Noticia proviene de la palabra latina notitia y esta a su vez del verbo nosco, que significa conocer. Para los romanos, noticia era la acción de ser conocido. La palabra estaba asociada semánticamente a la escritura, pues notitia está ligada al verbo noto (derivado también de nosco) que significa «señalar, escribir, censurar».
Hoy en día el sentido de noticia preserva su esencia. La noticia es aquel suceso que destaca por su carácter extraordinario o por ser un hecho tan común y popular que despierta interés. La tauromaquia por su naturaleza cumple ambos requisitos. Sin embargo, no todo lo que es noticia es noticiable, es decir, digno de ser divulgado o publicado como tal. La noticia es un hecho, una información. Lo noticiable es una decisión. Por poner un ejemplo, algunos sucesos se hacen virales porque son noticiables, aunque no tengan ni el más mínimo interés público.
Por qué dejó de ser noticiable la tauromaquia
A comienzos de este siglo, la tauromaquia dejó de ser noticiable porque los medios generalistas decidieron que no era digna de formar parte de la agenda mediática, pese a tener todos los componentes para ser noticia. Esta decisión influyó en la opinión de millones de personas, limitándose solo a divulgar a aquellas manifestaciones que eran contrarias a la fiesta. Es decir, se puso de moda hablar mal del espectáculo, no del espectáculo en sí. Se dio a entender que los toros habían perdido el respaldo social, pues estaban ausentes en los medios.
Y lo más vil de todo: la televisión pública formó parte del cambalache que estaban haciendo los medios generalistas a nuestras tradiciones y ritos populares. Se estaba tratando de transformar la percepción del ciudadano. ¿Por qué hubo un cambio de timón cuando la crónica taurina —género típicamente hispano— estaba tan consolidado? Solo hay que pensar en la popularidad del insigne crítico de El País Joaquín Vidal, que lograban ser un punto de reunión de afines y no afines a la fiesta, dispares ideológicamente.
A comienzos de nuestro siglo, la expansión tentacular del orden económico global irrumpió con virulencia en los medios y las agencias de comunicación. Era necesario. Si se aspiraba a un mundo integrado bajo una misma lógica, las conciencias debían plegarse a una mentalidad homogénea, y los medios se erigieron como los arquitectos invisibles de esa sensibilidad compartida.
La tauromaquia no pasaba la censura obviamente, era muy nuestro —muy hispánico, reforzaba la idea de España en Portugal, Francia y multitud de países de América—, y además no era exportable porque los valores que propugna y la sustentan son tradicionales, rurales, de un tiempo remoto donde la muerte, el sacrificio y el honor rigen las reglas del juego. Solo hay que levantar la cabeza y otear qué sociedad querían los adalides de lo global —infantilismo, victimismo, antiespecismo y nihilismo— para darse cuenta que lo táurico en cualquiera de sus expresiones era un peligro público —madurez, heroísmo, humanismo y catolicidad—.
Tras décadas del experimento globalista, y de acoso y derribo a lo autóctono, el malestar del pueblo ante una realidad en la que no encuentra ningún vínculo identitario que lo sostenga ante un horizonte incierto y cambiante, ha despertado la necesidad atávica del rito, de lo sagrado, de lo festivo. Y la tauromaquia que nunca ha dejado de existir, que nunca ha dejado de practicarse, que ha permanecido como pilar en las festividades españolas, ha sido (re)descubierta. Se ha vuelto a poner en boga. Tiene buena aceptación y está en auge.
La gran muralla china
La tauromaquia es la gran muralla china de España. El poder político se ha percatado. Unos ven en el apoyo a la fiesta una oportunidad de ganar popularidad. Otros ven necesario su boicot y censura para frenar su apogeo. Lo que sucedió con la creación del nuevo Premio Nacional de Tauromaquia este pasado mes de febrero, que lideraron el Senado y la sociedad civil —a través de la Fundación Toro de Lidia— contra la censura del Poder Ejecutivo por parte del Gobierno de España, es el resumen de una pugna mucho más honda y trascendente de lo que podría parecer. La vuelta de las retransmisiones en las televisiones autonómicas esta temporada es otro indicativo.
¿Y la televisión privada? La dictadura del silencio a tantos temas que interesan a la sociedad solo seguirá haciendo mella en su propia pérdida de credibilidad, cosechada desde que decidieron que los criterios que rigen lo noticiable sean la propaganda y el adoctrinamiento. En el caso del fenómeno taurino, que sea noticia y noticiable es ya incontestable.
Lo que sucede en los ruedos de España debe volver a ocupar un sitio en la información periodística. Los altos índices de audiencia en las televisiones autonómicas cuando emiten corridas de toros demuestran el interés que despiertan en todo el país, a pesar de la censura y la marginación mediática. Nuevamente el contraste de la opinión publicada choca con la opinión pública.
El mero hecho de que, en cualquier localidad de España, decenas de hombres estén dispuestos a jugarse la vida toreando es noticia. Cuando un torero es prendido por un toro, el milagro o la fatalidad es de por sí noticia. Que miles de personas paguen una entrada para estar tres horas sentadas en un sillín de piedra sin mirar el móvil es noticia.
Que multitud de jóvenes hayan vuelto a los ruedos y saquen a hombros con fervor y devoción a los toreros, corten el tráfico y lo lleven hasta el hotel es noticia. Durante muchos años, los jefes de prensa se han estado saltando a la torera la máxima deontológica periodística de dar voz a las partes enfrentadas en un conflicto, tolerando, en un país de raíces táuricas, que se estigmatizara a todo aquel que mantuviera con ellos un leve vínculo. A penas queda para la hemeroteca del mañana, el testimonio de la censura y repulsa que vivieron estas personas en Cataluña, Baleares… No interesaba conocer su verdad.
El género de la crónica taurina
El género de la crónica taurina nació a finales del siglo xviii, dando cuenta de lo que sucedía en torno al espectáculo de las corridas de toros, ampliando el foco de la lidia exclusivamente. El mundo del toro a día de hoy es una fuente inagotable de noticias, reportajes. No hay que tener ni tan siquiera un olfato muy especial ni mucha imaginación para que broten temas interesantes.
Ya en el siglo xix, la actitud antitaurina de primeras espadas en el periodismo de la época —como Mariano José de Larra— despertaron en los noticieros una fuerte polémica. Con la diferencia de que aquellos opinadores y los argumentos esgrimidos no tenían como horizonte un mundo vegano y antiespecista, sino que idealizaban el pensamiento ilustrado. Su altura moral era radicalmente diferente a la de hoy —por más que se apoyen los de ahora en aquellos—, pues nunca se deseó la muerte de ningún torero, sino que se aprovechó —al estilo de los papas de siglos pasados— las cogidas graves o mortales de los toreros para demostrar — según ellos— que era una fiesta inútil y que debía desaparecer.
Mientras se toleraba la crítica contraria a la fiesta, el periodismo taurino tomaba fuerza en los albores del siglo xx. Multitud de cabeceras especializadas son testimonio literario y gráfico de la época dorada que consolidó nuestra fiesta como ahora la comprendemos. Y entre ellos, descolló la figura del aragonés D. Mariano de Cavia, referente en la profesión periodística hasta el punto de que el premio más prestigioso de nuestro oficio en España lleva su nombre.
En el siglo xxi con la explosión de la globalización cultural y económica, el periodismo sufrió una transformación hasta el punto de desvirtuar su cometido en la sociedad. La mayoría de los medios fue absorbida por fondos de inversión extranjeros o macrosociedades anónimas que a su vez formaban parte de un conglomerado mediático interconectado. La información autóctona y local salieron muy mal paradas. Y como hemos explicado, la tauromaquia se puso entre las tablas, hasta el punto de que un Cavia no podría haber sobrevivido.
El despertar por lo nuestro
La fragua del toreo en el siglo xxi ha sido la de una sociedad alejada del naturalismo. Esto ya es material suficiente para la crónica social y de costumbres. El periodista debió observar y preguntarse por qué esta gente no abandonó su mundo hacia el nuevo paradigma digital, global y consumista. Aquí tampoco hay hemeroteca para que el día de mañana podamos estudiar a través de la crónica del día cuál fue el pensamiento de estas gentes en la nueva sociedad que emergía y de la que no formaban parte.
Hoy hay motivos sobrados para la esperanza. El despertar por lo nuestro es el kikirikí de un gallo bravo. Se está conformado una conciencia cada vez más nítida e infranqueable contra aquellos poderes que nos minaron la tierra bajo nuestros pies, prometiéndonos un mundo sin dolor, sin sangre, sin muerte. De ahí que los toros son ya de por sí motivo de noticia. Porque como demuestra hasta la propia indignación de Miguel de Unamuno contra el pueblo español por seguir dando corridas de toros el mismo día de la pérdida de Cuba, el devenir de España solo se puede entender y atisbar en profundidad si se comprende cuál es la sensibilidad y el gusto popular por el toreo según la época y las generaciones. No es baladí. Estas y algunas otras son las razones del porqué los toros son noticia y lo seguirán siendo.
Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025
Paula Ciordia Navarro
Paula Ciordia es periodista y corresponsal en Aragón para OKDiario, medio digital español. Está licenciada en Periodismo y en Filología Hispánica, uniendo su formación académica en comunicación con el dominio profundo del idioma. En su perfil profesional resalta su vinculación con la tauromaquia, un ámbito al que alude como parte de sus intereses personales además de su labor periodística.




