viernes, agosto 12, 2022

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¿La extinción de la humanidad?

Tal es el título del ensayo en el que el filósofo y periodista francés Paul Sugy analiza la ideología totalitaria de los animalistas radicales, o antiespecistas, sobre la que basan su proyecto político, considerado como “loco” por el autor (es el subtítulo de su libro).  

Siguiendo la huella de su maestro, el australiano Peter Singer, y de algunos discípulos suyos en los cenáculos anglosajones, ellos quieren acabar de un plumazo con todas las formas de explotación del animal por el hombre. Esto implica una refundición completa del sistema de valores de nuestra civilización humanista. 

El primer paso exige borrar la frontera moral que separa la especie humana de las otras especies, sin dejar de asignar a los hombres una responsabilidad específica con respecto a los animales, lo cual encierra una contradicción, en particular por el hecho que, en la mente de tales radicales, los humanos, del mismo modo que los animales, se definen tan sólo por su naturaleza biológica y su capacidad de sentir. Cualquier supuesta preeminencia que se nos quiera otorgar en el orden de los valores no es más que un prejuicio cultural, muy discutible,  según Peter Singer y según el filósofo “desconstruccionista” Jacques Derrida.  

La consecuencia es que en esta “lógica” la facultad de sentir es el único criterio de la ética, tratándose de humanos y de animales. La vida humana no tiene ningún valor intrínseco; la vida no vale más que por el bienestar al cual puede acceder cada individuo – animal humano o no humano -, y por consiguiente un caballo disfrutando de todas sus facultades tiene más derecho a vivir que un bebé recién nacido o una persona discapacitada. Ya se sabe cómo los nazis han puesto en práctica esta escala de valores, y sin embargo los animalistas no dudan en llamar nazis a todos los que se dedican al comercio de la carne o a todos los que tienen afición a los toros.   

Tal ideología tiene que desembocar en un proyecto político, el cual cambia del todo la posición que ocupan los animales en nuestra sociedad. Como lo afirman algunos de sus profetas “la protección animal es el marxismo del siglo XXI”. La continuidad de las luchas contra todas las hegemonías, supremacías y discriminaciones entre hombres incluye esta vez a los animales, colocados al mismo nivel que el de los grupos y personas discriminados a lo largo de la historia. La protección animal se convierte en un imperativo categórico que Emmanuel Kant no habría sospechado; ya no es una opción personal sino una obligación que abarca toda la vida pública, implica un nuevo contrato social. Cabrá  entonces hacer una distinción entre los animales domésticos, admitidos a una condición parecida a la ciudadanía (en la medida en que sus dueños y ellos reciban una educación adecuada podrán beneficiarse de una representación indirecta en las instituciones parlamentarias),  los animales salvajes,  a los que serán asignados unos espacios protegidos y que, en el mejor de los casos, serán inducidos a tener una alimentación vegetariana, y, por último, los animales “fronterizos” (ratas, chinches…) a los que se les reconocerá en las zonas urbanas el estatuto de residentes, y que no deberán bajo ningún concepto ser eliminados, tan sólo esterilizados en caso de necesidad.

La ecología y la liberación animal, a pesar de lo que se piensa, no son del todo compatibles. Es lo que demuestra en su libro Paul Sugy, subrayando las diferencias de los planteamientos. La ecología se concibe bajo el punto de vista de los humanos, y de su preocupación por hacer que nuestro planeta no deje de ser habitable, evitando todos los excesos de consumo y sobreexplotación. El antiespecismo, por el contrario, sólo mira el interés exclusivo de los animales. Para lograr este imperativo el hombre debe intervenir en la naturaleza cada vez que sea necesario, y por supuesto en la sociedad. La ecología busca la preservación de la humanidad y de las especies animales. El antiespecismo sólo se interesa por la preservación de los animales como individuos, y en la medida en que podemos asegurar su bienestar. Si éste no puede ser garantizado poco importa que una especie desaparezca (caso, por ejemplo, del ganado de lidia si se prohibieran las corridas). Por lo tanto la biodiversidad deja de ser un fin en sí mismo. 

El último punto subrayado por Sugy es que al amparo de estos nobles sentimientos a favor de la liberación animal está prosperando un nuevo capitalismo industrial que podría dar la puntilla a los menesteres tradicionales de la carne y a las actividades del mundo rural. Se trata obviamente del desarrollo de la producción de carne artificial, iniciada por algunos consorcios agroalimentarios en Estados Unidos, los cuales, dentro de la estrategia de su comunicación, ofrecen un apoyo económico muy significativo a las asociaciones animalistas. Se calcula que el mercado de la carne artificial  tendrá un peso, en 2025, de unos ocho mil millones de euros.

Observamos al final que el antiespecismo viene orientado por dos polos conceptuales, contradictorios: la fe desmesurada en el poder de la acción humana para cumplir con la exigencia fundamental que corresponde a la salvaguarda de los intereses de todos los animales, en total igualdad con los intereses de los hombres. Y, por otra parte, el odio de la presencia humana en la tierra, considerada como predadora absoluta e intolerable.

Para esta corriente ideológica la humanidad no es más que un conjunto de individuos, exactamente como los animales. No representa una comunidad que constituye, en el mundo de los seres vivos, una excepción en lo que se refiere a la jerarquía de los valores. Merece ser sometida si, por ello, se logra la liberación de los animales. Miles de años de civilización vienen cuestionados y, por consiguiente, su raíz que hace vivir nuestro presente, y que es el humanismo.       


François Zumbiehl es catedrático de letras clásicas y doctor en antropología. Forma parte del consejo editor del Instituto Juan Belmonte.

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