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martes, octubre 20, 2026

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La precisión del silencio

Me vio en cosas de calle y el matador de toros sacó a mientes una tarde de fracaso, en la que sintió una punzada de soledad bulliciosa. Acarició el pelaje suave y áspero de la muerte, y la fatalidad abrupta que glorifica al héroe. Olió la verdad del miedo, ese calambre que agarra la piel al hueso, sostiene latido y contorsiona hacia adentro la soberbia de los hombres fuertes. Insinuó que ahora sabía que su muerte tendría mirada negra y vacía de toro ibérico, como aquel que quiso su vida. El animal fijó su obsesión y lo buscó. El torero también buscó el quebradero de ese instante decisivo en el que se mueve el arte. La osadía hizo el resto. 

Al entrar en quirófano, sintió la desgracia de aquel torero Mariano Montes, un muerto abandonado a su muerte en la enfermería de la plaza de toros de Vista Alegre. Mueca del último dolor, pañuelo blanco para la atada de urgencia que sostiene el rigor mortis, tufo de éter anestésico, tufo a coágulo de res. Una percha repleta de canotier, batas manchadas de sangre, viejos interruptores de luz, la pila de disección, una puerta cerrada. Colocado sobre el anaquel metálico, exhalaba atmosfera de golpe violento, con un blanco y negro galvánico, suave y conciliador. Un cadáver que no quería ser cadáver, que impregnaba de consuelo y sosiego la veracidad de su muerte. Arriba en la grada, el horror se olvidó con el nuevo olé. Fue la soledad de un hombre muerto y el desahucio de los hombres vivos que no pudieron retener su vida.  

Alfonso Sánchez Portela eligió muy bien el telón de fondo para definir con precisión el aviso barroco de otros siglos. Fijó la muerte del torero en una fotografía, para detenerla, para ser enseñada, para advertir la veracidad de lo que se disputa en el coso. Consecuencias para el fotógrafo con dolor y pringue moral. Seis años antes, en 1926, Alfonso también fotografió la desgracia de Gallito en la plaza de toros de Talavera de la Reina. Benlliure tomaría como modelo la fotografía para el mausoleo del diestro. 

Hace no mucho, otro torero volvió a la sinceridad del miedo. Bordeábamos en coche el cementerio de Nuestra Señora de La Merced. El maestro, miró de reojo y se persignó dos veces. «Ahí está papá. Prometí que no tendría miedo. Lloro porque no he cumplido, porque no pude cumplir la promesa». El miedo a la mirada fría del toro se lleva la palabra, el miedo a morir puede con el rostro afilado del muerto. Aunque sea palabra muy sentida de hijo gitano, dada a un padre en su lecho de muerte y sacada de la furia que da el desgarro. Lloró al toro, a su padre, a Belmonte y a algunos otros muertos en desgracia. Solo le quedó poso de gemido silencioso y ojos hondos, magullados, de ratón que ha llegado a viejo. Le soltó a Zabala: «Vivo muerto en vida, ese soy yo, Rafael de Paula, el mejor torero que ha existido». 

Fotografiar la muerte es un intento de apropiación, un acercamiento peligroso a la fascinación, la repulsión y el miedo que nos produce. Man Ray entendía que la fotografía no se limitaba al papel de copista, «es una maravillosa exploradora de aquellos aspectos que nuestra retina no registra y que imponen a diario tan crueles contradicciones a los adoradores de las visiones familiares». El ojo del fotógrafo transita espacios no visibles en el vistazo inicial. Tras esas huellas indelebles, a veces, desvela algunas fatalidades. La situación se torna convulsa si hacemos caso a la presunción de Diane Arbus, según la cual, fotografiar realmente tiene que ver 109 LA PRECISIÓN DEL SILENCIO con el negocio del hurto. ¿Qué buscaba Man Ray en el cadáver de Marcel Proust? ¿Extenuar la luz del escritor muerto que había indagado la relación entre tiempo y memoria, la condición existencial y la homosexualidad? ¿Man Ray, a la escucha de la luz?, como diría de su obra André Breton. ¿Qué luz desprende la muerte para un surrealista con cámara? ¿Es posible hurtar luz que deja de ser luz? O quizás, ¿hurtar la muerte de otro? Estamos ante el brutal encontronazo del fotógrafo que tiene delante una muerte. Para Susang Stontag las fotografías son memento mori que participan de la vulnerabilidad, mutabilidad y mortalidad de una persona o cosa. Retratar a un ser humano, decía, equivale a cosificarlo, a robarle parte de su vida, a fosilizarlo en un determinado rictus. Afinó en la apreciación Jeffrey Silverthorne, con respeto y desprecio, retratando muertes accidentales en el depósito de cadáveres de Rhode Island. Muertos que no parecían muertos, sino más bien vivos durmientes. Elección meticulosa que sacudió con su transparencia el confort apacible de las explicaciones convencionales. La sociedad actual no quiere, ni permite, mirar detenidamente las consecuencias de este golpe violento. Fingir que la muerte no nos importa es una impostura del miedo, la conveniencia de catalogarla como un anacronismo vergonzoso. 

El matador moderno, de ademanes antiguos, libró cornada mortal aquella tarde. Recordamos la vieja fotografía de Alfonso y su aviso. Veredicto final para los glorificados por la gleba. Fotografía perenne, que engañó al tiempo como carta de visita de los ultrajes de la muerte. En el delirio de los calmantes, a alguien muy cercano, le susurró la presencia de seres sin rostro que le llevaban a la soledad irritante de una muerte laureada de gloria. Antesala de nada y sentido de vida, vanitas vanitatum omnia. Raro es el muerto a quien la muerte no le queda demasiado grande, dejó Nicolás Gómez Dávila en su Breviario de Escolios. En el ruedo todo se gana y todo se pierde, todo es silencio y todo es verdad. En el encontronazo del hombre y el toro, todo es como la vida. No hay juego ni deporte. Es la precisión del silencio que busca el arte supremo. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025 

José Aymá 

José Aymá (Madrid, 1968) es un fotógrafo español destacado por su trabajo en el ámbito del retrato y el reportaje. Desde 1991 forma parte del equipo de fotografía del periódico El Mundo, donde ha cubierto una amplia variedad de eventos nacionales e internacionales. Su estilo se caracteriza por una mirada profunda y una técnica depurada, lo que le ha permitido desarrollar una visión personal y reconocida en el mundo de la fotografía periodística. Además de su labor en el periódico, Aymá ha colaborado con diversos medios y ha participado en proyectos editoriales. Su trabajo ha sido reconocido por su capacidad para captar la esencia de los momentos y las personas, convirtiéndolo en uno de los fotógrafos más destacados de su generación. 

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