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martes, octubre 6, 2026

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El arte de jugarse la vida

Más allá de su dimensión artística o cultural, los toros son escuela de vida y de valores. La mayor que yo conozco. Al menos así ha sido para mí, a pesar de que, al contrario que la gran mayoría de aficionados españoles, los toros no me lleguen por tradición familiar sino por búsqueda activa. No es algo que viniera a mí: es algo a lo que he ido yo voluntariamente. Desde luego, no es la vía natural de entrada en la tauromaquia. Que, en España, es la familia, los padres, los abuelos, un tío; siempre hay alguien que te acerca a los toros, que te lleva a una corrida o que, sin darte cuenta, te ha introducido con sus conversaciones en ciertos ritos, en unos cuantos vocablos o incluso en una determinada estética. En mi caso no fue así. En mi familia no ha habido grandes aficionados a los toros y en casa no se ha hablado nunca demasiado del tema. No puedo decir que mis padres fueran antitaurinos, ni mucho menos. De hecho, recuerdo a mi madre cosiendo y viendo alguna corrida en la tele, conmigo a los pies, mirando absorto a aquella inmensa bestia negra. O a mi abuelo Isidro, cuya sorprendente colección de revistas heredé tras su fallecimiento. Pero todo ello sucedía siempre en segundo plano, de manera casi anecdótica, privada, como los saltos de esquí del 1 de enero o la gimnasia rítmica en los Juegos Olímpicos. 

Sin embargo, yo quería ser torero. Ahora puede resultar extraño y, si un niño lo dijera, quizá lo llevarían al psicólogo. Y a sus padres a la Fiscalía. Pero, en realidad, creo que no hay ningún indicador más sano para un chaval que querer ser torero. Si yo tuviera un hijo que quisiera ser funcionario del Registro, me preocuparía. Y si quisiera ser subsecretario de Estado, aún más. Pero que un chaval quiera enfrentarse a la vida con las únicas armas de la verdad, la valentía y la honestidad, me parece algo para estar satisfecho. Luego llegó la realidad con sus ojeras, aquella capea en Traspinedo y esa becerra que me hizo subirme a un árbol, en cuyas ramas dejé colgando mi vocación. Y así fue como pasamos de héroes a villanos, de maestros de la lidia a funcionarios del Registro, de criaturas totémicas a subsecretarios de Estado. Y quizá eso y no otra cosa sea madurar: aceptar, con buena cara, las cartas que la vida te va dando. Pero cuando aún no hay cartas, cuando todo es futuro y cuando todavía podemos construirnos desde la pura voluntad simbólica, lo natural es querer ser torero. Es decir, triunfar y ser libre como un poeta troyano. 

Yo entonces me limitaba a ver algo emocionante. Pero fue a partir de 2002, ya con veintitrés años, cuando comencé a ver otras cosas. Lo hice a través de ciertos amigos, que se convirtieron también en maestros. Entre ellos, los que entonces eran mis jefes en la primera agencia de publicidad en la que trabajé: Fran Encinas y Javi Aguado. En aquella agencia se hablaba de toros a todas horas. Allí no se admiraba a los Rolling Stones, sino a Rafael de Paula; no queríamos ser como Alex Crivillé, sino como Curro Romero; lo aspiracional no era ser Morientes sino Morante de la Puebla, que tenía mi edad y ya era una figura. De hecho, mi trayectoria como aficionado está unida a la de José Antonio. En cualquier caso, aquel era un ambiente lleno de chispa, de admiración por los artistas y de pasión por toda manifestación creativa que nos sacara de la grisura mainstream. Nos encantaba Mariscal, Barceló y Alberto Corazón. Y Guti, y la revista Matador y los estrellas Michelín. En realidad, nos gustaba todo lo que supusiera un reto intelectual y nos hiciera ser mejores creativos. Más extremos, más incómodos, más irreverentes y más puros. 

Eran los años de la Burbuja, que a la postre fue un desastre, pero que, mientras duró, nos hizo extremadamente felices. Éramos jóvenes, éramos buenos y lo vendíamos todo. Así que había dinero y había futuro. Y en España, cuando hay dinero y hay futuro —es decir, cuando hay tiempo—, surgen las sobremesas, que es donde se cerraban las campañas. Se podían vender en la agencia, pero, desde luego, se cerraban en un asador, con mucho vino, mucho whisky, tardes que llegaban hasta la noche y noches que llegaban, de nuevo, hasta la agencia. Aquellos años fueron una inmensa sobremesa. Y en esas sobremesas se hablaba, sobre todo, de toros. De Morante, de José Tomás, de Joselito, de Manzanares. Yo escuchaba a los que sabían y me dejaba llevar no por los conocimientos sino por la sensibilidad, por la mitología y por la conceptualización de las obras artísticas personales e irrenunciables. Antoñete, Paula o Curro eran para nosotros héroes creativos al nivel de Picasso, Juan Muñoz o Gaudí. 

Pero no solo era el arte lo que me interesaba, sino la sublimación del artista, del creativo. La construcción íntima que da sentido a la existencia, la posibilidad de alcanzar tu esencia, de llegar a ser tú mismo a través de tu obra. Eso y una serie de códigos: el respeto, la tradición, la jerarquía. La rivalidad unida al compañerismo, la liturgia inquebrantable ligada a la libertad irrenunciable, la dignidad por encima de todo. El mentón hundido en el pecho, la mirada perdida en el albero, la responsabilidad del que se viste de oro. Vivir renunciando a las ventajas y aceptando el sino trágico sabiendo que, cuando llegue, habrá merecido la pena si has sido capaz de vivir intentando ser tú mismo. Tratar al fracaso y a las broncas como inevitables y, en todo caso, como las consecuencias lógicas de estar intentando crear algo que merezca la pena, sin intentar agradar a nadie más que a ti. Despreciar a los ventajistas, a los tramposos y despreciar a los adictos al recurso fácil en lugar de al camino puro. La boca cerrada, el silencio último, la obligación de vivir sin descomponer la figura, aunque vengan mal dadas. Y, si vienen, levantarse de nuevo, limpiarse la taleguilla, echar a los de plata y caminar muy despacio otra vez hasta los medios, sabiendo que estás cumpliendo un destino que ni has elegido ni puedes abandonar. 

Yo no he venido a escribir sino a torear. A pararme en el centro de la plaza, a bajar la mano, a ponerme en el sitio, a jugarme la bragueta y a intentar que el toro pase por donde yo quiero que pase, sabiendo que es posible que no lo haga y entonces estoy muerto. Eso es todo. Con una obsesión por la naturalidad y por la búsqueda de la esencia íntima, que según Curro Romero es la capacidad de hacer aflorar los sentimientos sin perder la armonía. O como Pepe Vázquez, que dijo que «torear natural es una continuación de tu propio ser, de tu forma de entender la vida, de tu manera de pensar y de andar. No salirte de tu camino ni delante del toro, cuando el cuerpo quiere encresparse». O Juan Ortega que dice que «para que brote la naturalidad hay que tener mucha fe en uno mismo, porque, al final, es intentar hacer las cosas como salen de dentro, sin pretender aparentar nada, […] huyendo de la afectación. Mostrarnos tal cual somos. La naturalidad es confianza y, a la postre, la confianza es valor. Por eso es tan difícil». O Morante, que dice que no torea como es, sino como quiere llegar a ser. 

Todo eso lo llevo dentro. Y, por eso, el hombre taurino vive su profesión asumiendo un mayor riesgo y una mayor exposición. No por el afán de polémica —siempre detestable—, sino por la pureza de su concepto, por las privaciones que lleva consigo, por el hándicap de renunciar a las ventajas y por la costumbre de jugarse la bronca como única vía de huir de los aplausos que son puñales. Y todo solo para ser uno mismo, para ser sincero, para explicarse sin sobre explicarse, para hacerse entender sin abrir la boca, para defender un punto de vista y un lugar en el mundo, aunque te quedes solo en el camino. En realidad, lo único que importa es dormir habiendo sido fiel a un concepto que no has elegido; ser capaz de jugarse el silencio y el olvido y no torear jamás para el graderío. Echar la patalante. Cargar la suerte. Ofrecer el medio pecho y, llegado el caso, cortarse la coleta cuando sientas que seguir un minuto más sería denigrante. Podría hacerse de otro modo, supongo. Pero ya dije que yo tengo una escuela y mi vida es tan solo una sobremesa con forma de plaza de toros.

Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025

José F. Peláez 

José F. Peláez (Valladolid, 1978) es un destacado columnista de El Norte de Castilla y ABC, donde también ejerce como cronista parlamentario. Bajo el seudónimo «Magnífico Margarito», inicialmente brilló en un blog personal que atrapó la atención por su estilo original. Desde entonces ha consolidado su presencia en el periodismo escrito. También colabora regularmente en Más de uno y La brújula, de Onda Cero y Espejo público, de Antena 3. En 2023 recibió el premio de columnismo Romero Murube y en 2024 el premio David Gistau de Periodismo, reconocimiento a su trayectoria y originalidad como columnista.

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