La fiesta y la resistencia son tan grandes en la acera como en la arena
Siempre que voy a Las Ventas, intento llegar lo antes posible. El motivo es que disfruto la atmósfera que rodea la plaza tanto o más que lo que ocurre dentro. Suele llegar un momento, encajado en mi asiento o mirando el cielo de Madrid desde los arcos de estilo neomudéjar, en el que vuelven a mi cabeza unas palabras de la artista austriaca Eva Lootz cuando le pregunté cómo recordaba su llegada a nuestro país en el tardofranquismo: «España me pareció fascinante desde el principio. He asistido a cambios muy grandes. Por ejemplo, respecto a la visibilidad de las cosas, lo que se permite que llegue a los ojos y lo que no. A finales de los setenta ibas por los pueblos y te encontrabas estampas increíbles. Podías tropezar con verdaderas burbujas en las que se conservaba intacto un tiempo ancestral, de hace doscientos, trescientos años. Podías casi palpar con los dedos un tiempo anterior, no ya a la segunda revolución industrial, sino incluso a la primera», me explicó. «En los años ochenta el rodillo del diseño pasó por encima de todo el país, y todo cambió por completo. Las cabezas de los corderos degollados ya no se exhibían en los mercados. Cierto tipo de visibilidad se empieza a censurar y se pone todo en plastiquitos perfectamente esterilizados», lamentaba.
Es evidente que esto se puede aplicar a los toros: un ritual de otro tiempo que algunos quieren envolver en film transparente para sellar de manera hermética uno de los pocos puentes que nos conectan con el pasado. Forma parte de la incesante operación de desarraigo de la posmodernidad. El primer indicio de que en las plazas ocurre algo importante es que estamos ante uno de los últimos lugares de nuestras ciudades —junto con los templos— en los que la publicidad no es bienvenida. Puede que haya una franja con anuncios aquí o un póster de bodegas por allá, pero la publicidad siempre será algo subalterno y anecdótico. Ya se intentó en los años noventa poner logotipos corporativos en los trajes de luces, al estilo de los de los pilotos de Fórmula 1, y como era de esperar fue un fracaso. Tampoco tiene sentido para nadie rebautizar las plazas con nombres como Heineken-La Maestranza, Vodafone-Vista Alegre o Etihad-La Malagueta. Los bienes superfluos generan vidas superfluas, como nos explicó Pasolini, por eso los mensajes comerciales no encajan en un espacio espiritual.
¿Qué hay tan interesante en Las Ventas como para querer llegar temprano? De entrada, bares asequibles y rebosantes de aficionados, que a veces obligan a bloquear las calles y dejar los botellines en los techos de los coches aparcados. Brotan coreografías sociales antiguas, un bullicio popular tranquilo, porque todos sabemos que los toros son eternos, por lo tanto incompatibles con la prisa. Merodear o conversar alrededor de Las Ventas pone tu cabeza en una pantalla distinta. Aquí no se forman los tumultos de las rebajas, ni los de un festival musical de verano, sino que impera una fraternidad de afines o de apestados. Desde fuera, como dicen mis amigos antitaurinos, podemos parecer una secta anacrónica, un tumulto embrutecido o un grupo de cosplay de los años veinte, aun así sabemos que nos juntamos por dos razones valiosas, que son buscar la alegría compartida y no regalar lo poco que queda de nuestros lazos comunes. En pocos sitios se puede encontrar esto como en las afueras de una plaza.
El filósofo progresista Santiago Alba Rico tiene una frase inquietante sobre las mutaciones recientes en la vida de los trabajadores: «Ya no somos proletarios cuando sufrimos juntos, sino cuando gozamos por 184 LAS AFUERAS DE LA PLAZA separado». La plaza es un lugar donde aún nos divertimos y padecemos todos, a pesar de la diferencia de dinero, cultura y edad. Como en el flamenco, aquí todos somos aficionados, categoría basada en el amor y el conocimiento, poco vinculada con el consumo. Hoy vivimos dentro de la eufemocracia, pero viendo una faena con varias vidas en juego no hay lugar para melindres ni para paños calientes, te sientes como viendo un combate de boxeo o la defensa de una trinchera. En la plaza entiendes que aquí rige «la verdad desnuda», como decía Hemingway, por eso hay personas que deciden vestirse bien para mirarla de frente, empezando por los toreros.
Para explicar lo que quiero en este texto me viene bien recordar un episodio excéntrico de la historia reciente de Las Ventas. Me refiero a la visita del poeta-soldado Eduard Limónov, sumo pontífice de los nacional-bolcheviques, además de buscavidas doctorado en los bajos fondos de Occidente. En la recta final de su vida viajó a Madrid para hacer promoción literaria, sin intención de acercarse a la plaza, y fue arrastrado hasta allí por una gran terna de anfitriones: el filósofo Jorge Freire, el periodista Chapu Apaolaza y el inclasificable Charly Buzón. Limónov pasó la tarde volcado en lo que experimentaba y resumió la experiencia con una frase memorable, que debería inscribirse en alguna puerta del coso: «This is not contemporary bullshit» (esto no es una mierda moderna). Funciona además el contraste inglés entre «bull» y «bullshit», como si acudir a los toros fuese una manera de rebelarse frente a la mierda de la existencia actual. Cada faena pone a prueba nuestra atención y luego la recompensa con creces, es natural sospechar que casi todos los detractores de la fiesta lo sean por lo haber atendido suficiente.

A comienzos de junio de 2024, probablemente empapado de la euforia de los botellines, descubrí que Las Ventas se había convertido en una frontera política. Pululaba por la plaza la infantería pop de la estrella Taylor Swift, con paso acelerado para coger sitio en su concierto en el estadio Santiago Bernabéu, pero también los devotos de José Antonio Morante de la Puebla, radiantes por su vuelta a Madrid. Las «swifties» representan el globalismo progresista, mientras los «moranters» el soberanismo conservador o socialpapriota. La gira Eras de Swift fue un monstruo multinacional, liderado por una detractora de Trump y propagandista de los Obama, campeona de la bandera del arcoiris y del catecismo woke. Todo en su gira está calculado, previsto y precongelado, desde los besitos al aire a las coreografías, pasando por el gesto de sorpresa al descubrir el estadio lleno. Morante, en cambio, defiende un arte tradicional impredecible, que aquel día fue bastante distinto a lo habitual. La fiesta terminó con el maestro abucheado por un público unánime en el veredicto de que no había estado a la altura, sino huidizo y con ganas de acabar cuanto antes dos toros que no le gustaron desde el principio, aunque aquella tarde no le tocase el bicho de 600 kilos del lote. Aquí hemos venido a ver un combate real, con sus tropiezos y bajones, donde se tolera el fracaso si contiene algún destello de grandeza.
Nunca he sido muy taurino. La fiesta empezó siendo para mí una especie de decorado folclórico incluido por defecto en España. Mis abuelos por parte de madre tenían uno de esos toros de adorno que se solían poner encima de la televisión a mediados del siglo xx. Podían sintonizar una corrida entera atendiendo a medias, a no ser que el toro se subiese al burladero o la valla, en cuyo caso llamaban a toda la familia para que no se perdiese la refriega. La primera vez que fui a un festejo tenía catorce años y me llevó mi padre, no porque a él le gustara, sino porque habían venido de vacaciones un pariente lejano, emigrado a Atlanta desde un pueblo de Burgos, que quería que lo acompañasen a Las Ventas. Nadie sabía gran cosa sobre la fiesta, así que tampoco pudieron explicarme nada. Lo recuerdo como una experiencia ramplona, turística, con mucha gente alrededor de esos puestos cargados de souvenirs en los que podías comprar pósters de corridas donde imprimían tu nombre o el que pidieras.
Poco después, ya veinteañero, trabajé dos temporadas como promotor de pequeñas giras de rock indie y algunos músicos pedían que los llevaras a la plaza. Intenté informarme un poco sobre la fiesta, pero no encontré dónde (nada en la biblioteca municipal) ni con quién (no parecía haber mucha afición en la clase media de los años noventa). Mis mayores recuerdos de aquellas veces fueron la atmósfera enrarecida de la plaza Monumental de Barcelona, sobre todo por un señor que gritaba a un diestro cosas como «qué pena ser japonés, que vas a ver los toros una vez en vida y le tocas tú». Lo que aprendí acompañando a rockeros anglosajones es que nunca sabes si te van a gustar los toros hasta ponerte delante. El personaje con más pinta de duro puede pedir marcharse después del tercero y al que parece más pusilánime le notas tan metido como si estuviera viendo torear a su hijo desde la arena. Las faenas sangrientas aceleran el proceso de averiguar en qué punto del espectro te encuentras.
Me sorprendía comprobar que algunos rockeros anglosajones hablaban de la fiesta nacional con una solemnidad y respeto de la que carecíamos muchos españoles, que de manera consciente o inconsciente los relacionamos con una España de miseria y pandereta. Estudié dos años de instituto en una ciudad tan taurina como el Puerto de Santa María y en todo ese tiempo no escuché ninguna conversación sobre toros. Los adolescentes de los ochenta crecimos queriendo ser estadounidenses, con nuestros vaqueros etiqueta roja, nuestras Converse All Star y nuestras visitas a los multicines de los centros comerciales. Vivíamos mentalmente en otro país. Algún compañero de clase coincide conmigo en que nos interesamos a contrapelo por la fiesta, solo por antagonizar con listillos que nos caían mal. Hay algo de eso en los miles de jóvenes que hoy se hacen selfis en las plazas para fastidiar al progresismo.
Fue un grupo de música de la década siguiente quien me acercó a la tauromaquia, quien la hizo aparecer cool y contagiosa, una metáfora vibrante de la vida. Me refiero a Los Rodríguez, banda hispanoargentina comandada por Andrés Calamaro, que mezclaba de manera natural las imágenes de la fiesta en un repertorio con un pie en los Rolling Stones y otro en la alegría de los rumberos. También bebían a morro del legado de Gabinete Caligari, el grupo más taurino de nuestro rock, que crecieron yendo de empalme desde garitos como el Rockola a las corridas de Rafael de Paula. Eran los tiempos en que media Movida llenaba la plaza de colorines para ver torear a Antoñete, años de monteras en las revistas culturales fashion y de Almodóvar estrenando Matador. Un mundo que ahora parece imposible.
Cuando entrevisto a Calamaro siempre se me hace evidente que los toros son para él una puerta para abrirse poco a poco al mundo sensorial, como prueban Media verónica y El tercio de los sueños. «No éramos acérrimos aficionados, pero veíamos a los toros, como al fútbol, con simpatía. Los Rodríguez no teníamos nada, no podíamos pagar un alquiler o un dentista, vivir como burgueses era improbable. Ahora parecemos pijos con culpa, tratando de redimirse con soflamas progresistas obvias, consignas que, hace casi cuarenta años, ya saturaban», denuncia. En los noventa apenas se discutía sobre cultura o política, más bien se buscaba revolcarse en el hedonismo, pero echando la vista atrás vas descubriendo que la capacidad para conectar con los toros implicaba una visión más afilada, en sintonía con las raíces populares y las batallas sociales cotidianas.
Calamaro comenzó con esa aproximación ligera a la fiesta, de verlos con simpatía rockera, y terminó haciendo prólogos para el libro de la corrida perfecta de José Tomás en Nimes y más adelante entrando en el círculo más cercano a Jose Antonio Morante. Además de la visión artística compartida, resulta alucinante la sintonía visual entre ambos, incluso la comunión que establecen ambas estrellas cuando les fotografían juntos en alguna plaza. Calamaro es un aficionado humilde que rara vez habla de su visión de la fiesta en público, se limita a constatar que ya tiene conocimientos para disfrutarla a fondo. Lo que sí hace es rechazar la deriva plástica de un Madrid que necesita los toros para no dejar de ser lo que siempre ha sido. Les pongo un ejemplo: «Madrid (en los noventa) era otra ciudad. Si bien nueve de cada diez madrileños nacieron lejos de ella, no era la ciudad cosmopolita que es ahora. Los barrios aledaños a la Gran Vía eran decadentes pero genuinos, sobrevivían antiguos comercios y bares con solera. Malasaña y Chueca eran otro mundo. La Gran Vía, la calle Atocha, Montera, Callao… eran sórdidas y bonitas, no estaban maquilladas de cultura aspiracional ni de franquicias que te sirven el café en vasos de cartón. La pirámide aspiracional es la peor de las versiones del ascenso de las clases sociales, querer vivir la vida de un señorito, pasar de rockero a nazareno. Y expiar el pecado con tres lugares comunes del progresismo, mientras los señoritos son funcionarios del Estado y se extinguen los oficios», lamenta Andrés. Esa homogeneización de nuestras vidas cotidianas, al menos en mi opinión, es lo que hace que brillen los toros entre la bisutería del turboconsumismo.
Aquí resulta obligado aclarar de qué hablamos cuando hablamos de modernidad. El filósofo Diego Garrocho es quien mejor lo ha explicado: «La nostalgia nos invade como respuesta a un discurso rupturista que ha terminado por demostrarse falso. Durante décadas todo debía ser disruptivo, revolucionario, rompedor, innovador… Y la realidad resultante de ese afán dinamitero y deconstructivo no nos ha hecho más felices. Idealizar el pasado es una constante humana, no es solo un rasgo de época y creo que actualmente la recuperación de la nostalgia viene dada no tanto por la idealización del pasado como por el pánico que nos genera el futuro. En el caso de Madrid hay, incluso, una recuperación icónica de cierto folclorismo que enlaza lo moderno con lo antiguo. Cuando yo era niño era casi testimonial lo de vestirse de chulapo y ahora todo el mundo disfraza a sus críos, recuperan el clavel… Esa nostalgia constituye en sí misma una folkmodernidad, que también tiene una traducción política», destaca. Por supuesto, esta reflexión afecta de pleno a Las Ventas, donde hay perdedores de la globalización y también jóvenes libertarios solventes que saben que mola ir a la plaza «con airpods a tope con techno de Detroit», señala Garrocho.
Siempre que alguien pida el fin de la fiesta deberíamos preguntar qué proponen poner ellos en los lugares que van a quedar vacíos, sean dehesas extremeñas o manzanas emblemáticas del centro de las ciudades. Cada Navidad voy unos días con mis hijos a visitar a mi hermano, que vive en la Avenida de las Cortes Catalanas de Barcelona, a cinco minutos andando de donde estuvo la Plaza de las Arenas. Allí han colocado un centro comercial cutre, lleno de los neones del Primark y con una terraza de visión 360, saturada de Erasmus hiperventilados por la sangría y de turistas de cruceros jubilados. No hay una postal más clara de la colonización cultural ni de la chatarra que proponen construir si logran el exterminio del gran arte nacional.
Resulta crucial entender que los toros son el nuevo punk, dentro de un ambiente sociopolítico cada vez más homogeneizado. El 25 de septiembre de 2010, día del cierre de la plaza monumental de Barcelona, no solo sacaron a hombros al torero Serafín Marín, sino que también fue llevado en volandas por los aficionados un joven diputado autonómico llamado Albert Rivera, líder del desaparecido partido centrista Ciudadanos. Le agradecían haber defendido su fiesta, pero el candidato tardó poco tiempo en venirse abajo declarando que su partido no era «taurino ni antitaurino». Una declaración banal, que fue capaz de superar otro miembro de la formación, Ignacio Aguado, famoso por ir por la capital explicando que él no tenía nada contra la fiesta, pero que no comprendía el problema que había en no matar a la res. Este es el comentario que certifica de manera más clara que no se ha entendido nada en absoluto de esta batalla. Tuvo que llegar Vox, esas fotos de Abascal a caballo por el campo con José Antonio Morante, para dejar claro que no solo defendían la fiesta en toda su extensión, sino también el pueblo, el territorio y las tradiciones que están vinculadas a ellos hace siglos. Que solo un partido muestre este tipo de compromiso, cuando todos tienen miles de aficionados en sus filas, confirma el abandono suicida de nuestra cultura. Poner toreros y taurinos en las concejalías de Cultura es el gesto más punk de los últimos tiempos y todavía tiene que dar mayores cambios.
Recordando más respuestas de Calamaro, siento que los toros son una especie de agarradero, un contrapeso cultural que impide a España disolverse en la nada. «El acoso a la tauromaquia es trágico como incendiar el Museo del Prado, es la victoria del eslogan barato sobre el arte excelso, todos los atentados contra la inteligencia y el razonamiento intelectual, contra la libertad de las gentes, y contra la alegría y el sentido de las cosas. Todo junto, pero peor de lo previsto. La libertad a la que renunciamos voluntariamente es incalculable. Pronto vamos a echar de menos a la Edad Media. La mejor defensa de la tauromaquia es estudiarla, verla o leerla, aprender un poco, finalmente ser ejemplo de tolerancia y permitirse el beneficio de la duda. Hemos sobrevivido a interrupciones de la democracia y a la prohibición de la marihuana. Como gesto simbólico, podríamos defender Las Ventas con armas de fuego, pero…». A muchos les parecerá extremo, pero es una imagen preciosa, la de los aficionados empuñando rifles enmarcados por la arquitectura cálida y mestiza de Las Ventas. Es una estampa épica, de película de Tarantino o de Álex de la Iglesia, para sacudir a espectadores sentados en los cines y hacerles más conscientes de lo que está en juego, dentro y fuera de la plaza.
Artículo incluido en el libro 51 periodistas hablan de toros – 2025
Víctor Lenore
Víctor Lenore (Soria, 1972) es un periodista musical, escritor y crítico cultural español. Con más de 30 años de trayectoria, ha trabajado en medios como Rockdelux, El País, Rolling Stone, La Razón, Playground y El Confidencial. Fue fundador del sello Acuarela y coordinador de la revista Spiral. En su faceta de escritor, ha publicado los ensayos Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (2014) y Espectros de la movida. Por qué odiar los años 80 (2018), donde analiza críticamente la cultura popular y la influencia de la clase media en la música. Actualmente, Lenore trabaja en la sección de Cultura en el diario digital Vozpópuli. Su estilo se caracteriza por una mirada crítica hacia las élites y una defensa de la cultura popular.



