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martes, mayo 12, 2026

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El torero no da entrevistas

Cuando en plena pelea por la libertad que en los toros ejercían cuatro gatos, mientras el movimiento anti estaba perfectamente organizado, no era fácil encontrar recovecos en los que ver, escuchar o leer tauromaquia en los medios de comunicación. Los de siempre no cejaron en su apuesta, pero sobre todo en su empeño. Y ahí seguían peleando por una cuartilla de papel o unas migajas de televisión. Alguna cosilla en radio y muy poquito más. También hubo quienes aprovecharon la coyuntura para llenar portadas. Puede que fuera en ese momento cuando se politizó todo este sarao al que los que se asoman cuando conviene llaman fiesta nacional. Puede que fuera en ese tiempo, parafraseando a Vargas Llosa, el momento exacto en que se jodió el Perú. Con representantes públicos incluidos saliendo a hombros de Barcelona para luego pasar de puntillas por el tema. Había que ampliar el espectro, decían, y hay ciertos temas «con los que conviene no enredarse». 

Lo entrecomillo porque así me lo dijo uno de esos que luego paseó todo lo que pudo por las plazas de gañote en gañote, cuando sí valía la pena enredarse. Pero como no estamos aquí para hablar de banalidades y politiqueo de baja estofa, vamos a lo que vamos. Era en ese tiempo, pocos años después de la ilegal prohibición en Cataluña, cuando el añorado Juan Pablo Colmenarejo, que no fue a una plaza desde sus sanfermines de universidad seguramente, me dijo en un despacho de la Cadena COPE: —Hay que hacer toros todas las semanas, hasta en invierno, con dos cojones—. 

 —Pues con dos cojones— contesté. Dos minutos, tres, no más. Los viernes en La Linterna a las siete y pico de la tarde con una audiencia de no menos de 800.000 oyentes diarios. Churumbelerías de sintonía, que la ponía el Herrera por la mañana y le fascinaba, y un paso ad hoc. «Lo toreado esta semana y lo que queda por torear», decía. Y ahí estaba el minuto de gloria. Atrás habían quedado las audiencias millonarias de la SER, Radio Nacional y la COPE los domingos por la noche para solo hablar de toros y pelearse por los invitados al estilo García y de La Morena. Atrás habían quedado los programas en Cadena, como se suele decir, para pasar al ostracismo de una página web o una plataforma de podcast. Sin motivos para ello, por cierto, porque en la COPE, en aquel tiempo, nada se escuchaba más en lo que a internet se refiere que El albero de Sixto Naranjo, que siempre peleó y sigue peleando porque la tauromaquia no pierda en la radio el papel que merece. 

Cuando Colmenarejo, que en paz descanse, propuso lo que para algunos era una locura, tocaba ponerse a trabajar y lo que fueron dos minutos a la semana pasaron a ser diez en temporada. Y pasaron a ser titulares diarios en las ferias de categoría. Valencia, Sevilla, Madrid, Bilbao. Entrar corriendo a decir que Juli había perdonado la vida a Orgullito en la Maestranza. La cornada de este o de aquel. Un breve, sí. Pero un breve al lado de otro con los datos de paro, la votación en el Congreso de turno o el inicio de la feria del libro de Madrid. Los toros empezaron a estar donde tenían que estar. O empezaron a estar en el lugar del que no tenían que haberse ido, supongo. La crónica de la tarde y la entrevista cuando le convencías. Tarea complicada teniendo en cuenta que La Linterna era uno de esos programas a los que llamaban ministros y diputados para ponerse y no al revés. ¿Cómo colar los toros en un trasatlántico de ese calibre? Pues como se podía y cuando se podía. 

—¡Puerta grande en Madrid, Juan Pablo! 

—Vamos con ello a las diez, ponme dos líneas. 

Y así que abría el informativo. Con un par. Un par de líneas y un par de bemoles, porque nadie más lo hacía. Él siempre tuvo clara la posición que debía tener la feria de San Isidro en la radio convencional. ¿Cómo no va a ser noticia un sitio al que van veinte mil tíos todas las tardes durante un mes? Todo esto igual había que haberlo explicado o había que habérselo explicado a algunos de los que el entonces cuasi becario que hoy escribe llamó pidiendo que fulano o mengano se pusiera unos minutos al teléfono. Porque la respuesta solía ser parecida. «El torero no da entrevistas». Todo eso no hizo falta explicárselo a otros, y ahí sí que puedo dar nombres. No hubo que explicárselo a José cuando lo llamamos y tuvimos que tirarla a última hora porque unos salvajes asesinaron a casi cien personas en Niza el día de la fiesta nacional francesa de 2016. «La radio es así, maestro» le expliqué. 

—Se nos ha caído toda la programación y estamos de especial con el atentado, no vamos a ponernos a hablar de toros—. 

—Faltaba más, chaval, menudos hijos de puta— contestó Joselito. Que igual hasta se alivió, porque no es el más dado a entrevistas. Y eso que luego me dio la mejor que me han dado hasta la fecha cuando se cumplieron veinticinco años de lo de mayo del 96 en su casa en Talavera. Pero sabía, supongo, que en la COPE tenía que entrar porque la COPE es la COPE y un programa generalista es un programa generalista. 

También lo supo ver así Ponce, que siempre ha entendido a los medios como al toro. A la perfección. Por eso no solo atendió sin dudar la llamada, sino que, además, anunció para la legión de oyentes que, en Teruel, ese año mataba la de Adolfo en la Feria del Ángel para rendir homenaje a Víctor Barrio, que había caído en acto de servicio en aquella arena un año antes y al que todavía llorábamos todos. Ponce y Joselito son de otra época, de otro tiempo. Uno en el que la prensa era más puñetera, tenía colmillo y los toreros más valientes delante de un micrófono. Y más divertidos, por cierto. Porque salvo esas y otras excepciones, los que mandan en el escalafón, los de arriba, no son demasiado dados a hablar. Ya sea en sitios especializados o en medios de información general. Y cuando digo hablar, no vale un par de mensajes de WhatsApp para ensamblar un amago de entrevista reportajeada en media página, que nos conocemos. 

Una entrevista es una conversación. Sin prisa. Intentando romper la piel del que habla sin llegar a romperse uno mismo. Y yo no sé si es que los toreros ahora no quieren que se les oiga y enseñar los toros en programas de radio y televisión, o es que los jefes de prensa, que suelen ser jefes de sí mismos y nada más que eso, hacen de cortafuegos sin tan siquiera preguntar si les apetece esto o lo de más allá. Pero lo cierto es que la respuesta más habitual cuando he intentado, entonces en la COPE y después en Onda Madrid, hablar con una figura, la respuesta ha sido que «el torero no da entrevistas, que está centrado en el campo preparándose y que…» y luego ya desconecto y no recuerdo cómo sigue. 

Tengo amigos jefes de prensa. Buenos amigos. Y saben de lo que hablo porque se lo he dicho a ellos y he discutido con unos pocos. Pero por una cosa o por otra los toreros hablan poco y las figuras, lo mínimo. Algunas, claro está. ¿Alguien tiene la menor idea de lo que supuso la entrevista de Bayort en ABC con Morante hablando de cómo su cabeza le está jugando peores pasadas que el de rizos? ¿Somos todos conscientes de la fuerza que tiene aquí dentro, pero sobre todo fuera del toro el mensaje del maestro diciendo que no se acuerda de la faena del rabo de Sevilla? ¿Saben los jefes de prensa del pelotazo que fue el reportaje de Vicente Zabala en El Mundo con el avión Puerto-Pontevedra y la polémica con Roca dando más que hablar que cualquier otra cosa en ese periódico durante días? Me permito dudarlo. Y es una pena. 

Los tiempos de Antena3 y las corridas para mujeres se han ido y no van a volver. No hay un José María Íñigo que valga y siente en Televisión Española a Palomo Y Camino para que se den de tortas o a Navalón y Capea para que el periodista hablase de cómo los Manzanares lo atizaron en la Mérida Venezolana. Juraba que era una cosilla de tocar o no a los toros y resulta que cuando el personal vio a Navalón, debieron decir algo así como que aquí ni Dios toca un pitón. O así al menos lo contaba. Parecido a lo de hoy. El momento televisivo es cumbre. Un aluvión de llamadas que preguntaban por el asunto y sin hacer caso al Capea, que con once años de alternativa ya había matado más de mil corridas de toros. 

Ya no hay Estudio abierto que valga ni tertulias con Fernán Gómez desde su casa discutiendo con Manolo Vázquez, Santiago Amón y Buero Vallejo. Ya no hay Navalones que te escriban un Viaje a los toros del sol, que es de lo mejor que se ha escrito siempre. Ni que te cuenten cómo los Pérez-Tabernero miraban a la casa de en frente para que, cuando el que tentaba allí se acercara a la suya, le mandaran a tomar por donde la espalda pierde el nombre. Pero tampoco quedan figuras de las que se mataban por que les llamaras o apoderados que telefonearan a la radio desde la venta de carretera de turno, que cuando volvían del norte solía ser La Varga, en Burgos, y te dijeran: «¡El torero ha estao extraordinario, cumbre, soberbio, pero la peña no se ha enterao. Me llamas y te lo paso pa` que te cuente!» 

Dice mi amigo Felipe Garrigues, por el que se deberían matar los medios para ficharlo, pero lo tiene blindado Onda Madrid, que para escribir o hablar de esto hay que ponerse delante de vez en cuando. Que hay que sentir y entender al toro, que es la clave del tinglao. Pero es que los que se ponen delante muchas veces no se ponen delante de una cámara o un micrófono con un periodista que, no nos engañemos, no le va a buscar los tobillos como uno con guasa en la plaza. 

Ya no quedan Caminos o Palomos que sepan vender una rivalidad para que la gente se mate por una entrada para un agarrón, que dicen en México. Puede que ya no sepamos vender el producto los de la pluma tampoco, puede ser. Pero lo cierto es que de un tiempo a esta parte la respuesta más habitual cuando llamas a una figura e incluso a algunos que llevan dos días en esto es que «el torero no da entrevistas, que está en el campo centrado preparándose…» y ya ahí desconecto y no me acuerdo de cómo sigue. 

Tampoco hay Colmenarejos que aprieten a los chavales para que se maten por dos minutos de radio hablando de toros. O de lo que sea. Igual el problema de verdad es que ya no se habla de toros como se hablaba antes. Ni en los medios ni en las furgonetas de cuadrillas, me cuenta algún profesional, y eso sí que es un problema. Uno de peso. 

Al final la prensa lo único que hace es contar las cosas y lo más fácil siempre es atizar al mensajero. Y como ya ni se atiza a la prensa, mejor obviarla, que es el camino que muchos han tomado de un tiempo a esta parte. Luego vienen los lloros porque lo que no sale en televisión no existe, como se ha dicho siempre. Pero lo que no sale en radio o en prensa escrita, tampoco. Y salvo contadas excepciones, una de las mejores hornadas de figuras de toda la historia, que han mandado a placer en las plazas y taquillas, no se han preocupado lo más mínimo por vender el producto fuera de ellas. Tal vez tampoco les haya hecho falta, pero qué pena que nos hayamos perdido una parte del espectáculo como es el de escuchar a los toreros. Y que se enfaden. Y que manden a la mierda al que pregunta, que para eso estamos. Pero al menos que lo manden, que siempre es mejor eso que escuchar que «el torero no da entrevistas, que está centrado en el campo preparándose…». Y ahí desconecto y ya no me acuerdo de cómo sigue. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025 

Javier Fernández-Mardomingo 

Javier Fernández-Mardomingo (Burgos) es un periodista con más de una década de experiencia en radio. Inició su trayectoria en 2013 como redactor en prácticas en Onda Cero en el programa Herrera en la Onda, y posteriormente ingresó en la COPE, donde trabajó como redactor, entre otros, en el informativo La Linterna durante cinco temporadas. Dentro de su experiencia en el sector taurino, participó dos temporadas en el programa La divisa de Pedro Javier Cáceres y una en One Toro presentando el programa A toro pasado. En 2018 se incorporó a Onda Madrid, donde asumió el puesto de subdirector del programa El enfoque, ocupación que desempeñó durante cinco años. En la temporada siguiente, pasó a dirigir y presentar el programa informativo Buenos días Madrid. Reconocido por su labor, fue galardonado con la Antena de Plata 2023 por revitalizar la información taurina con su programa El toril, que puso en marcha en 2021 dirigiéndolo durante tres temporadas y que se emite todavía hoy los domingos por la noche en Onda Madrid. 

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