Update cookies preferences
martes, enero 20, 2026

Un centro de pensamiento y reflexión de la

InicioLo últimoEn Cataluña empezó todo

En Cataluña empezó todo

Como el final por decreto de los toros en Cataluña era una operación política anunciada hacía tiempo e inevitable, la última corrida en la Monumental de Barcelona fue encarada por la afición taurina local con voluntad de autohomenaje. Nostálgico, no exento de llantos íntimos, pero en ningún modo derrotado. Un gesto de casta frente a una mayoría de partidos catalanes y medios de comunicación de subvencionada complicidad que utilizaron la prohibición política de la fiesta de los toros, aprobada por el Parlamento catalán en enero de 2010, para asestar una primera embestida a los lazos de unión cultural y sentimental de Cataluña con el resto de España. Pasado el tiempo, podemos concluir que fue una avanzadilla a modo de prueba del posterior intento de ruptura total que significó el llamado procés, lanzado por Artur Mas, el heredero político de los Pujol, a partir del año 2012 y que concluyó en octubre de 2017 con el referéndum ilegal y el fallido golpe de 2017. 

Aquel día de punto y final para los toros en Barcelona, domingo 25 de septiembre de 2011, con José Tomás, Juan Mora y Serafín Marín en el cartel, quedé a comer con un grupo de periodistas y, sin embargo, amigos en Casa Leopoldo. El restaurante, fundado en 1929 en el barrio Chino — desde el lifting olímpico de 1992 llamado Raval—, que pasó rápidamente de ser una casa de comidas popular a punto de encuentro de literatos, toreros, proxenetas… Sede de tertulias culturales y juergas flamencas, amén del restaurante habitual de Carvalho, el detective hosco y sentimental con el que Vázquez Montalbán reinventó el noir mediterráneo.

En la mesa estaban Alfred Rexach, Joaquín Luna, Alberto Gimeno, tres de las grandes plumas del periodismo catalán que se habían atrevido a desacatar públicamente la tiranía de la corrección política defendiendo la tradición y vigencia de los toros en Cataluña. Una honrosa excepción entre tantos miserables. También se juntó con nosotros Rosa Gil, la Nena, dueña del restaurante y viuda de José Falcón, el guapo torero portugués que murió el 11 de agosto de 1974 después de que un toro, bautizado Cuchareto, le corneara el muslo izquierdo, seccionándole la femoral. 

De carácter desbordante e ironía de ley, la Nena nos divirtió contando historias del viejo barrio, cuando la inmigración venida de diferentes puntos de España se mezclaba con marineros yankis de la Sexta Flota, exlegionarios del Rif, prostitutas resabiadas y viejos gitanos que hablaban un catalán muy particular. Una Barcelona que acabó siendo arrasada por la especulación económica y nacionalista —siempre de la mano— y que se perdió en el tiempo de los recuerdos borrosos. El mismo lugar al que el poder nacionalista decidió condenar a las corridas de toros, después de casi dos décadas de arte y emoción desde que José Tomás toreara en 1994 por primera vez en la Monumental y la convirtiera en su plaza fetiche. Allí el diestro de Galapagar fue cultivando su relación con los veteranos y aficionados catalanes, a la vez que fue atrayendo al coso a una nueva generación interesada por su leyenda de nuevo maestro del toreo. 

Este renacer de la tauromaquia en la Monumental, con tardes memorables y donde también se entendió y mimó a nuevos talentos como Morante de la Puebla —que abrió el 25 de septiembre de 2010 la Puerta Grande y fue llevado en hombros hasta su hotel por un gentío enfervorecido al grito de «libertad, libertad» y «no a la prohibición»—, acabó siendo su trágica perdición. El nacionalismo, con CiU y ERC al frente, y la extrema izquierda eco-pija en la que ya zascandileaba Ada Colau en busca de un sueldo público, vieron en los toros una presa fácil y de un alto valor simbólico en su estrategia de confrontar a Cataluña con el conjunto de España, borrando sus lazos culturales y sentimentales. 

Una ofensiva política y periodística, a la que el Partido Socialista Catalán se acabó sumando como habitual tonto cómplice del nacionalismo, que enarboló la bandera del animalismo y de una supuesta modernidad, presentando la fiesta de los toros como una anomalía salvaje y de origen franquista, ajena a Cataluña. Obviando con mala fe la larga tradición taurina de Barcelona, donde a principios del siglo xx coexistieron tres plazas en activo: El Torín, Las Arenas y La Monumental. Ni se dignaron los nacionalistas y socialistas en disimular la mala fe y excluyeron de la prohibición a los «correbous», los festejos populares con toros que se celebran en las Tierras del Ebro, zona donde Esquerra Republicana tiene un importante y fiel caudal de voto.

Lejos de ser una anómala desgracia catalana, la prohibición de los toros, con la complicidad del Gobierno del hoy infame chavista Zapatero, supuso el inicio de casi todo: una operación de borrado de memoria histórica y cultural compartida entre españoles. El final de una plaza histórica, ya que, a pesar de que el Tribunal Constitucional acabó anulando la ley catalana, nunca más la familia Balañá, propietaria de la plaza, ni ningún otro empresario se ha planteado volver a celebrar corridas, entre otras razones por miedo a represalias posteriores. Supuso también el declive de muchas peñas taurinas catalanas y la desconexión entre los aficionados, condenados al recuerdo de un mundo de ayer, y que solo unos pocos, de vez en cuando, se reencuentran en las plazas francesas de Céret, Arles o Nimes. 

Pero, más allá de las consecuencias locales, aquella operación política marcó un precedente: la prohibición catalana fue el laboratorio de una ofensiva cultural más amplia, que acabaría extendiéndose en los últimos años a buena parte de Hispanoamérica con nuevas prohibiciones y restricciones. En Cataluña se ensayó la fórmula y se erigió el símbolo: demostrar que, bajo la máscara del animalismo y la modernidad, podía borrarse de un plumazo una tradición secular. En Cataluña, como tantas otras veces, empezó todo. 

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

Iñaki Ellakuría Bastida 

Iñaki Ellakuría Bastida (Barcelona, 1978) es periodista y columnista. Actualmente, ejerce como delegado de El Mundo en Cataluña, tras haber trabajado en La Vanguardia, ABC, la Agencia EFE y la revista cultural El Ciervo. En 2006, fue galardonado con el Premio Internacional Rey de España de Periodismo por una serie de reportajes sobre documentos desclasificados de Estados Unidos. Es coautor de libros como La guerra ignorada (2008) y Alternativa naranja (2015), y ha colaborado en medios como Letras Libres, EsRadio, RAC-1 y RTVE. En 2025, publicó Contra lo woke y otros virus identitarios, una recopilación de artículos que aborda el auge de los extremismos identitarios desde diversas perspectivas.

Más vistos