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Verso y arena. Rafael Alberti en Pontevedra

Único coso estable en Galicia, la Plaza de Toros de Pontevedra, en el barrio marinero de A Moureira, guarda en su interior, como un cofre lleno de tesoros, numerosas historias a lo largo de sus ciento veinticinco años de vida que, precisamente, celebró este año durante sus tradicionales festejos de la Virgen Peregrina, en el mes de agosto, y a los que se le sumó, en relación a los últimos años, una tercera corrida de carácter goyesco, recordando así parte de esa historia, ya que la anterior corrida goyesca celebrada en Pontevedra databa de 1929. Al tiempo que también se conmemoraba la propiedad de la plaza en manos de la familia Lozano desde 1975 y que ahora, cincuenta años después, siguen manteniendo con el cariño, mimo y esmero que merece una plaza con esa historia para regocijo de los aficionados que cada año llenan sus tendidos como hicieron durante décadas miles y miles de pontevedreses. 

Junto a ese hecho histórico, de ese cofre podríamos recuperar numerosas fechas y acontecimientos que a lo largo de los años han ido haciendo de esta plaza, la perla de Galicia y el último bastión de la tauromaquia en esta comunidad, parte de la historia taurina de España, y por la que pasaron los mejores diestros de cada de una de las épocas de su historia, pero no solo toreros, sino que sobre su arena, y como uno de esos capítulos singulares de la historia taurina y cultural tuvo lugar la presencia del mismísimo Rafael Alberti haciendo el paseíllo en la que fue su primera y última tarde vestido de luces como miembro de la cuadrilla de su amigo Ignacio Sánchez Mejías. 

El 3 de julio de 1927 se cumplieron dos deseos, uno, el del propio escritor, toda una referencia ya en el país, ya que dos años antes había logrado el Premio Nacional de Literatura por la que era su primera obra, Marinero en tierra, y que siempre había tenido entre ceja y ceja sentirse torero; y otro, el de Ignacio Sánchez Mejías, amigo de numerosos nombres del mundo de la cultura y catalizador de aquel encuentro sevillano que posibilitó la creación de la llamada Generación del 27, que, sabiendo de los deseos del escritor, ya había intentado en alguna ocasión que le acompañase en algún festejo. Algo que curiosamente consiguió en un lugar geográficamente tan alejado de sus ámbitos habituales de vida y trabajo como una Pontevedra a la que llegaron en tren el día antes, acompañados por José María Cossío con el que habían coincidido en la estación de Venta de Baños y al que Ignacio Sánchez Mejías persuadió con insistencia para que fuese testigo del festejo atlántico. 

Así las cosas, en aquel escenario ajeno a la presencia del poeta, cuyos cabellos distaban todavía mucho de poseer la blancura que todos conocimos con el tiempo, pasaba desapercibido en aquella cuadrilla y ante una plaza que acogía un enjambre de personas que, como era frecuente, y todavía lo es en las citas pontevedresas con el toreo, se registraba la presencia de numerosas personas procedentes de diversos pueblos de la región y del norte de Portugal. Pero por si algo no pasaba inadvertido Rafael Alberti era por el terno que le había tocado en suerte, seguramente como la única posibilidad de encontrar un traje de luces sobrante en el repertorio de la cuadrilla, un traje naranja y negro, «un traje de luto que Ignacio conservaba desde la trágica muerte de Joselito, su cuñado». Así nos lo cuenta el propio escritor en un fragmento de sus impagables memorias que, bajo el título de La arboleda perdida, se refieren a aquel instante supremo: «Con cierto encogimiento de ombligo, desfilé por el ruedo entre pasodobles y ecos de clarines. Después… ¡Oh! Cuando el primer cornúpeta, tremendo y deslumbrado se arrancó, pasando entre las tablas y mi pecho, comprendí la astronómica distancia que media entre un hombre sentado ante un soneto y otro de pie y a cuerpo limpio bajo el sol, delante de ese mar, ciego rayo sin límite, que es un toro recién salido del chiquero. Menos mal que aquel público gallego no era de esos que piden “hule”, como el andaluz o el madrileño y pude pasar desapercibido, dentro del callejón, durante toda la lidia». 

Ciertamente no se puede describir mejor lo que supone ese instante del encuentro a pocos metros de un toro recién salido de chiqueros en lo que es, sin duda, la mejor manera de despejar las dudas sobre cualquier afán de armar una carrera taurina. En esos instantes se puede resumir, eso sí, de manera espléndida y por supuesto envidiada para los que nos dedicamos a juntar letras alrededor de lo taurino, toda una trayectoria y el fin de un sueño que Rafael Alberti certifica de la siguiente manera: «A la salida de la plaza me corté la coleta, quiero decir que di por terminada mi carrera taurina. Tan solo había durado tres horas. También Ignacio aquella tarde se retiró inesperadamente, de los toros, anticipándoselo a Cossío al brindarle el último toro que lidiara: “Te brindo este toro” —le dijo— que será el último que mate”». Algo que no se cumplió al regresar en 1934 a los ruedos bajo un trágico destino, ya que ese día del 11 de agosto, en Manzanares, Granadino, el primero de la tarde, lo prende de manera mortal falleciendo dos días después en Madrid. Hecho del que se servirá el otro gran poeta de esa Generación, Federico García Lorca, para escribir su eterno Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. 

Tres horas pero que le sirvieron a Rafael Alberti para atrapar sensaciones, respirar tauromaquia, entender la gloria y el fracaso de lo que sucede en esa representación del mundo como es el albero de cualquier plaza de toros. Él ya tenía claro que su lugar era otro, el de estar frente al papel, otro fiero enemigo sobre todo cuando este se encuentra en blanco a la espera de que las palabras configuren sus equilibrios sobre él y dibujen las más apreciadas y emocionantes coreografías. Rápidamente los ecos de aquella tarde se extendieron por diferentes rincones de España y ese paseíllo único llegó a los oídos de otro poeta excelso, Juan Ramón Jiménez, que dijo lo siguiente: «Me he enterado de que Alberti anda con gitanos, banderilleros y otras gentes de mal vivir. ¡Está perdido!». 

Pero aquel hecho, aislado en el tiempo, sepultado por el devenir de la memoria, tuvo una segunda parte, un hermoso epílogo que nos acercó lo sucedido a las generaciones más recientes, volviendo a extraer de ese cofre de sueños e ilusiones que es nuestra Plaza de Toros otro de esos capítulos irrepetibles de su historia, acrecentando su condición mítica y volviéndola a situar como una referencia taurina para la historia taurómaca. Rafael Alberti regresaba a la plaza con noventa y un años para rememorar aquella tarde que, por supuesto, no había caído en su olvido, y que ahora repetía, eso sí, portando su característica cabellera blanca, notaria del tiempo transcurrido. Fue en 1993 cuando otra cuadrilla muy diferente a aquella se adentraba en la Plaza de Toros, junto al poeta y su mujer, María Asunción, se encontraban el autor teatral José Ruibal, su hermana, la pintora Mercedes Ruibal, el director de Diario de Pontevedra, Pedro Antonio Rivas Fontenla, y el muñidor de esta recuperación del tiempo pasado, el médico José Barros Malvar, auténtico embajador pontevedrés, amigo de Buñuel y de tantos y tantos nombres de la vida y cultura españolas a los que muchos de ellos les salvó la vida desde sus habilidades y conocimientos como excelente cirujano. 

De nuevo sobre la arena, el verso en la plaza, en otra tarde inolvidable. «Durante media hora su cabellera blanca dominó la plaza, mecida por el viento, mientras su cintura giraba y el brazo amagaba un natural. Aquel silencio se vio roto por el “olé” de su compañera, mientras Rafael Alberti continuaba a simular pases», así describía la crónica del periódico del día siguiente aquella recuperación del tiempo perdido, aquel mar de evocaciones que volvía a reunir al gran poeta con la ciudad de Pontevedra. Marinero en tierra de marinos ajeno al paso del tiempo, al devenir de las mareas y asentando el verso en la arena.

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025 

Ramón Rozas 

Ramón Rozas Domínguez (Santiago de Compostela, 1971) es un destacado periodista, crítico de arte y escritor gallego. Se licenció en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela, lo que le proporcionó una sólida formación en análisis estético y patrimonio cultural. A lo largo de su carrera forma parte de la plantilla del Diario de Pontevedra, donde se dedica a la información y crónica taurina, además de redactor de textos para catálogos de exposiciones y críticas de arte. Ramón Rozas forma parte del Consello da Cultura Galega.

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