de junio de 2016.

10. Francisco Larrad Pérez, «Sánchez Vara. 25 años de alternativa», p. 92.

11. «Saltillo, 100 años de casta», Asociación Cultural Taurina El Álamo, 15 de noviembre de 2018. Crónica de una tertulia con José Joaquín Moreno de Silva:                                                                               https://asociacionculturaltaurinaelalamo.blogspot.com/2018/11/saltillo-100-anos-de-casta.html

12. Larrad Pérez, «Sánchez Vara. 25 años de alternativa», p. 93.

13. Jotapé, «Valle-Inclán y los toros», La Lidia, 26 de abril de 1915. Transcripción de una conversación de sobremesa mantenida con Ramón María del Valle-Inclán y Sebastián Miranda, en la que este preguntó al escritor si había arte en los toros.

14. Paco Media-Luna, Diccionario cómico-taurino, escrito para los diestros que lo necesiten (que son muchos), Madrid, Establecimiento Tipográfico de El Toreo, 1883, voz «Marrajo».

Más vistos