He tenido ocasión de ver en televisión un buen documental llamado simplemente El alpinista. Está dedicado a uno concreto y muy especial llamado Marc André Lecrec. Escuchaba sus reflexiones íntimas y las de otros escaladores sobre qué hay tan apasionante en la montaña que les hace consagrar su vida a ella, y arriesgarla continuamente. Y pensé que, en cierto sentido, había notables similitudes respecto del sentimiento de los toreros cuando se enfrentan voluntariamente, una y otra vez, a un animal bravo y muy peligroso como es el toro.
Hay una idea que repiten continuamente: sienten con más plenitud la vida cuando están en riesgo de perderla, allí arriba, en la montaña. “Escalar es lo único que me hace sentir vivo”, dice uno. Marc André Lecrec, por su parte, aparece en la cima de una montaña helada y bajo un intenso viento frío, en condiciones físicas extremadamente difíciles por tanto, y en ese momento mira a la cámara y dice “estoy súper feliz”.
Y remacha: “en la montaña estás totalmente alerta, totalmente vivo. Es un estado mental único”.
Si cambiamos el verbo “escalar” por “torear”, estas mismas palabras bien podrían haber sido pronunciadas por un torero. No es el bienestar físico lo que da la felicidad, es algo diferente, que se persigue y se consigue –a veces- con el sacrificio físico y con el riesgo personal. Y muy difícil de explicar para el que no participa en esta aventura radical, en ese mundo extraordinario, en el sentido literal del término de fuera de lo ordinario.
Un mito de la escalada, Reinhold Messner, que ha arriesgado muchas veces su existencia en las cimas más extremas, hace estas impresionantes reflexiones sobre la vida y la muerte:
“Sé que es peligrosa la escalada en solitario, pero lo que ocurre es que quizá mi visión del mundo es distinta a la de los demás. Para mí no es un riesgo innecesario.
Vamos a un sitio al que no deberíamos ir, nuestro propio instinto nos dice “no vayas allí”. Sabemos que podemos morir allí arriba, y aún así, vamos.
¿Acaso no ocurre lo mismo con los toreros? Cuántas veces hemos escuchado a un matador describir el miedo que se pasa en las horas antes de la corrida, en las que –como al alpinista- su cuerpo y su mente le gritan ¡no vayas! ¡Sabes que puedes morir allí! Y, a pesar de eso, van…
Porque, de nuevo como dice Messner y firmaría cualquier torero:
“Intentamos cumplir nuestros sueños, nuestra visión. En una aventura siempre hay dificultades y peligro, si la muerte no es una posibilidad, no merece la pena, no sería una aventura”.
Marc Andre Lecrec practicaba un estilo de escalada peligrosísimo, el llamado solo libre, que consiste en escalar paredes verticales… sin ninguna sujeción. Únicamente sus manos y sus pies. Cualquier error significa caer al vacío y morir. A él, según sus propias palabras, le hacía sentir bien, en calma.
No es el peligro inminente la sensación predominante, como nos parecería a cualquiera, sino la claridad y el control que experimenta en ese momento. Quizá algo parecido a lo que los toreros sienten en las ocasiones en las que están tan embebidos en su arte delante del toro, que se olvidan de su cuerpo…y del peligro de estar allí, en el ruedo, solos, donde todo su ser le dice: no vayas.
Al final del documental, reflexiona el realizador:
“Tras veinte años filmando escaladores, no estoy seguro de comprenderlos totalmente”.
Seguramente, todos los aficionados taurinos podríamos decir lo mismo de los toreros. Y que siga así.
Por Fernando Gomá.



